La Emigración estacional o temporal 2/2



La Emigración estacional o temporal 2/2

Continuo con otros oficios que han sido ejercidos estacionalmente por nuestros antepasados. La excepción son los barquilleros, que aunque no corresponden a nuestra parroquia, este entrañable oficio es de todos conocido por haber disfrutado de su presencia en las festividades locales y corresponder sus vendedores a un municipio próximo al nuestro.


Los capadores

Los capadores constituían otra de las profesiones desarrolladas de forma itinerante por temporadas a lo largo del año. Esta profesión requería mayores conocimientos que las anteriormente descritas, siendo transmitida en el entorno familiar de padres a hijos, constituyendo verdaderas dinastías de capadores. He podido leer que algunos afiladores también actuaban ocasionalmente como capadores, aunque supongo que serían casos muy aislados porque los conocimientos necesarios no estaban al alcance de todos.

Instrumental del capador - Muestra que figura en la exposición permanente del Monasterio de San Esteban de Ribas del Sil
Esta profesión fue desarrollada durante siglos por estos profesionales, hasta la aparición de los veterinarios, momento en que se produjo un conflicto de intereses, ya que estos últimos consideraban que lo capadores invadían su ámbito profesional. Hay que decir que los veterinarios no tenían la técnica ni la destreza de los capadores tradicionales, por lo que éstos últimos siguieron siendo llamados por los ganaderos, incluso contraviniendo la ley. Con el tiempo creo que se habilitó un título de capador otorgado por alguna facultad de veterinaria, que obtenía el interesado, previo examen de sus habilidades y de unos mínimos conocimientos sanitarios.


Los capadores anunciaban su presencia en los pueblos y aldeas haciendo sonar su chiflo, igual que el de los afiladores. Su instrumental era muy sencillo, consistiendo básicamente un una cuchilla curva muy afilada. Había otros instrumentos para la castración de animales de mayor tamaño como toros y caballos. Los servicios más demandados eran la castración de ganado porcino. El estatus de estos profesionales siempre fue muy superior al de los afiladores, ya que cobraban mucho más por su trabajo. Comían y dormían en fondas, vestían mejor y eran más respetados.


En nuestra parroquia ha habido capadores que desarrollaron su trabajo en las condiciones expuestas. Poco más puedo decir de una profesión de la que no conozco mucho, salvo el haberlos visto actuar en su trabajo de castración de cerdos en la aldea.





Los Cordeleros

Foto de cordeleiros en el centro de interpretación de San Pedro de Rocas


Yo no he conocido a ninguna persona que hiciera cuerdas en nuestra parroquia. Por ese motivo quedé muy sorprendido cuando viendo el catastro del marqués de la Ensenada, realizado en 1753, aparecieran muchas personas de nuestra parroquia que trabajaban temporalmente como cordeleros. Prácticamente en todas las familias había alguna persona que ejercía esa profesión, por no decir que casi todos la ejercían temporalmente.

Cordeleiros en su trabajo. Foto del centro de interpretación de San Pedro de Rocas


El cultivo de fibras textiles en nuestra parroquia fue habitual en el pasado, especialmente del lino, aunque también del cáñamo. El lino se usaba tanto para la producción de hilo para el tejido como para la fabricación de cuerdas. El cáñamo también tiene diversos usos, aunque el que aquí nos interesa más es para la fabricación de cuerdas.

Panel informativo del oficio de cordelero en el centro de interpretación de San Pedro de Rocas


Algunos segadores que acudían a la siega de Castilla, completaban su temporada continuando con el trabajo de cordeleros. Para la confección de cuerdas utilizaban los restos de los cordeles usados para atar las gavillas de trigo una vez llevadas a la era. Trabajaban en la casa del contratista elaborando cuerdas según las necesidades del cliente. Eran trabajos de encargo, confeccionando las cuerdas con el grosor y la longitud que requería el uso al que fuera destinada.

Máquina usada por los cordeleros - Centro de interpretación de San Pedro de Rocas




Los Barquilleros

Barquillero en las calles de Madrid


Dentro de los trabajos ambulantes no me resisto a comentar, aunque solo sea brevemente, el trabajo de los barquilleros, siempre presentes en las fiestas patronales de los años de la primera mitad del siglo pasado. Estos trabajadores no procedían de nuestra parroquia. La mayoría eran originarios de Parada del Sil. Elaboraban los barquillos de noche, para al día siguiente salir con su barquillera llena a venderlos todavía crujientes.

Fabricación de las obleas y barquillos


En su itinerancia iban recorriendo los pueblos hasta llegar a Madrid. De hecho, los conocidos miradores de Madrid, de los cañones del Sil, parece que deben su nombre a que hasta allí iban las mujeres a despedir a sus parejas cuando salían camino de la capital del reino para ofrecer su mercancía en las fiestas y verbenas de la capital.

Monumento al barquillero en Parada del Sil


En Madrid no eran los gallegos los únicos barquilleros, ya que también los había originarios de Asturias y sobre todo de Santander. En cualquier caso los gallegos fueron un número considerable de los que allí trabajaron. Este personaje tan entrañable para los niños ha sido inmortalizado en monumentos, de los que sobresalen los erigidos en su pueblo natal de Parada del Sil o en Ponferrada, de los que ofrezco unas fotos a continuación.

Monumento al barquillero en Ponferrada




Los segadores

Segadores en los campos de Castilla


Muy posiblemente uno de los trabajos temporales y ambulantes más antiguos que realizaron los gallegos fuera de su tierra fue el acudir a la siega en tierras de Castilla y Extremadura. En la época de mis recuerdos no tengo constancia de que en nuestra parroquia se organizara ninguna cuadrilla de segadores, aunque sí lo hacían desde Loña, por ejemplo. No obstante, tengo la convicción de que en épocas más antiguas si se desplazaron, ya que fue una constante durante los siglos S.XVI, XVII y aun en mayor medida en el XVIII, XIX y primera mitad del XX. Por otra parte he podido ver en el libro de fallecidos de nuestra parroquia algún muerto por esas tierras, prueba de que también se producían desplazamientos desde nuestras aldeas. Si bien los gallegos suponían un importante contingente en la siega castellana, no eran los únicos temporeros que allí se congregaban, ya que también concurrían los murcianos, andaluces y moradores de otras zonas montañosas del país.

Segadores en Castilla celebrando la festividad de Santiago Apostol


Hasta la aparición de la mecanización agrícola, la siega en las inmensas llanuras de la meseta castellana, cultivadas de cereales, se hacía en gran medida con la mano de obra gallega. Los segadores se desplazaban temporalmente agrupados en cuadrillas, encabezadas por un capataz o mayoral, y compuestas por segadores, atadores y ayudantes. Los atadores eran chicos jóvenes (rapaces) que se ocupaban de atar las gavillas del cereal siguiendo el trabajo de los segadores. Los ayudantes, que eran los más jóvenes de la cuadrilla, apoyaban el trabajo de los atadores cuando era necesario, además de aprovisionar el agua y llevar la comida a la cuadrilla, cuidar de la caballería y otros trabajos varios. El mayoral o capataz era un segador experimentado que ya había acudido muchos años a la siega y conocía los lugares, costumbres y los secretos para una buena contratación de los trabajos. Generalmente la cuadrilla se componía de entre 7 y 12 miembros. Solían llevar una caballería para transportar las herramientas y la comida para el camino hasta llegar a su destino final. Durante el período de trabajo también empleaban esta caballería para aprovisionar de comida y agua a los segadores, generalmente en fincas muy alejadas de los núcleos de población. Las largas jornadas de trabajo iban literalmente de sol a sol, parando solo para las comidas. Incluso se trabajaba de noche, cuando la luz de la luna llena lo permitía, para terminar un trabajo lo antes posible, cobrarlo y poder seguir con otro.

Segadores en una de sus comidas diarias


La salida de las cuadrillas comenzaba a partir de la segunda quincena de mayo, siendo la vuelta entre finales de julio y mediados de agosto, para estar en casa como muy tarde para la Virgen de agosto. La duración de la temporada variaba entre los dos meses y los dos meses y medio. El camino hasta su destino durante siglos se hizo andando, con una duración mínima de una semana. Cuando a finales del S. XIX se construyó el ferrocarril fue utilizado por las cuadrillas que conseguían acortar considerablemente los días de viaje. Fue en 1883 cuando se abrió la línea de ferrocarril Madrid-La Coruña. El equipaje individual era un zurrón, un hatillo colgando de un palo al hombro y unos zuecos de repuesto también colgados. La herramienta de trabajo era la hoz, protegiendo los dedos de la mano izquierda con un protector hecho con cañas y cuero. Completaba el equipamiento una piedra de afilar introducida en una funda, que estaba hecha de cuerno vaca, colgada al cinto.

Cuadrilla de Segadores en Castilla


Había dos rutas de acceso a Castilla. La del norte entraba por la provincia de Lugo, siguiendo el camino de Santiago, a través de O Cebreiro y el puerto de Piedrafita, para llegar a Ponferrada. La del sur, que transcurría a través de la provincia de Orense a través de las Portillas, y que es la que indico a continuación por ser la que afectaría a las cuadrillas de nuestra provincia y a las de Pontevedra. Los de la ruta sur de Galicia confluían en Allariz, continuando luego las siguientes etapas diarias que terminaban en Escornabois, A Gudiña, Reboredo, Puente de la Estrada y Zamora. Desde allí ya se separaban distintas rutas para los que iban hacia Salamanca, Valladolid y otras provincias en la meseta, y Extremadura. Del trayecto indicado se desprende que tardaban un mínimo de 7 días para llegar a Zamora, debiendo sumarle luego las jornadas hasta llegar a su destino final que podían suponer una media de otros 7 días. Resumiendo, se puede decir que algunos empleaban 30 días en los desplazamientos, computando la ida y la vuelta, lo que pone de manifiesto las duras condiciones en que se realizaba el trabajo y los esfuerzos que tenían que hacer para aportar un modesto suplemento monetario a la renta familiar. A lo largo de los años 30 y 40 ya comenzaron a circular los camiones por la deficiente red de carreteras existente. Algunas cuadrilla de segadores comenzaron a contratar el transporte hasta Salamanca, consiguiendo llegar más rápido que el tren y más barato. Este considerable ahorro de tiempo se veía contrarrestado con la incomodidad de un viaje tan largo, sentados en el duro suelo de la caja del camión dando bandazos y saltos en las lamentables carreteras de aquella época. Posteriormente ya alquilaban autobuses. A pesar de todo, dejando aparte el sufrimiento de los segadores, el transporte por ferrocarril o por carretera fue un adelanto considerable en el desplazamiento en relación con épocas anteriores, como acabo de relatar.


Tanto durante el trayecto como en la temporada de trabajo dormían a la intemperie o en pajares. Si la siega estaba lejos del pueblo incluso dormían en la propia finca para ahorrarse el tiempo y cansancio del desplazamiento diario. En estos casos dormían en parejas para compartir las mantas; echaban una manda sobre unas gavillas tapándose con la otra por encima, sin más techo que la luna y las estrellas.


Cuadrilla de segadores con su mayoral
Hacían cinco comidas diarias, que generalmente eran aportadas por el propietario de la finca, y que coincidían con los únicos momentos de descanso a lo largo de las agotadoras jornadas de trabajo. El desayuno se hacía antes de la salida del sol; luego entre las nueve y las diez comían otro bocado y reponían fuerzas; entre las doce y la una hacían la comida principal del mediodía; entre las cinco y las seis de la tarde se comía la merienda; finalizaban con la cena hacia las diez o las once de la noche. El trabajo lo podían contratar en seo o mantenido. En la contratación en seco eran los segadores los que se compraban los alimentos, aunque normalmente se los preparaban en la casa del amo para el que trabajaban. En la contratación “a mantidas” era el propietario el que suministraba la comida como parte del precio. Esta última modalidad era la más extendida. Se podía contratar el trabajo a jornal o a destajo. También en general se contrataba por trabajo terminado, ya que así el propietario se despreocupaba del rendimiento de los segadores; solo iba a pagar por el trabajo realizado con independencia del tiempo que les costara hacerlo. La comida consistía en general en garbanzos, sopas de pan, huevos, tocino, chorizo, tortilla de patata, lentejas, jamón, ensalada, leche con pan, patatas cocidas con sopa, sopas de ajo, carne de carnero u oveja, pan y vino. A juzgar por los testimonios de los participantes, la comida era deficiente, dependiendo mucho de la personalidad del amo. Cuando contrataban el trabajo a secas, entonces aun comían menos, ya que al comprar ellos mismos la comida procuraban economizar al máximo para ahorrar unas pesetas.


La cuadrilla tenía una estructura jerárquica claramente establecida y aceptada por todos sus miembros, fruto de una larga tradición. Dentro de los segadores había, por ejemplo, el primera fouce, segunda fouce, tercera fouce, cuarta fouce, que eran los segadores más experimentados y de mayor edad. Seguían luego los media-fouces que no tenían tanta experiencia y llevaban un menor ritmo. A continuación estaban los atadores y el ayudante que eran más jóvenes y se estaban iniciando en el trabajo. Con el tiempo estos jóvenes irían escalando posiciones en la escala jerárquica. Este orden se seguía para cualquier actividad, desde meter la cuchara en la olla común y orden en beber del porrón, hasta el reparto de la comida por parte del mayoral cuando la compraban por su cuenta.

Segadores en la Estación del Norte de Madrid llegando para continuar viaje a los campos de destino



El mayoral contrataba el importe del trabajo a destajo, según las fanegas del sembrado, por lo que trabajaban hasta el límite de sus fuerzas para poder hacer el mayor número posible de contratos. Generalmente estas cuadrillas acudían cada año a las mismas zonas, donde ya eran conocidos y tenían clientes fijos. Los contratos eran siempre verbales, respetando cada parte su compromiso. En casos de desconfianza se acordaban las condiciones en presencia del alcalde del lugar, como garante del acuerdo y juez de los conflictos. La mecanización del campo fue el final de esta emigración temporal, terminando definitivamente a lo largo de los años 50.

Grabado de segador gallego camino de Castilla que figura en la obra Los Españoles vistos por sí mismos


El mayoral era el que buscaba el trabajo y lo contrataba, actuando como jefe del grupo. No todos cobraban lo mismo. Tenían unas reglas estrictas de reparto de las ganancias que se hacían al finalizar la temporada. El mayoral era el que más cobraba, luego seguían las hoces o segadores, luego los atadores y finalmente los ayudantes. Las diferencias en los salarios eran considerables. Un segador llegaba a cobrar el doble que un ayudante.

Grabado de segador gallego - Vemos como se repite la imagen lo que demuestra la normalidad de su apariencia.


Hecho el reparto de las ganancias, retornan a su tierra, aunque algunos se quedan para continuar en la recolección de garbanzos, lentejas, alubias y otras leguminosas, así como cebada y hierba para el alimento del ganado. En siglos pasados había salteadores de caminos o bandoleros que esperaban a estos trabajadores de regreso a sus tierras con el dinero tan duramente ganado. Los segadores procuraban retornar en grandes grupos para sentirse más protegidos, acelerando la marcha al máximo para disminuir el riesgo de ser robados. Lamentablemente estos robos ocurrían a veces, pudiendo imaginarnos la frustración y tristeza de volver de vuelta a casa sin el dinero tan necesario para la subsistencia a lo largo del año, después de las penalidades sufridas.

Grabado de segador gallego - Vemos como se repite la imagen lo que demuestra la normalidad de su apariencia.


El trabajo era duro, no solo por las largas horas de trabajo, literalmente de sol a sol, sino por las altas temperaturas en la dura estepa castellana. No podemos más que recordar el poema de Rosalía de Castro titulado Castellanos de Castilla, donde tan crudamente refleja las duras condiciones de trabajo y el trato recibido por parte de los amos. El argumento del poema es el lamento amargo y desgarrador de una mujer enamorada cuya pareja murió en los campos de Castilla en una de estas expediciones a la siega. Hoy en día hay algunos investigadores que afirman que se excedió en sus apreciaciones hacia los castellanos, sin duda motivadas por su espíritu romántico. En cualquier caso no me resisto a incluir aquí algunos fragmentos de este poema, que para mí es uno de los más emotivos de cuantos he leído. Aquí incluyo la traducción castellana, si bien para disfrutarlo en su integridad hay que leerlo en gallego. Cuando traduzca este artículo incluiré la oportuna versión original gallega.

Rosalia de Castro


Este poema forma parte del libro “Cantares Gallegos” publicado el 17 de mayo de 1863.



Castellanos de Castilla,
tratad bien a los gallegos;
cuando van, van como rosas;
cuando vuelven, como negros


A Castilla fue a por pan
y jaramagos le dieron,
diéronle hiel por bebida,
penitas por alimento.

 
Diéronle, en fin, cuanto amargo
tiene la vida en su seno...
¡Castellanos, castellanos,
tenéis corazón de hierro!

 

Murió aquel a quien quería
y para mí no hay consuelo;
solo hay para mí, Castilla,
la mala ley que te tengo.

 

Permita Dios, castellanos,
castellanos que aborrezco,
que antes los gallegos mueran
que ir a pediros sustento.

 

Carta postal dedicada a Rosalía de Castro

Tan mal corazón tenéis,
secos hijos del desierto,
que si amargo pan os ganan
lo dais envuelto en veneno.

 

Van pobres y vuelven pobres,
van sanos, vuelven enfermos,
que aunque ellos son como rosas,
los maltratáis como negros.

 

¡Castellanos de Castilla,
tenéis corazón de acero,
como peña el alma dura
y sin entrañas el pecho!

 

En tronos de paja erguidos,
sin fundamento, soberbios,
aún pensáis que nuestros hijos
para serviros nacieron.

 

Y nunca tan torpe idea,
tan criminal pensamiento,
cupo en cabezas más fatuas

ni en más fatuos sentimientos.
Otra imagen de Rosalía de Castro en una de las pocas imágenes que se conservan.


Que Castilla y castellanos,
todos en montón revueltos,
no valen lo que una brizna
de nuestros campos tan frescos.

 

Solo ponzoñosas charcas
sobre el ardoroso suelo
tienes, Castilla, que mojen
esos tus labios sedientos.

 

Ni árboles que te den sombra,
ni sombra que preste aliento...
Llanura y siempre llanura,
desierto y siempre desierto...

 

Eso te tocó, cuitada,
por herencia de universo,
¡miserable fanfarrona!...
triste herencia fue por cierto.

 

En verdad que no hay, Castilla,
nada como tú tan feo,
que mejor aun que Castilla

valiera decir infierno.
Fotografía de Rosalía de Castro con su familia.


Sello de 1968 dedicado a Rosalía de Castro


Billete de 500 pesetas de 1979 dedicado a Rosalía de Castro



Norwegianairlines bautizó una aeronave con el nombre de Rosalía de Castro en 2017

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