La emigración estacional o temporal 1/2



La Emigración estacional o temporal 1/2

(La extensión que finalmente ha tenido este artículo hace aconsejable dividirlo en dos partes).

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Los escasos recursos económicos generados por una economía de subsistencia de los habitantes de las aldeas de nuestra parroquia, fundamentada en el autoconsumo, obligaron a sus moradores a buscar recursos complementarios a sus rentas agrarias con ingresos monetarios generados por alguna otra actividad. Esta situación era general en todo el entorno rural gallego.

La orografía accidentada de las zonas montañosas, con escasos terrenos llanos aptos para una producción rentable, su baja calidad desde el punto de vista productivo, el minifundismo llevado al extremo de hacer inviable la subsistencia familiar con el exclusivo producto de las explotaciones, el exceso de población y otros factores ya tratados en otras entradas de este blog, conducían a una economía de pura subsistencia, que para algunas familias numerosas ni siquiera aseguraba la alimentación de todos sus miembros.

La válvula de escape a esta situación de penuria económica fue siempre la emigración. En algunos casos esta emigración era por largos períodos o definitiva, como ocurría con los que emigraban a América. En otros casos era temporal, como complemento a la renta familiar, ocupando solo algunos meses al año. Esta es la emigración temporal de la que hoy voy a tratar en este artículo.

Las actividades desarrolladas durante estos desplazamientos temporales a otras tierras eran de tipo ambulante. Esto quiere decir que no suponían un trabajo en régimen de asalariado en una industria, o para un solo empresario en exclusiva, sino todo lo contrario. Estos trabajadores actuaban de forma autónoma, ofreciendo una serie de productos o servicios a cambio de una contraprestación económica por parte de los clientes ocasionales que conseguían. Estas actividades consistían fundamentalmente en el ejercicio de la venta ambulante de quincalla, así como los servicios realizados por afiladores, paragüeros, cerralleiros, capadores y segadores, que considero fueron los más representativos durante muchos años. Hasta donde yo sé, estos trabajos se prestaron en la primera mitad del siglo XX y hasta bien entrados los años 60, aunque algunos de ellos tienen una tradición de varios siglos. Eran oficios que no requerían un gran aprendizaje, pero sí requerían un gran esfuerzo en su ejecución por las duras condiciones en que se ejercían. 


Los quincalleros 

Quincalla viene de la palabra francesa “quincaille” y es definida por el diccionario de la RAEL como “Conjunto de objetos de metal, generalmente de escaso valor, como tijeras, dedales, imitaciones de joyas, etc.”
Escultura de quincallero obra de Florencio de Arboiro - Exposición permanente de San Esteban de Ribas del Sil.

La forma de entrar en la profesión era a través de un aprendizaje que se adquiría acompañando a un amo más experimentado (el naceiro) que había ejercido la profesión por muchos años. Después de que los chicos terminaban la escuela, entre los doce y los catorce años, ya empezaban a trabajar en las labores agrícolas, afrontando trabajos cada vez más pesados a medida que se desarrollaban físicamente. La familia procuraba introducirlos lo antes posible en el trabajo para que aportaran algunos recursos, siempre escasos, en la economía familiar. Hay que decir que ya desde una edad bien temprana, desde los ocho o nueve años, ayudaban en ciertas tareas domésticas diarias, como eran el acarrear leña para el fuego, buscar agua a la fuente, pastorear con las vacas, llevar la comida al campo a su padre y similares. Así pues, cuando llegaban a los quince o dieciséis años ya la familia buscaba quien pudiera llevarlos de criado para que aprendieran una profesión y le abrieran los ojos a la vida y , como se decía entonces, espabilaran.

Aunque yo no lo he visto, he leído que en épocas anteriores ya desde los ocho o nueve años salían de criados a recorrer el mundo con sus amos. Desde luego no eran tiempos para exceso de proteccionismo ni sensiblerías. Eran las madres las que buscaban a quien pudiera llevarlos como criados para que espabilaran, aprendieran a ganarse la vida y se hicieran hombres. Hay que decir que era un aprendizaje sin retribución de ningún tipo, salvo la comida y alguna propina si eran eficientes y despiertos. Cuando ya iban aprendiendo los trucos de la profesión vendían la mercancía del amo, recibiendo ya alguna compensación, hasta que finalmente se independizaban y trabajaban por su cuenta. Esto generalmente solía ocurrir una vez cumplido el servicio militar y cuando empezaban a pensar en tener novia y formar una familia. Evidentemente necesitaban haber ahorrado anteriormente para comprar la mercancía que habrían de vender y hacer frente a los gastos hasta empezar a generar ganancias. También había algunos más inquietos y ambiciosos que se independizaban antes, ya a los 18 años, aunque tenían que tener recursos para comprarse la caja y llenarla de género, lo que tampoco estaba al alcance de todos si no era con la ayuda de la familia.
Foto de quincalleros en los años cuarenta por tierras de Castilla - El de la izquierda es mi padre.

El quincallero llevaba al hombro una pesada caja de madera sujeta por una correa de cuero y una maleta en la mano. Esta caja tenía unos compartimentos interiores para clasificar algunos productos. Solían llevar agujas, hilos, botones, tijeras, gafas de vista cansada, algo de bisutería, productos de afeitado, piedras de mechero, navajas, tijeras, incluso relojes en los últimos tiempos y objetos similares, pero todos de pequeño tamaño. Recorrían los pueblos con el grito de ¡¡¡Platero!!!... ¡Agujas, hilos, gafas, pendientes!... ¡Platero!!. Ofreciendo sus productos que también pregonaban en voz alta. Hay que situar esta profesión en un momento en el que no había comercios en todos los pueblos y donde las distancias entre poblaciones en Castilla eran muy grandes y sin medios de transporte accesibles. La oferta de ciertos productos prácticos de necesidad inmediata en la puerta de casa resolvía un problema puntual sin tener que esperar a un desplazamiento a la villa o ciudad más próxima. También acudían los quincalleros a las ferias comarcales donde exponían sus productos, situación más cómoda que el desplazamiento a lugares muy distantes. Los desplazamientos entre poblaciones se hacían a pié, posteriormente ya incorporaron la bicicleta, para pasar luego a la moto y ya muy finalmente a la furgoneta. Estos nuevos medios de transporte permitían ampliar la gama de productos ofertados y consiguientemente aumentar también los ingresos. En tiempos más remotos, antes de la llegada del ferrocarril, se auxiliaban también de una caballería.
Foto de Cajón de quincallero - Exposición permanente de San Esteban de Ribas del Sil

La zona a donde tradicionalmente solían desplazarse los quincalleros era a Castilla, lo que hoy en día es la comunidad de Castilla-León, aunque también abarcaban la zona de Asturias e incluso el interior de Galicia. Cada uno se especializaba en una zona, de forma que conocían las necesidades de cada lugar y su distribución geográfica para seguir unas rutas ya establecidas previamente por su propia experiencia. En la meseta castellana la distancia entre poblaciones es considerable, existiendo grandes fincas donde los caseros vivían alejados de los poblados, siendo también un buen mercado para sus productos.

Su trabajo era de puro comercio, comprar y vender, por lo que debían de desarrollar su instinto comercial e intentar intermediar en todo aquello que creyeran que era una oportunidad para ganar algunas pesetas. Si surgía la oportunidad compraban algunas monedas de plata antiguas, que la gente guardaba en sus casas o que aparecían después de muchos años escondidas en algún lugar. La plata se vendía bien y era una oportunidad para ganarse algunos duros.

Castilla era, y sigue siendo, una zona cerealista gran productora de trigo y de centeno. En algunas espigas de centeno nace un hongo conocido como cornezuelo (“cornello”, en gallego, aunque también es conocido en algunas zonas como “dentón”), que tiene la forma de un cuernecillo negro. El cornezuelo contiene un alcaloide llamado ergotina que era usado en la industria farmacéutica, siendo exportado a Estados Unidos, Inglaterra y Alemania. Los mayores productores mundiales eran Rusia y Polonia que suministraban la mayor parte de la demanda mundial. Debido a los numerosos conflictos bélicos europeos en los que estos países se vieron envueltos a lo largo de la primera mitad del siglo XX, la oferta con ese origen desaparecía, originando fluctuaciones de precio considerables. El último gran repunte del precio del cornezuelo fue ocasionado por la guerra de Corea a comienzos de los años 50, donde alcanzó el precio de 700 pesetas el kilo, importe considerable en esa época.

Foto de cajones de quincallero transportados en una caballería - Exposición permanente de San Esteban de Ribas del Sil
Siempre atentos a cualquier ocasión de ganar algunos duros, vieron la oportunidad de comprar el cornezuelo en Castilla y venderlo a los almacenistas exportadores que estaban en Galicia. Esta intermediación proporcionó unos ingresos adicionales aceptables, porque se comerciaba con mayores cantidades y no el menudeo de la quincalla. Lamentablemente este negocio duró poco tiempo, ya que parece ser que se sintetizó el elemento activo, obteniendo el producto de forma química sin recurrir al cornezuelo. Hay que decir que este producto molido junto con el grano de centeno era peligroso para la salud habiéndose dado el caso de poblaciones afectadas por su consumo involuntario, ocasionando alucinaciones graves y incluso muertes.
Granos de Cornezuelo

Grano de cornezuelo o dentón

El Instituto Bio-Quimico Miguel Servet, S.L., germen de la empresa farmacéutica Zeltia, fundada en 1939, surgió para transformar en España ciertas materias primas que eran exportadas, aunque luego se importaban los productos resultantes. El cornezuelo fue uno de sus primeros productos transformados. Los preparados del cornezuelo se usaban para combatir la migraña y el glaucoma. Con el tiempo Zeltia se convertiría en una gran empresa farmacéutica de proyección internacional.
Cornezuelo

El trabajo era duro por las condiciones climáticas extremas, frío helador en invierno y calor extremo en verano. En los días de lluvia el barro se adhería a las botas o a la rueda de la bicicleta imposibilitando casi el desplazamiento. Si la población donde trabajaban era grande, entonces podían encontrar una posada donde dormir en cama y comer caliente, al menos a la hora de la cena. Si hacían una ruta de una semana hasta retornar al punto de partida, los pueblos por los que iban trabajando eran pequeños, no teniendo posadas propiamente dichas. En estos casos debían conformarse con dormir en alguna casa del pueblo que alquilaba alguna habitación o incluso en algún granero donde la cama era el duro suelo. Para estos casos iban provistos de una colchoneta a modo de saco de dormir. Esta colchoneta era una simple funda de tela que llenaban de paja para que sirviera de colchón para pasar la noche y que a la mañana siguiente se vaciaba de nuevo. La única comida cocinada diaria que hacían era la de la cena, en la posada al terminar la jornada, y que consistía en sopa castellana, que es una sopa de ajo y pan, cordero guisado con patatas, o un par de huevos o lo que hubiera en la fonda, aunque en cualquier caso siempre modesto. La comida del mediodía se hacía sobre la marcha con una lata de sardinas, pan y vino. Las ganancias no eran muchas, de forma que si se pretendía ahorrar había que economizar en comodidades y caprichos.

Foto de quincallero que figura en la exposición permanente de San Esteban de Ribas de Sil
Todo vendedor debe conocer que la clave del éxito es la constancia. Levantarse cada mañana al amanecer y emprender el camino en busca del cliente, sin desmayar en la ilusión y sin desmoralizarse por un mal día. El día siguiente siempre puede ser mejor.

Sus temporadas de trabajo solían abarcar desde febrero hasta junio y desde septiembre a Navidad. La mayoría de los quincalleros procedían de la zona que va desde San Pedro de Rocas (Esgos) pasando por Armariz, Loña, Santa Cruz y hasta Cerreda.

Hay que señalar que la escuela de la venta de quincalla, vivida desde muy jóvenes, permitió a muchos de esos quincalleros ir aprendiendo, evolucionando y adaptándose a los nuevos tiempos. Aquellos que se sacrificaron ahorrando, sufriendo incluso privaciones, consiguieron crearse un pequeño capital que les permitió financiar el establecimiento de un pequeño negocio en villas grandes o ciudades. Hay numerosos casos de vendedores ambulantes que establecieron negocios de relojería, joyería y bisutería, tiendas de ropa, artículos para el hogar y similares, así como negocios de intermediación entre los fabricantes y las tiendas, como son los mayoristas o almacenistas de una determinada gama de productos. 


Los afiladores 

Si una profesión identifica el trabajo ambulante, esa es la de afilador, sin duda la imagen más tópica del gallego ambulante por el mundo. El origen de la mayoría de ellos se sitúa en nuestro municipio de Nogueira de Ramuín, en el colindante do Pereiro de Aguiar y la zona de Castro Caldelas, así como Montederramo, Rabal e San Xoán de Río. Orense es conocida como “A terra da chispa” ya que es identificada como el origen de estos ambulantes trotamundos, cuya imagen es ya una seña de identidad universal. Aunque en nuestra parroquia no han sido muchos los que se dedicaran a esta profesión, por lo menos en los años en que yo recuerdo, si que los hubo más antiguamente. Mi abuelo paterno estuvo afilando en los Estados Unidos allá por los años 20 del siglo pasado, como contaré cuando escriba sobre la emigración a América.
La rueda de afilar o tarazana en su versión tradicional

La mayoría de los que puedan leer este artículo posiblemente ya conozcan lo que voy a escribir sobre la profesión de afilador, tal vez incluso mucho mejor que yo. Lo que yo pretendo es plasmar en un relato mis propias vivencias y recuerdos de una época en que yo era niño y que se están olvidando por el rápido avance de la globalización. Por otra parte, hay otra gente descendiente de emigrantes y alejados de la Galicia de sus antepasados, que ya no están tan familiarizados con estos personajes trotamundos que han llegado a los más lejanos e insospechados lugares del planeta.

La mayoría de los afiladores ejercían su profesión en una zona determinada, regresando periódicamente a su casa en la aldea para atender las faenas agrícolas, de igual modo que los quincalleros, pasando en Castilla u otras regiones españolas los meses invernales y de primavera. Las épocas de retorno coincidían con las labores de recolección en el campo, colaborando con la familia en esos trabajos. Otro retorno podía producirse antes de Navidad, para disfrutar de la matanza y evitar un período de frío extremo y poco trabajo, si bien esto solo era posible si trabajaban en zonas próximas a Galicia. También los había que rompían lazos con su tierra siguiendo un camino sin fin, en un periplo aventurero que duraba años, conociendo lugares lejanos, otras culturas, otras gentes, con un espíritu claramente aventurero. Lo común a todos ellos era la rueda de afilar y su inseparable chiflo con el que llamaban la atención de los posibles clientes. Lo hacían sonar de forma más o menos melodiosa, dependiendo del sentido musical de cada uno, a la vez que pregonaban: ¡¡Afilador!!, ¡Se afilan cuchillos, tijeras, navajas! ¡Afilador!! Repitiendo el acorde con el chiflo.
El chiflo con que los afiladores anunciaban su presencia. El de la foto perteneció a mi abuelo Manuel.

El chiflo era un instrumento musical, con 12 agujeros de distinta profundidad, para producir distintos sonidos de la escala musical, al hacer pasar el aire a presión por su borde mientras se deslizaba verticalmente sobre el labio inferior. Estaba construido en madera de boj y tenía forma de cabeza de caballo, u otro motivo, dependiendo del artesano que lo hacía. La fotografía que adjunto corresponde al chiflo que fue de mi abuelo, uno de los pocos recuerdos suyos que he podido conservar y también uno de los más queridos. 

O afiador namorado
Fixo do chifro un coitelo
Sete notas em escala,
Sete aguzados aceiros,
E fixo sete feridas
 No corazón do silencio.

(Serafín Gómez Pato – Romance do afiador namorado) 
Monumento al afilador erigido en Luintra - Nogueira de Ramuín

El instrumento de trabajo del afilador era la rueda de afilar o tarazana. Consiste ésta en una estructura de madera de nogal con una rueda grande y un pedal que la mueve por medio de un cigüeñal. El giro de esta rueda mueve una correa que transmite el movimiento a otro eje que va provisto de las muelas de afilar, que al girar a alta velocidad permiten el amolado o afilado de los utensilios de hierro o acero. Suelen tener dos discos de distinto grosor de grano. Uno más grueso para desbastar y otro más fino para pulir y asentar, aunque también los hay de madera para un mejor asentado en piezas más delicadas. La tarazana tiene una pequeña bigornia y un pequeño cajón donde el afilador guarda sus otras herramientas, muy limitadas, como puede ser una lima, alguna tenaza, martillo pequeño, pasadores para las tijeras, alambre y alguna otra. No podemos olvidar que al mismo tiempo que afilaba, en general también arreglaba paraguas. Los antiguos paraguas tenían unas varillas metálicas que se podían romper al oxidarse o desprenderse el alambre que las sujetaba a la varilla central. El recomponer alguna de estas roturas o echar una coronilla en la cima de la tela del paraguas, lugar por donde solían romperse, también era otro trabajo habitual al alcance de los que fueran habilidosos.
Escultura del afilador de Luintra

La tarazana inicialmente la transportaban al hombro, luego se le introdujo una mejora que permitía que fuera rodando sobre la rueda grande y empujada como si fuera un carretillo. Dada la naturaleza ambulante del trabajo, y lo aparatoso del transporte de su herramienta, poco más podían acarrear con ellos, salvo una manta y un pequeño zurrón para llevar una muda de ropa y la comida para las jornadas de camino. No es de extrañar entonces la apariencia descuidada y el aspecto de vagabundos que presentaban, colaborando a la tópica imagen del gallego bruto, sucio, desconfiado e inculto, calificativos injustificados la mayoría de las veces.
Poster de la película-reportaje sobre el trabajo de los afiladores

Este trabajo, como por otra parte todos los oficios populares y ambulantes, no requería una gran especialización. Con unas pocas semanas de práctica, teniendo buen pulso y sentido espacial, se podía trabajar sin problemas. Otra cosa distinta era aprender las triquiñuelas del oficio y desarrollar la astucia precisa para sobrevivir en un entorno desconocido, a veces hostil, y siempre rodeado de picaresca. Este aprendizaje se adquiría acompañando a un amo (o naceiro) durante varios años como criado (mutilo). Los criados que llevaba el amo se encargaban de recoger las piezas para afilar y luego las devolvían a sus propietarios cobrando el servicio, atendían a su amo e incluso mendigaban la comida. En muchos casos esta lucha por la vida empezaba a la temprana edad de doce o catorce años, aunque en épocas anteriores esta iniciación ocurría incluso con nueve o diez años, alejados de la familia, carentes de afecto y luchando por la supervivencia entre sus propios compañeros de más edad. La moralidad e integridad del amo condicionaba la que habría de ser la personalidad y moralidad de su criado en su edad adulta.
Bicicleta adaptada como rueda de afilar.

Fruto del progreso y del ingenio fue la sustitución de la tarazana por una bicicleta adaptada como herramienta de afilado. Esta evolución supuso una mejora sustancial en la comodidad del trabajo. La adaptación de la bicicleta permitía que, pedaleando sobre la misma, se transmitiera la fuerza de los pedales, por medio de una  polea, al eje en el que estaban los discos de afilado. La bicicleta se inmovilizaba elevando la rueda trasera sobre unos soportes, lo que permitía que al pedalear, en lugar de hacer girar la rueda trasera con la cadena, otra cadena moviera el eje con las muelas de afilado. Este avance fue muy importante en la profesión; haciendo el desplazamiento entre poblaciones mucho más cómodo y ejecutando el trabajo con mucho menos esfuerzo. La parte negativa de esta innovación fue la pérdida del encanto que supuso la desaparición de una herramienta tan singular, tradicional y distintiva como es la tarazana. El siguiente paso evolutivo fue casi inmediato, consistiendo en la adaptación a una moto del anterior mecanismo desarrollado para la bicicleta. El esfuerzo humano quedó eliminado tanto en los desplazamientos como en la ejecución del afilado.
Moto adaptada como rueda de afilar.

La continua itinerancia del afilador tal vez se pueda explicar por la propia naturaleza de su trabajo. Llegado a un pueblo, pregonado sus servicios y afilados todos los instrumentos o herramientas posibles, tardarán bastante en volver a requerir otro afilado, así que no queda otra alternativa que seguir adelante hasta la siguiente población. Las salidas temporales, como complemento de la renta de la tierra, terminaban cuando, siendo ya demasiado mayores para la dureza de este trabajo y los hijos ya autosuficientes en la vida, se quedaban definitivamente en su casa de la aldea atendiendo sus cultivos. Otros, más jóvenes, continuaron recorriendo el mundo con su andar aventurero y nómada sin destino determinado. Finalmente otros, con un espíritu más emprendedor y otras aspiraciones, terminaban asentado la cabeza en una villa o ciudad abriendo una tienda de cuchillería y taller de afilado. La profesionalidad alcanzada después de años de trabajo, ayudados de una maquinaria más moderna y precisa, les permitió afrontar trabajos de mayor calidad y mejor retribución, como son el afilado de instrumentos de corte de carnicerías y pescaderías, cocineros, restaurantes, e incluso bisturís quirúrgicos. Estos negocios en algunos casos han sobrevivido al fundador, continuando la profesión sus hijos y nietos generando una auténtica dinastía de afiladores y cuchilleros.
Interesantes artículos sobre un fabricante de ruedas de afilar y un afilador trotamundos de nuestra parroquia.

El diario La Región de Orense de fecha 18 de abril de 1963 publicó una entrevista a Antonio Álvarez Graña, un afilador nacido en Armariz en 1880. En la entrevista dice que empezó su profesión a los 10 años, cuando acompañó a su padre, afilador experimentado, a Brasil, como mutilo (criado), para iniciarse en la profesión. Años más tarde, ya adulto, regresó a España. Pronto sintió de nuevo el ansia de aventura y al poco tiempo retornó a América, aunque esta vez el destino fue Cuba. Recorrió toda la isla ejerciendo su trabajo de afilador durante varios años. En un cierto momento sintió la morriña de su tierra y retornó a su pueblo. Pronto su instinto nómada le empujó de nuevo a los caminos para recorrer mundo. En esta ocasión sus andanzas transcurrieron por gran parte de la península, incluido Portugal. Después de otro paréntesis en su casa aun volvió una vez más a Brasil donde permaneció por varios años en la zona de Sao Paulo y el estado de Mato Grosso. Finalmente volvió a su tierra definitivamente con casi ochenta años que es cuando concedió la entrevista que estoy comentando en la que cuenta sus vivencias y correrías por el mundo. Considero que este ejemplo de vida de trotamundos no es lo normal en la profesión, pero tampoco un hecho aislado. Este espíritu aventurero y curioso explica que se hayan podido ver afiladores a lo largo y ancho del mundo.

Cuadro El Afilador Callejero, obra de Antonio de Puga, pintor orensano, hacia 1650
La profesión de afilador debe haber estado asentada en nuestra tierra desde muy antiguo. Un buen documento gráfico es el cuadro que se encuentra en el museo de L’Hermitage de San Petersburgo en Rusia, titulado “El afilador callejero”, pintado por el artista orensano Antonio de Puga hacia 1650. También Goya reflejó la profesión en uno de sus cuadros, “El Afilador”, hacia 1790, que se encuentra en el museo de Bellas Artes de Budapest. Es especialmente interesante el cuadro de Antonio de Puga, ya que al ser orensano, posiblemente pintó una escena que para él habría sido muy familiar. Podemos apreciar que la herramienta de afilar ya empleaba la misma técnica de hoy en día del pedal y el cigüeñal para hacer girar la rueda de afilar.
Cuadro atribuido a Goya titulado El Afilador, hacia 1790

Uno de los artesanos de más larga tradición en la fabricación de ruedas de afilar fue Emilio Pato Rodríguez, de Liñares, que comenzó a fabricarlas en 1910 en esa población. Posteriormente en 1936 se trasladó a Orense donde continuó la actividad en la avenida Buenos Aires. En una entrevista concedida al diario La Región manifiesta haber sido el primero en construir una tarazana que rodaba sobre su rueda empujándola como un carretillo, sin tener que portarla al hombro. También introdujo la mejora técnica de instalar un rodamiento a bolas en el eje de la rueda para aumentar la velocidad de la misma y facilitar su transporte. Una rueda tiene un peso que debe ser inferior a 25 kilos y su vida media es de unos diez años, aunque dependiendo del trato recibido su vida útil puede ir de los 5 a los 25 años.
Diversas esculturas de Florencio de Arboiro teniendo al afilador como motivo de inspiración

Hace ya algunos años que existe una exposición permanente de ruedas de afilar en el monasterio de San Esteban de Ribas de Sil, reconvertido hoy en Parador Nacional de Turismo. Hace ya algunos años tuve la oportunidad de conocer a Florencio de Arboiro, escultor, apasionado coleccionista y restaurador de ruedas de afilar, además de descendiente de afiladores. En su pueblo natal de Arboiro (San Xoán de Río) ha creado el museo Casa das Rodas, que aun no he tenido oportunidad de visitar, pero que sin duda espero hacerlo en breve convencido de que pasaré unos momentos inolvidables. Me han informado que el museo cuenta con más de doscientas ruedas de afilar, además de otras herramientas propias de los afiladores y otros oficios tradicionales. Me declaro admirador de su estilo de escultura, realizada en bronce, tanto en su vertiente estética como temática. Una gran parte de su obra recoge escenas y personajes populares de nuestro entorno ejecutando trabajos ambulantes y agrícolas tradicionales, así como recreaciones de la fantasía y magia popular. Su trabajo constituye un auténtico estudio etnográfico de nuestra tierra. Adjunto varias fotos tomadas en su exposición para ilustrar alguna de las profesiones que aquí estoy tratando. 

http://florencio-de-arboiro.com/coleccion-de-ruedas/ 
Poster anunciador de la casa-museo A Casa das Rodas en San Xoán de Rio

Hace ya muchos años leí una novela que aun recuerdo vivamente en algunos de sus detalles, titulada “A saga dun Afiador”, de Xosé Fernández Ferreiro, nacido en Espartedo (Nogueira de Ramuín) en 1931. Es una obra llena de crudeza y realismo, que retrata la vida de los afiladores a comienzos del siglo pasado. Para los que afortunadamente no vivimos esos tiempos tan difíciles, pero que sentimos curiosidad por conocerlos para saber cómo hemos llegado hasta aquí, esta obra es realmente ilustrativa. Xosé Fernández Ferreiro, ya fallecido en 2015, fue periodista y miembro de la Real Academia Galega. En Luintra se le erigió un monolito en reconocimiento a su labor. 
Monolito erigido en Luintra en homenaje a Xosé Fernández Ferreiro


La profesión de afilador no ha sido exclusiva de Galicia. La necesidad de afilar los instrumentos de hierro usados para el corte ha sido una constante para la humanidad. Una vez fabricados estos objetos era necesario mantenerlos en buen estado de uso, función para la cual surgió la profesión de afilador. Hay registros históricos que indican que ya en el siglo XIII existían gremios de cuchilleros y afiladores en París. La profesión de afilador ha sido ejercida tradicionalmente de forma ambulante, procediendo sus miembros de regiones montañosas con una economía agrícola pobre. En Francia provenían fundamentalmente de Auvergne y Pyrénées, y en Italia del Trentino. Hay quien opina que la profesión de afilador fue introducida en España, y más concretamente en Galicia, por los franceses. Yo me inclino a pensar que el principio del instrumento del afilado, tal como nos lo pinta Antonio de Puga, pudo ser introducido en España a través del Camino de Santiago, como tantos otros adelantos europeos en la Edad Media, si bien la posterior evolución siguió caminos separados. De hecho, el diseño de la rueda de afilar o tarazana, considero que es una creación de nuestros artesanos. Otros mecanismos de afilado europeos, especialmente a finales del S. XIX y primera mitad del S. XX, eran sustancialmente diferentes a la rueda de afilar que ha hecho tan famosos a nuestros afiladores a lo largo y ancho del mundo.



"Os Cerralleiros" - Los Hojalateros


Muestra de trabajos de reparación de roturas en porcelana hecho por cerralleiros

Otra profesión ambulante realizada por gente de nuestra parroquia fue la de zarralleiro o cerralleiro. Se ocupaban de reparar los pucheros y calderos de hierro o chapa, echando parches en los agujeros producidos por el óxido después de muchos fregados y años de uso, e incluso sustituyendo completamente la base de las cazuelas de porcelana con chapa nueva. Era sorprendente ver que con tan pocas herramientas y sin ningún tipo de soldadura, solamente con trozos recortados de hojalata y unos clavos remachados conseguían reparar y hacer nuevamente utilizable uno de esos grandes pucheros de hierro. Reparaban incluso piezas de loza rota, practicando unos agujeros con la parafusa, instrumento primitivo que hace las veces del berbiquí, y acoplándoles una especie de grapas que fabricaban ellos mismos con alambre, sin ningún tipo de pegamento. También se ocupaban de reparar paraguas, tal como también hacían los afiladores. En definitiva eran expertos en arreglar cualquier objeto de hierro o chapa del hogar.
Parafusa - Herramienta precursora del berbiquí - Normalmente eran más primitivas que esta de la foto.

Su itinerancia, costumbres y temporadas fuera de casa eran las mismas que para los afiladores. También el argot hablado o barallete era el común para todos los ambulantes de nuestra zona de Ourense. Son menos conocidos que los afiladores porque eran menos en número, su zona de trabajo era más limitada, y porque los afiladores también hacían la parte más sencilla de su trabajo, como era la faceta de paragüeros. Era un trabajo más difícil que el de afilador por lo que también estaban mejor pagados. Sus reparaciones en una misma casa podían llevar varias horas, ocupando media jornada o incluso una jornada completa, por lo que generalmente cobraban su trabajo “a mantidas”, es decir con la comida incluida, comiendo la comida ofrecida por la casa en la que hacían el trabajo. 


Barallete 

Muchos de los nativos de nuestra parroquia ya conocerán qué es el barallete, e incluso usarán alguna de sus palabras, sin embargo, para los forasteros seguramente será algo totalmente desconocido.
Epitafio en la tumba de Xosé Ramón Fernández Oxea (Ben-Cho-Sey)

El barallete es un argot gremial, hablado por los gallegos ambulantes, especialmente afiladores, quincalleros, zarralleiros, capadores y demás oficios itinerantes. Consta de un considerable vocabulario, estimado en unas 1000 palabras, aunque como no está normalizado todavía no se puede fijar con precisión su extensión. Algunos estudiosos lo cifran en 800 palabras mientras otros hablan de 1600. En cualquier caso es una cifra considerable para ser un simple argot gremial. Hay estudios en marcha que irán depurando su contenido para eliminar aparentes duplicidades hasta llegar definitivamente a su catalogación final. La culminación de este trabajo constituirá una importante aportación al patrimonio cultural de nuestra tierra. La finalidad de este argot era que los iniciados en el trabajo ambulante gallego no fueran entendidos por otras personas próximas cuando hablaban entre ellos. Este lenguaje consiste en hablar en gallego pero sustituyendo ciertas palabras del gallego normal, por las propias del barallete. El resultado es una conversación totalmente ininteligible para todos, salvo para los integrantes del gremio.

La decadencia de las profesiones ambulantes, prácticamente desaparecidas, está abocando también a la desaparición de esta variante lingüística. Afortunadamente se ha recopilado un extenso vocabulario que permitirá conservar esta lengua para quienes en el futuro se interesen en su estudio. Incorporo el siguiente link, donde consta un vocabulario reducido del barallete, unas 250 palabras, por si alguien tiene curiosidad en ampliar la información que aquí estoy facilitando. 

https://gallegosporelmundo.wordpress.com/2010/01/16/barallete/ 

Es de destacar la meritoria aportación de Xosé Ramón Fernández Oxea al estudio de las costumbres, folklore, celebraciones, y en general el modo de vida de nuestra comarca. Este escritor e investigador también es conocido por su seudónimo Ben-Cho-Shey. Entre otros estudios y funciones laborales desempeñadas en su dilatada vida profesional, hay que destacar la ocupación de la plaza de maestro en la parroquia de Santa Marta de Moreiras, del municipio de O Pereiro de Aguiar, entre 1925 y 1935. Fruto de esta estancia de casi diez años en esa parroquia, relativamente próxima a la nuestra, fue la publicación del libro “Santa Marta de Moreiras, Monografía dunha parroquia ourensán (1925-1935)”, que fue publicado en 1968. Dentro del estudio de sus costumbres y tradiciones tuvo oportunidad de conocer a afiladores y sus familias, originarios y residentes en esa parroquia, documentándose de su argot particular, el conocido barallete. En 1987 la Diputación Provincial de Ourense - Concello de Nogueira de Ramuín, publicó su obra “O Barallete” donde recoge un vocabulario de cerca de 900 palabras.

Paso a escribir una frase en Barallete:

Os arreadores garipos percorreron o redondo arreando facorrias e trinquetas, deixando trasufa a sua querantada chaira e unha belena oretando pólos mireos, ás veces sua bata, outras veces a sua belena. Empezaban o seu maquino ao amencer e non descansaban ata à hora da tiza. 

Traducción: Los afiladores gallegos recorrieron el mundo afilando cuchillos y tijeras, dejando atrás su querida tierra y una mujer llorando, a veces su madre, otras veces su mujer. Empezaban el camino al amanecer y no descansaban hasta la hora de la comida. 




Anexo I - Transcripción del artículo aparecido en el diario La Región al que me he referido al hablar de los afiladores, ya que en la foto es ilegible.

Antonio Álvarez Graña, afilador trotamundos – La Región, 18-04-1963, p. 6

Alto, de complexión atlética, aspecto vigoroso y rebosante de salud pese a sus muchos años. Muestra al reírse una dentadura grande y compacta. Lucía la barba de una semana por los menos. Es de Armariz (Nogueira de Ramuín) y afilador, por supuesto. Nació en el años1880. Se llama Antonio Álvarez Graña.
Al cumplir los 10 años emigró al Brasil en unión de su padre, veterano afilador como “mutilo” (criado), para iniciarse en la profesión. Transcurridos varios años – ya maestro consagrado – Antonio regresó a sus lares. No habría de pasar mucho tiempo cuando emprendió por segunda vez el salto del “charco”, en esta ocasión en dirección a Cuba.

Compañera inseparable de sus viajes fue la “tarazana”, (rueda de afilar), hoy guardada como un preciado recuerdo. Durante su permanencia en la isla del Caribe recorrió las provincias de Santa Clara, Matanzas, Camagüey y la Habana. Pasaron años. De pronto sintió deseos de volver de nuevo a su “meixua” (casa), para proporcionar a su familia “brote” (pan). Cortísima estancia porque el ansia de conocer lo desconocido le dominaba. Sin embargo, en esta salida Antonio limitó sus correrías a las regiones de León, Extremadura, Asturias y Andalucía, luego iría en su caminar hacia el norte vasco por Ciudad Real, Toledo, Guadalajara, Soria, Burgos y Vitoria. Atrás quedaban los kilómetros andados, salpicados quizá de múltiples anécdotas. El afilador fue cerrando el circuito para recalar nuevamente en su casa. Lo de siempre, descanso, pero breve. Y vuelta a dar “marcha” a su rueda de afilar. Destino Portugal. El “vehículo chispeante” recorre las comarcas de Oporto, Alentejo, Coimbra,… conviviendo con otros “naceiros” (afiladores).

-¿Cómo pasaban el tiempo entre ustedes?
- Íbamos “as tolas” (tabernas) para saborear el exquisito “mouga” (vino) de Oporto. Por cierto que los “biqueques” (lusitanos) decían que su vino no admitía “oreta” (agua).
-¿Concluyó su aventura en Portugal?
-Vine a mi casa y después de estar en ella algún tiempo marché al Brasil. Tenía por aquel entonces 68 años.
-¿Regiones recorridas en el Brasil?
-Toda la de Sao Paulo y toda la zona montañosa del Mato Grosso. Aquí me hice simpático a varias colonias extranjeras y para ellas estuve trabajando varios años.
-¿Cuándo dejó definitivamente de “rodar”?
-Hará como unos cuatro años dejé de caminar por ahí adelante.
-¿Cansado?
-Sóbranme inda forzas pra ir ó cabo do planeta. Si fora por necesidad mañá mismo “encendía” a “tarazana”.
-¿Anécdotas curiosas?
-En mi último viaje al Brasil fue recibido por todo lo alto por varios “naceiros” e invitado a tomar cerveza durante nueve horas. A la hora de pagar una representación de amigos de la colonia italiana se encargó de sufragar los gastos.
En Matanzas (Cuba) me encontré con un guajiro que me dijo: Aquí “mouga” no hay, pero agustín (leche) puedes tomar toda cuanta quieras. Cuando pedí la cuenta no me cobró ni un centavo. Resultó ser un descendiente “da nosa dinastía”.



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