La Fiesta de San Ramón


La Fiesta de San Ramón

La fiesta mayor de la parroquia de San Cristóbal de Armariz es el 31 de agosto, festividad de San Ramón. A continuación relato mis recuerdos de una fecha tan señalada para todos los vecinos de la parroquia, tal como yo lo recuerdo en los años 50.  

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La fiesta de San Ramón

Cartel anunciador de las fiestas de Armariz 2011



Próximos ya al 31 de agosto, no puedo evitar recordar la fiesta mayor de la parroquia, San Ramón.



Aunque las tradiciones se han conservado prácticamente inalteradas, las sensaciones actuales nada tienen que ver con las sentidas en los años 30, 40, o 50 del siglo pasado. En la sociedad de la abundancia y del bienestar de la que disfrutamos hoy, las fiestas tienen una importancia secundaria, muy amortiguada por muchas otras sensaciones ofrecidas diariamente y de forma permanente por la televisión, los viajes más accesibles y frecuentes, otros espectáculos y novedades que hacen que raramente algo nos sorprenda especialmente.



En épocas anteriores, de cambios menos radicales que los que sufrimos o disfrutamos hoy en día, las tradiciones, actitudes y comportamiento de la gente variaban escasamente de una década a la siguiente. Es por eso que creo que lo que yo viví en los años cincuenta, poco diferiría de lo acontecido en los años treinta o cuarenta.



El verano es época de trabajo agrícola intenso pero también de fiestas populares en las parroquias próximas. Se podría decir que la dureza de la vida diaria es directamente proporcional a la intensidad con que se viven las celebraciones festivas. La ilusión y disfrute de estas pocas oportunidades de evasión de las obligaciones diarias se viven con profunda alegría, compartidas con familiares y amigos, propician el galanteo de los jóvenes y son motivo de reunión de las familias participando en comidas llenas de alegría y buen humor.

Carteles anunciando fiestas en pueblos del entorno
Era ésa la época propicia para el estreno de algún vestido nuevo, que no todos los años se podía uno permitir. Cuando la situación económica lo hacía posible, la alegría era enorme, en general para las mujeres y muy especialmente para las mozas jóvenes, que eran miradas con envidia por las que ese año no se pudieron permitir ese capricho.



Toda esta excitación ante la fiesta no permitía desatender las obligaciones cotidianas. Las vacas tenían que comer y había que llevarlas a pastar al campo. Los cerdos tenían que recibir su ración diaria, las gallinas ser alimentadas y los huevos recogidos. La vida seguía su curso normal al margen de la festividad.



La semana previa a la fiesta se hacía una limpieza general en la casa. Se fregaban los suelos de madera con jabón de tajo y lejía, tarea que hacían las mujeres arrodilladas en el duro suelo, con un cepillo de raíces y una bayeta absorbente para enjugar el agua y el jabón. Se recogía el polvo y las telas de araña, siempre presentes a pesar de las continuas limpiezas. Se lavaba la ropa y se planchaba para dejar todo recogido y en perfecto orden. La plancha era de hierro, pesada y grande, con una chimenea o respiradero en la tapa, que se abría para introducir unas brasas del fuego candentes, que proporcionaban el calor necesario para el planchado.



El sábado previo a la celebración, por la mañana se hacían las labores propias de atender el ganado de la casa o algún trabajo urgente en el campo. Al atardecer llegaba la banda de música, generalmente de Melias, con su uniforme azul y botonadura dorada, gorra de plato e instrumentos relucientes soltando destellos al sol. Desde Luintra bajaban a pie, dando un primer pasacalles en Valdoasno, y luego en O Covelo, antes de llegar a Requejo. Aquí interpretaban unas piezas enfrente de la tienda de Pepe, a donde acudía la mocedad de los otros lugares de la parroquia, debidamente anunciados con los estallidos de algunos fuegos artificiales. Eran momentos de gran alegría y bullicio, especialmente entre la chiquillada y mocedad. 

Banda de música de Melias


Después de un descanso para la cena se acudía a disfrutar del folión, como se llamaba en estos lugares al espectáculo de fuegos artificiales por la noche. La limitada gama de fuegos de distinto tipo incluían algunos de colores, para terminar con los más estruendosos llamados bombas. Pronto se iniciaba la verbena en el souto de San Ramón. Nuevamente música y baile entre nubes de polvo del suelo de tierra machacado por los pies de los bailarines. A los músicos se les montaba un pequeño palco en la pendiente del souto, aunque no siempre. Era especialmente curioso para los niños el trombón, el gran bombo, así como los grandes, relucientes y sonoros platillos dorados. Era meritorio el trabajo de estos músicos, que hacían a pie el camino hasta el pueblo, dormían en un pajar y comían invitados en las casas del pueblo los días que duraba la fiesta.



En el campo de baile se instalaban unas lonas a modo de carpa para albergar al tendero que ofrecía bebida a los asistentes. La consumición casi exclusivamente se limitaba a cerveza y gaseosa, siendo muy demandadas la gaseosa con una copa de licor café y la cerveza con gaseosa.  Los mozos que salían a trabajar temporalmente a Castilla, y contaban con recursos económicos, invitaban a la moza que pretendían o cortejaban a compartir una jarra de esa bebida que se disfrutaba con deleite. La única refrigeración para la bebida eran unos grandes baldes de agua de la fuente en la que se sumergían las botellas de cerveza y gaseosa.

Souto de S. Ramón
Souto de S.Ramón


Souto y fuente de S. Ramón



Otras novedades presentes solo los días de las fiestas eran las rosquilleras y el barquillero inseparable de su lata coronada con una ruleta. A los niños, si nuestros padres encontraban algún conocido forastero, éste como muestra de atención nos daba una propina de una peseta, que podíamos gastar en comprar golosinas, cuya variedad se limitaba a dos tipos de caramelos o bolitas de anises, algún petardo o foguetes. También el día de la fiesta, en la cuesta de la Torre hacia la capilla, se instalaban las vendedoras de fruta que venían de la ribera con pavías, uvas y alguna otra fruta no habitual en el entorno.



El carnicero, que habitualmente pasaba por el pueblo semanalmente con su mercancía metida en dos cajones de madera, que transportaba en su caballería, en estas ocasiones festivas sacrificaba un ternero en el propio pueblo. En el improvisado matadero, un simple cobertizo de alguna casa del pueblo, se sacrificaba el animal y allí acudían las mujeres de toda la parroquia a comprar carne para la festividad, cosa que en el resto del año era un lujo desconocido para la mayoría de las familias. La organización de la producción rural se ha orientado tradicionalmente a la autosuficiencia. Con la matanza del cerdo anual, y algún pollo o gallina en casos de enfermedad o celebración muy especial, se resolvía el consumo de carne. La ternera comprada al carnicero se usaba en el cocido, la comida más habitual para el día de la fiesta, junto al lacón y chorizos, o bien guisada para acompañar a las patatas, bien guisadas o en cachelos.



Como postre, el dulce rey de las celebraciones importantes en el pueblo era el roscón. Se hacía con dos docenas de huevos, harina de trigo y azúcar. Acudían todas las mujeres al horno con los huevos, el azúcar, la olla para batirlos y el molde con su agujero en medio, para después de la oportuna cocción salir una gran rosca esponjosa. La harina de trigo se compraba necesariamente en el horno. Una vez preparadas todas las masas se vertían en las correspondientes formas y se introducían en el gran horno de leña ya calentado a la debida temperatura. Después de la necesaria espera salían los roscones con su olor característico, que en épocas de tan pocos caprichos y liberalidades eran un manjar exquisito. El roscón estaba siempre presente en el acompañamiento de una copa de coñac para los hombres, y anís o Sansón para las mujeres, e incluso para los chiquillos que siempre querían probar ese vino dulce.



Otros postres, aunque no tan propios de la fiesta mayor, eran las filloas o crêpes de harina de trigo, leche, azúcar y huevos; las chulas o buñuelos de harina de maíz, leche, huevo y azúcar; el arroz con leche espeso, y muy raramente el flan, una excentricidad para curas y ricos.



Si el día del Santo Patrono era un día laborable, se celebraba la festividad religiosa con misa en horario de día festivo y procesión. Después de la procesión y antes de entrar en la iglesia, se subastaban las andas de San Ramón para entrar el Santo en la capilla, siendo de mayor valor las delanteras. Competían en esta subasta los devotos con una promesa al santo o para obtener alguna gracia especial. También ocurría que algún devoto donaba para la iglesia un jamón, o más habitualmente un lacón, que también era subastado para el sostenimiento del culto.



El domingo de celebración de la festividad se reunía en la misa toda la parroquia. La banda de música, que ya había amenizado a los asistentes en el atrio antes de la misa, también participaba en ésta, desde la tribuna, interpretando algún fragmento musical adecuado en los momentos clave de la celebración. Se repicaban las campanas, y los mayordomos de la fiesta lanzaban algún cohete cuyos estallidos anunciaban a propios y ajenos de otros pueblos la celebración festiva. El éxito de una fiesta se medía a menudo por el número de músicos que componían la banda y por la cantidad de fuegos artificiales que se quemaban, especialmente en el folión del sábado por la noche antes de la verbena. Lejos de los excesos actuales, ésta empezaba a las diez de la noche y terminaba hacia medianoche.



Antes de misa se hacía la procesión alrededor del atrio de la iglesia, con el acompañamiento del repique de las campanas. Iniciaba la marcha un hombre portando la gran cruz de plata de la parroquia, seguidos por la Inmaculada, llevada en andas por cuatro mujeres, y a continuación San Ramón, también en andas portado por cuatro hombres. Es costumbre colgar en la mano izquierda del santo unos racimos de uvas, interpreto que como una petición simbólica de buenas cosechas. Sigue a continuación el cura párroco y el resto de feligreses vestidos con sus mejores galas. Las mujeres lucen su mejor vestido, y los hombres visten traje y corbata los jóvenes, y sin corbata los de más edad. Algunos otros llevan traje de pana y boina o sombrero. Sobra aclarar que entonces no había trajes de invierno o de verano. Se tenía un solo traje para cualquier ocasión especial que lo requiriera. Cuando se hacía un traje nuevo, el anterior se usaba para los trabajos diarios, ofreciendo la curiosa estampa de un labrador cavando en el campo llevando una chaqueta de traje. Nada se tiraba, todo se reciclaba.



El baile de tarde del domingo, comenzando hacia las cinco, terminaba hacia las nueve. Se volvía a casa a cenar y los jóvenes regresaban a la verbena hasta media noche, después de asistir a un segundo folión, aunque en esta ocasión algo más modesto que el del día anterior.



El lunes continuaba la fiesta, de forma más íntima, básicamente para la gente del pueblo. Nuevamente misa y procesión por la mañana. Después del baile de la tarde se daba por terminada la fiesta con la entrega del ramo de los mayordomos a sus sucesores para el año siguiente. Éstos son los encargados y responsables de recaudar los donativos de los parroquianos y de contratar la banda de música y fuegos de artificio. El ramo era una rama grande con rosquillas y dulces colgados en lugar de hojas.

Las fotos que siguen corresponden a las fiestas de 2009, últimas a las que asistí.

La gran cruz de plata abre la procesión

La Inmaculada portada por las mujeres

San Ramón portado por los hombres

Los músicos y feligreses siguen las imagenes en procesión

Grupo floklórico de la parroquia




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