Labores Agrícolas 2/2 - El Centeno – La Siega y la “Malla”



Labores Agrícolas 2/3 - El Centeno – La Siega y la “Malla”

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El centeno ha tenido una importancia capital en la alimentación humana gallega durante siglos. Es un cereal que se ha adaptado a las condiciones climáticas y del suelo mucho mejor que el trigo. El centeno, junto con las patatas y el maíz, han sido los pilares de la producción agraria de Galicia en los tres últimos siglos. Dada la pobreza de los terrenos deben alternarse los cultivos. Comenzando su ciclo productivo, podemos decir que en el terreno donde se recolectó el maíz, a continuación se sembraba el centeno, completando el ciclo rotativo de los distintos cultivos para mejorar el rendimiento de la tierra.

Se araba primero el terreno donde habían quedado los tronchos del maíz y se pasaba la grada a continuación. Se abonaba con estiércol, si procedía, y siempre dependiendo de su disponibilidad. Quedaba el terreno preparado para recibir la siembra del centeno, que se hacía en el mes de octubre después de la recolección de las patatas y de la vendimia.

Se sembraba el grano al voleo, trabajo normalmente realizado por la mujer. A continuación pasaba la yunta de vacas tirando del arado manejado por el hombre, abriendo surcos que cubrían de tierra el grano sembrado. Se esperaba su desarrollo, sin ninguna labor intermedia.

Al año siguiente, hacia finales de junio o principios de julio, llegaba el momento de la siega o “seitura”, que se hacía en un día soleado hacia Santiago, 25 de julio. El refranero popular nos facilita el calendario del centeno: “polo San Xoán sécalle unha raíz ó pan, polo San Pedro sécalle a do medio e polo Santiago fouciños ó agro” La siega era una labor comunitaria, donde unos vecinos ayudaban a los otros para agilizar el trabajo, que normalmente se hacía en un día, y así minimizar los riesgos climatológicos. La siega se hacía a mano con la hoz, trabajo más bien de mujeres. Los hombres iban detrás haciendo las gavillas o “mollos”, que eran brazadas de centeno cortado sujetadas con un atado de la propia paja llamados "Vencellos". Hasta los niños participaban trayendo agua de la fuente, o recogiendo en una cesta las espigas que quedaban por el campo después de hacer las gavillas. Al final se recogían las gavillas en el centro de la finca y se amontonaban formando los “medoucos”, que eran agrupaciones de gavillas colocadas verticalmente en círculo formando un cono. Acabada la siega de una finca se continuaba con otra de la misma familia y así hasta terminar.

Finalizada la siega, el dueño de las fincas ofrecía la comida a los vecinos que habían participado, comida que se hacía en el campo a la sombra de algún árbol. La comida era abundante y se comía hasta saciarse. Consistía en parte de la cachucha, normalmente el diente del cerdo, o un lacón o patatas con bacalao, con pan y vino, y de postre era común el arroz con leche. Se comía en platos llevados en un gran cesto, junto con la comida. Eran momentos de alegría, buen humor, canto y bromas entre mozos y mozas. Si era por la mañana se daba almuerzo y comida, si era por la tarde, la merienda-cena.

La familia, en los días siguientes, acarreaba las gavillas de todas sus fincas a la era comunitaria del pueblo para levantar su “meda”, que es el resultado de colocar las gavillas en forma circular para levantar un gran montón cilíndrico, rematado en forma de cono para facilitar el deslizamiento del agua de lluvia, y que reunía toda la cosecha de centeno de cada familia. El levantar una “meda” bien hecha para que quedara estable hasta el momento de la “malla” no era cosa que hiciera cualquiera, ya que podían superar los cinco metros de altura. Había personas con la habilidad y el sentido espacial necesario para irla levantando uniformemente regular, para conseguir su estabilidad y que quedara protegida del agua de la lluvia. Allí en la era quedaban las “medas”, que reunían toda la cosecha de cada familia, unas más grandes, otras más pequeñas, a la espera de la llegada de las máquinas. En la era ya había lugares fijos para la meda de cada familia, establecidos por la costumbre en épocas muy anteriores, y aceptados por todos sin discusión.

Finalmente llegaba el momento de la “malla”, que era la operación de separar el grano de la paja. En la época que yo recuerdo en los años 50, este proceso se hacía con máquinas que traía un profesional, que recorría las distintas eras de la comarca realizando el trabajo, cobrando a cada familia por sus servicios en función del tiempo de uso de sus máquinas. El proceso constaba de dos operaciones para realizar el trabajo, “mallar” y limpiar respectivamente, para lo cual se empleaban dos máquinas diferentes. Se comenzaba con una meda, para seguir con otra, hasta terminar, labor que duraba como mínimo un par de días en cada era.

La malladora constaba de dos elementos: un motor y la máquina de mallar propiamente dicha. Estos dos elementos estaban separados. Por una parte estaba el motor que funcionaba con gasolina y accionaba un eje con una polea del que partía una cinta de transmisión ancha que movía otra polea en la máquina malladora. Esta polea de la malladora estaba unida a un eje que movía un cilindro interior.  Este cilindro tenía unos dientes que al recibir la paja con la espiga y girar a alta velocidad conseguían separar el grano de la paja. El motor era muy ruidoso, o al menos lo parecía en una época poco acostumbrados a oír el ruido de los motores, que además no contaban con ningún mecanismo silenciador. Deduzco que serían motores de un tiempo, con un gran bidón que supongo sería de refrigeración, y un tubo de escape orientado hacia el cielo. El motor y la malladora, aunque separados estaban alineados para que la correa de transmisión que unía el motor con la máquina corriera sin salirse de sus poleas.

Un hombre joven subía a la meda y ayudado de una horquilla iba echando abajo las gavillas, que eran recogidas por otras personas y llevadas a la máquina de mallar, en un proceso rápido y perfectamente coordinado. El mallador, subido a una pequeña plataforma para quedar a la altura de la boca de la malladora, los desataba e iba introduciendo la paja con la espiga plana en la ancha ranura que los tragaba arrastrados por el cilindro interior. Entre el ruido del motor se percibía como la máquina desgranaba las espigas con un sonido característico de roce de los granos contra una superficie metálica.

La paja ya desgranada salía por el lado opuesto, estando unas mujeres provistas de horquillas a la salida para irla retirando y evitar el atasco y ahogo de la malladora. Esta paja era recogida por otras mujeres que iban haciendo atados más grandes, llamados “feixes”, sujetos con una cuerda. Estos “feixes” eran acarreados llevados en la cabeza, al pajar de la familia a quien correspondía esa meda, o para hacer un "palleiro" en el caso de que no lo tuvieran.

El grano salía por otro lado, donde con una escoba de retama o “vasoira de xestas” se "cuañaba" para separar las espigas de centeno más pequeñas que no se habían desgranado bien en la máquina. Con estas espigas que no se habían desgranado se hacían pequeñas gavillas que se usaban luego de alimento de las vacas o para sembrar a “ferraia”, como se llama a la cebada, avena o centeno “orxo, avea ou centeo” que se siega verde antes de que espigue y es utilizado como forraje para alimento de los animales.

Este montón de grano mezclado con restos de paja de las espigas, que salía de la máquina de mallar, se metía en cestos y se llevaba a la máquina limpiadora. Se vertía el grano sucio en la tolva o abertura llamada “moxega”, para luego, haciendo rotar una manivela movida por una persona, se producía un movimiento de vaivén y una corriente de aire que aventaba la trilla, para separar el grano de los restos de la trilla. El grano limpio que salía de la máquina se recogía en unos cajones de medida de volumen llamados “ferrados” que se vaciaban en sacos, permitiendo al mismo tiempo ir midiendo el volumen de lo producido en el año. Estos sacos se llevaban a la casa de cada familia donde se vaciaban en un arca o hucha. Esa arca servía de granero de donde se iba sacando el grano a lo largo del año, para llevarlo a moler a uno de los molinos de la parroquia, a medida que se necesitaba para hacer el pan de la familia.

La malla era también una tarea colectiva. Los vecinos se ayudaban unos a otros hasta terminar toda la faena. Era un trabajo muy coordinado que debía hacerse con gran rapidez, ya que el mallador, de bastante mal carácter, exigía que su máquina trabajara lo más intensamente posible para, cuanto antes, ir a otra era y completar la temporada con el mayor ingreso posible. Cada uno pagaba al mallador en función del tiempo de uso de las máquinas. Era la malla una excepción a los trabajos colectivos que siempre terminaban con una comida también colectiva. No se hacía fiesta dada la rapidez con que debía hacerse el trabajo. Al terminar con la meda de una familia, se seguía con otra, con unos pequeños descansos después de cada una para beber, poner gasolina a la máquina o arreglar alguna avería ocasional que no era extraño que se produjera.

Antes de utilizar máquinas, aunque yo no recuerdo haberlo visto, se mallaba a mano, donde dos hileras de hombres, provistos de mallos, frente a frente, golpeaban alternativamente la paja con las espigas extendidas sobre el suelo entre ambas hileras. Después de retirar la paja, se recogía el grano con el resto de la malla y se aventaba para separar el grano de los residuos de la espiga, antes de llevarlo limpio al arca o hucha de la casa. El mallo era un palo largo al que se le unía otro más corto en un extremo mediante una correa de piel, lo que permitía que al golpear, este palo del extremo acelerara su velocidad y golpeara horizontalmente la paja del suelo. Yo lo vi usar en casa de mi abuelo, para de forma individual mallar alguna gavilla de centeno, si antes de la malla hacía falta para el uso de la familia.

Tanto la siega como la trilla eran trabajos duros, no solo por el esfuerzo físico, que era grande, sino por el calor soportado. Estas labores coincidían con los momentos de mayor calor del año. Por otra parte las palletas o rastrojo, es decir, la parte de la hierba seca que quedaba en el campo después de cortar el centeno, eran duras y pinchaban como si fueran clavos. En la era el polvo de la paja se metía por todo el cuerpo picando como agujas. En consecuencia era un trabajo duro e incómodo, aunque de corta duración por lo concentrado de su ejecución al hacerlo de forma colectiva. La compensación al esfuerzo era la satisfacción de ver el arca llena del grano que garantizaba el pan para el sustento de la familia todo el año.

A pesar del calor la gente iba aparentemente abrigada, para protegerse del sol y de la propia paja que como digo podía picar como agujas. Los hombres llevaban camisas de manga larga y sombrero o un pañuelo con nudos en sus esquinas a modo de casquete que absorbiera el sudor de la frente. Las mujeres llevaban medias gruesas para proteger las piernas de la paja seca y del polvo de la trilla, camisas cerradas de manga larga, pañuelo a la cabeza anudado bajo la barbilla y sombrero de ala ancha. Eran éstos trabajos cortos pero ciertamente penosos. También recuerdo que se bebía en botijo agua fresca de la fuente, aunque también he visto mezclarla con vinagre y un poco de azúcar para apagar la sed.


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