Ceremonias Familiares - 1/2



Ceremonias Familiares – 1/2

En este post se trata el Bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación.
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En este post voy a pasar revista a ciertos acontecimientos fundamentales en la vida de las personas, que además vienen señalados por ceremonias que constituyen todo un acontecimiento en su vida familiar y social. Todos hemos disfrutado en alguna ocasión de estos eventos familiares que acostumbran a congregar a los parientes próximos, y no tan próximos, que en estas ocasiones se reúnen excepcionalmente, acompañados también de los amigos e incluso de relaciones del ámbito profesional, para compartir con los protagonistas del acto un momento importante de sus vidas. Me estoy refiriendo a bautizos, comuniones, bodas y entierros. Todos estos actos sociales son hoy motivo de ostentación, muestra de la capacidad económica de quien los organiza, bastante diferente de cómo se realizaban en la aldea en los años 40 y 50 del pasado siglo. Todos estos momentos significativos de la vida de las personas van acompañados de una ceremonia religiosa sacramental que certifica el acto. Recordamos que los siete sacramentos según la iglesia católica son:


El primero, Bautismo.
El segundo, Confirmación.
El tercero, Penitencia.
El cuarto, Eucaristía.
El quinto, Unción de los Enfermos.
El sexto, Orden Sacerdotal.
El séptimo, Matrimonio.


Si exceptuamos el sexto, relativo al ordenamiento sacerdotal, todos los demás afectan o han afectado a la inmensa mayoría de las personas.


Dada la extensión de este tema, lo divido en dos post diferentes. En este primero voy a tratar los momentos relacionados con el bautismo, la confirmación y primera comunión, dejando para un próximo artículo lo relativo a las bodas y funerales.



El bautismo


Hay que recordar que, en los años de la posguerra en la España rural e incluso en las ciudades, las condiciones de asistencia sanitaria eran muy limitadas. Todavía no se había universalizado la Seguridad Social y el acceso al médico y las medicinas se limitaba a lo estrictamente imprescindible y en los casos de extrema gravedad. En estas condiciones las mujeres pasaban su embarazo trabajando con normalidad hasta el momento del parto, sin ningún tipo de revisión o consulta médica. Las familias eran por aquel entonces casi todas numerosas, teniendo por término medio entre tres y siete hijos. Los hijos eran bienvenidos porque así lo establecía el concepto de familia predicado tanto por la iglesia como por el Estado, a la vez que suponían más brazos para trabajar las tierras de la familia, aunque también una boca más que alimentar.

Madrina con niño el día del bautizo

La mortalidad infantil era alta, de forma que en los años 40, recién terminada la guerra civil, las estadísticas muestran una tasa de 142 muertos por cada mil nacidos, cuando hoy es solo algo superior a 3 por cada mil nacidos. Superado el parto, todavía debían de sortearse otros obstáculos en los primeros años de vida de los recién nacidos, ya que las infecciones y epidemias hacían estragos. Revisando el libro de bautizados de la parroquia se aprecia en determinados momentos como van muriendo casi todos los niños nacidos en un determinado período, consecuencia previsiblemente de alguna epidemia. En mi familia me cuentan que un hermano de mi padre murió de niño con unos siete u ocho años debido al garrotillo, como se llamaba entonces a la difteria. También una hermana de mi madre murió antes del año de vida, posiblemente por una infección que condujo a una diarrea deshidratante. Como se puede apreciar, las enfermedades cobraban su tributo en casi todas las familias, si bien hay que decir que siempre de forma decreciente. Los casos que acabo de citar relativos a mi familia corresponden a los años 20 y 30 del pasado siglo.


Llegado el momento, el parto se producía en la casa familiar. La mujer era ayudada por sus familiares femeninos de mayor edad y la partera del pueblo, que no era más que otra mujer con mayor experiencia que las demás, con conocimientos rudimentarios aprendidos por tradición de otras que le precedieron. Según me comentan, el alumbramiento solía producirse sin grandes problemas, siendo muy esporádico que hubiera complicaciones, si bien cuando estas ocurrían eran de consecuencias fatales.


Cuna similar a las usadas en la aldea
El recién nacido también tenía que soportar las condiciones de vida del momento. No había pañales desechables, ni la ropa suave y abundante de hoy en día. Prácticamente todas las prendas se hacían en casa y de telas recicladas de otros usos. Las camisetitas de felpa se hacían aprovechando la tela de las camisetas viejas de sus padres; las camisitas se confeccionaban con trozos de tela de sábanas viejas que en los bordes estaban menos gastadas, a las que las mujeres añadían algún adorno o bordado en las manguitas o el cuello; las chaquetitas de lana se hacían a calceta por la propia madre, así como el gorrito de lana hecho de igual forma. Los pañales también se confeccionaban con la tela de sábanas viejas, que eran sujetados a la cintura con una especie de fajita ancha que terminaba en una cinta que se anudaba a la espalda o al frente del bebé.

Polvos de talco usados en aquella época

Los pañales se lavaban y reutilizaban continuamente. Dada la dificultad de lavar en aquella época, en que debía irse al río en cualquier época del año, en invierno cuando solo estaban mojados se secaban con el calor del fuego y se volvían a reutilizar. Los bebés llevaban los pies al aire mientras estaban en la cuna y hasta que comenzaban a gatear. Los bebés se envolvían en unos pesados mantones de lana cuando salían al exterior y se llevaban siempre en brazos. Yo nunca vi un cochecito de niño hasta que llegué a la ciudad. Lo que sí había en la aldea eran cunas, hechas en madera por el carpintero local, con el apoyo en el suelo en forma de arco en la cabecera y los pies, lo que permitía balancear al niño y acunarlo para facilitar su relajación y sueño mientras se le cantaba alguna nana tradicional. El baño del bebé se hacía en una palangana con agua calentada al fuego y con el jabón de manos usados por la familia.

Chupete de goma similar a los usados en aquella época

A partir de los nueve meses de edad ya se vestía a los bebés con una especie de pantalón bombacho con broches para abrirlo por la entrepierna, y se comenzaba a calzarlos con unos zapatitos al empezar a gatear. A esa edad también se acostumbraba a vestirlos con jerséis de lana hechos a calceta en casa. Los baberos se hacían con tela reciclada de otras prendas viejas. Lo que sí había en la farmacia eran los chupetes, que junto a los polvos de talco eran los únicos productos comprados para el cuidado e higiene del bebé.


Bote de polvos de talco de la época
También en la época que yo recuerdo, las mujeres después del parto debían esperar un cierto tiempo antes de poder salir de casa o entrar en la iglesia. Cuando de nuevo pretendían normalizar su vida debían acudir a la puerta de la iglesia y esperar que saliera el cura y el sacristán para darles la bendición de purificación. A continuación la mujer ya podía entrar en la iglesia con una candela encendida y quedaba purificada, normalizando su vida de nuevo. También se debía contribuir al sostenimiento de la iglesia pagando al cura con una gallina. Esta costumbre fue decayendo a los largo de los años 50.


El origen de este rito de la purificación viene del Antiguo Testamento, Levítico 12, donde se establecía que la mujer después del parto quedaba impura. Debía permanecer 40 días recluida antes de salir de casa por primera vez para ir al templo a presentar a su hijo, debiendo además realizar una ofrenda de dos tórtolas. Aunque este rito no fue asumido por la iglesia católica, sí fue una tradición, que al menos en ciertas regiones españolas se practicó hasta los años cincuenta. La cuarentena no siempre fue respetada, acortándose en la práctica este período, que quedó limitado al tiempo necesario para que la mujer pudiera retomar las labores habituales.


Cuna confeccionada en mimbre
El bebé era alimentado con la leche materna aproximadamente un año. El primer alimento sólido que comía el bebé era el caldo gallego triturado con un tenedor lo más fino posible. No cabe duda que este alimento contundente en la primera etapa de la vida ha contribuido a desarrollar gente fuerte y sana que, una vez superada la edad infantil y a pesar de las deficiencias sanitarias, ha alcanzado generalmente una edad avanzada. También se le daba al bebé pan reblandecido mojado en el caldo, leche de vaca recién ordeñada sin hervir y papillas de harina de trigo cocida con leche y azúcar, sin olvidar las tradicionales papas de maíz con leche mazada. Si exceptuamos la papilla de harina de trigo, el resto de alimentos del bebé eran los mismos que comían los adultos, con la simple diferencia de ser triturados con el tenedor.



La madre también debía reponerse después del parto para retomar la actividad ordinaria lo antes posible y al mismo tiempo cumplir con sus nuevas obligaciones de madre. Además de cuidar la alimentación, enriqueciéndola dentro de lo posible, se le hacía caldo de gallina que tomaba todos los días, además de regalarse con torrijas o torradas como complemento específico para parturientas.


El bautismo era una ceremonia imprescindible y fundamental para los católicos, especialmente en esa época tan marcada por la influencia de la iglesia en la vida personal y social. A los pocos días del nacimiento se acordaba con el párroco el día del bautizo, acudiendo a la iglesia el niño en brazos de la madrina, acompañada del padre y el padrino, y se procedía a la ceremonia. Como se aprecia era un acto totalmente personal e íntimo, sin invitados ni familiares salvo los padrinos y ocasionalmente alguno de los abuelos o hermano mayores del recién nacido. La madre nunca acudía al bautizo. Los padrinos muy frecuentemente eran tíos del recién nacido, aunque podían ser otras personas con las que los padres tuvieran una íntima amistad y sintieran un especial afecto por el recién nacido.

Pila bautismal de la iglesia de San Cristóbal

Se reunían los asistentes en torno a la pila bautismal, tallada en piedra granítica, que en sus muchos siglos de vida ha visto desfilar en su presencia a la práctica totalidad de los nacidos en la parroquia en ese período. Hay que decir que hasta comienzos del siglo XX, todos los actos parroquiales se celebraban en la iglesia antigua de San Cristóbal. Hasta donde yo sé, ya los nacidos a partir de los años veinte fueron bautizados en la capilla de San Ramón, en la Torre, cuya pila bautismal antiguamente estaba situada en la esquina izquierda a la entrada del templo, y que hoy en día está en la cabecera de la nave al lado derecho del presbiterio, como se llama a la parte más elevada sobre la que descansa el altar. Esta pila bautismal es de dimensiones más reducidas y de elaboración más sencilla que la existente en la iglesia de San Cristóbal.


El cura procedía a las lecturas propias del rito, para luego verter agua sobre la cabeza del recién nacido por tres veces, diciendo:

““Nombre que se le impone”, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.


Lo normal es que el niño reaccione al agua fría con una sonora llorera. La madrina le seca la cabeza y trata de tranquilizarlo para continuar la ceremonia hasta el final. A continuación el cura le impone el crisma haciendo una cruz en la coronilla del bautizado, que significa imponerle el don del Espíritu Santo, diciendo:


“Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que te ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, te consagre con el crisma de la salvación para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey”.


Terminada la ceremonia se vuelve a casa, donde espera la madre, para ofrecer una copa a los padrinos y demás asistentes, sin más celebraciones. La austeridad y sencillez del acto contrasta con las celebraciones de hoy en día, que en numerosos casos constituyen un auténtico acto social, desprovisto de la intimidad necesaria para vivir la familia la alegría de contar con un nuevo miembro en su seno.


En caso de necesidad, por riesgo de muerte del recién nacido, se administraba el bautismo por cualquier cristiano adulto que no estuviera incurso en ninguno de los pecados públicos que llevan aparejado la denegación de los sacramentos, como los divorciados, los que vivían en concubinato y otros. El bautizante debe tener voluntad de bautizar y pronunciar con total fidelidad la frase ritual: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, simultáneamente debía derramar agua natural sobre la cabeza del recién nacido, sin omitir ni una sola de las palabras rituales. Superado el momento de urgencia, se debe presentar el niño al cura para su bautismo sacramental, advirtiéndole del hecho de haber sido bautizado previamente por razón de urgencia.


Producido el bautismo, el párroco debe registrar al recién bautizado en el libro de bautizados de la parroquia, donde consta la fecha del bautismo, la fecha del nacimiento, el nombre del clérigo oficiante, el nombre del bautizado, indicando ser hijo legítimo o de madre soltera, el nombre de los padres, de los abuelos, y de los padrinos, con mención expresa de su lugar de origen. En nuestra parroquia el libro de bautizados comienza en 1655. Hasta 1871, fecha de creación del Registro Civil, el registro eclesiástico fue el único registro de nacimiento existente en nuestro país.

Recuerdo de Nacimiento Dedicado a los Sres. Padres

En la época que yo nací estaba de moda hacer un cuadro “Recordatorio de Nacimiento”, que era una lámina impresa con motivos alegóricos, para Recuerdo a los Sres. Padres, donde figuraban los datos del Registro Civil del nacido, la fecha de nacimiento, nombres de padres y abuelos y la foto del niño.




La primera comunión


El mes de mayo, conocido como el mes de las flores, era dedicado a la devoción de la Virgen María, según una antigua tradición que ya se practicaba en la antigüedad y muy especialmente a partir del siglo XVIII. El 13 de mayo se conmemora la Virgen de Fátima y el 31 es la fiesta de la Visitación de la Virgen. Durante todo el mes se celebraban en la capilla de San Ramón actos religiosos tales como el rezo diario del rosario que se hacía todas las tardes, adonde acudían las mujeres del pueblo, en especial las que formaban el grupo parroquial de las Hijas de María, y donde no faltaban las más jóvenes. Durante todo el mes, además del rezo diario del rosario se leían oraciones y reflexiones diferentes para cada día y se cantaban loas a María. Era ésta una función religiosa, pero con un tono festivo y alegre, aprovechado por las mozas para, una vez terminado, relacionarse con las amigas. Bien sabido que donde se juntan las mozas también acuden los mozos, pasando todos algunos buenos momentos de diversión y risas después del acto religioso. Se adornaba la iglesia y la imagen de la virgen con flores silvestres, que en ese mes son especialmente abundantes. Estas celebraciones anunciaban el final del invierno y la proximidad de las fiestas veraniegas, vividas siempre con gran alegría en un entorno tan carente de otras distracciones.

Procesión del Día de las Flores en Armariz hacia 1930

Ejemplos de los cánticos a María después del rosario diario en el mes de las flores:


VENID Y VAMOS TODOS


Venid y vamos todos
con flores a porfía
con flores a María
que Madre nuestra es.


De nuevo aquí nos tienes
purísima doncella
más que la luna bella
postrados a tus pies.


A ofrecerte venimos
flores del bajo suelo
con cuanto amor y anhelo
Señora Tú lo ves.



OH MARÍA MADRE MIA


Oh María, Madre mía,
Oh consuelo del mortal,
amparadme y guiadme
a la patria celestial.


Con el ángel de María
sus grandezas predicad,
transportados de alegría
sus finezas celebrad.


Oh María, Madre mía,
Oh consuelo del mortal,
amparadme y guiadme
a la patria celestial.



A la edad de siete u ocho años se celebraba la primera comunión. Este acto revestía una mayor festividad que el bautismo, ya que acostumbraba a celebrase en un día determinado del año, generalmente el último domingo de mayo, en una misa solemne con gran concurrencia de asistentes y con la iglesia adornada con abundantes flores.

Procesión del Día de las Flores en Armariz hacia 1930

El día de las flores o fiesta de las flores, como era conocida esa celebración, constituía una fecha señalada en la vida de la parroquia. Era la tercera fiesta parroquial, después de la fiesta mayor de San Ramón, y del patrono San Cristóbal, en una versión mucho más modesta. Se celebraba una misa con cierta solemnidad, precedida de una procesión en el atrio alrededor de la iglesia. Iniciaba el cortejo un estandarte de la Virgen portado por una chica mayor escoltada por otras dos más pequeñas, una a cada lado, sujetando sendas cintas que pendían del estandarte. Las chicas iban vestidas de blanco con una mantilla del mismo color. Seguía luego la cruz de la parroquia y las demás niñas que hacían la primera comunión precediendo a la imagen de la Inmaculada, llevada en andas por las Hijas de María con sus mantillas blancas. Finalizaba el cortejo con la imagen del patrón San Cristóbal portado por los hombres. Las niñas que hacían la primera comunión también iban vestidas de blanco, con mantilla y zapatos del mismo color. Se contrataban músicos de la banda de música habitual, aunque en número más reducido que en las fiestas mayores, e incluso se echaban algunos fuegos de artificio. Las Hijas de María eran las encargadas de organizar todos los actos, incluida la contratación de la banda de música, para lo que recababan la colaboración de todos los vecinos de la parroquia. Esta banda tocaba en el momento de la procesión y durante la misa. Una vez terminado el acto religioso los músicos tocaban algunas piezas en la era colindante a la iglesia, que algunos asistentes bailaban animadamente para abrir el apetito. Por la tarde se celebraba un baile más festivo que cualquier otro domingo, que en esta ocasión se desarrollaba en el souto de San Ramón, como en las grandes festividades, amenizado también por los referidos músicos, que marcaban el punto final de la celebración de la fiesta de las flores.

Niña de Comunión a comienzos Siglo XX

Al final de los años 50, que es cuando yo hice la primera comunión, ya las niñas llevaban un traje de comunión blanco, con mantilla. Los chicos, por el contrario, solían ir con la ropa normal de los domingos, sin ningún distintivo especial. A mí me hicieron un traje gris de pantalón largo para la ocasión, me colocaron un lazo en la manga y un crucifijo blanco colgado del cuello, además del librito devocionario de tapas nacaradas blancas y el consabido rosario también blanco. Me sentí muy incomodo y raro con esa vestimenta que se salía de lo habitual y que no me gustó nada, aunque no me quedó más alternativa que aceptar lo que decidían mis padres. Las niñas eran las protagonistas del acto, además de por sus vistosos vestidos, porque les enseñaban unos versos dedicados a María que recitaban subidas al paredón del atrio o a una plataforma portable, que era como una silla alta con un respaldo para que no se cayera la niña, que se colocaba en medio de la procesión. Esta recitación la llamaban “predicar a la Virgen” o "echar el Ejemplo". También se le lanzaban a la Virgen pétalos de rosas blancas que llevaban las niñas en unas pequeñas cestitas de mimbre, diciendo después de cada recitación “¡¡Flores a María!!”. Las coplillas eran del siguiente estilo:


¡Buenos días amiguita!
¿De dónde vienes tan temprano?
Vengo de coger flores
Para María Inmaculada.
¡Flores a María!
(Terminaban lanzando un puñado de pétalos de rosas blancas a la imagen de la Inmaculada).

Niña de Comunión hacia mediados Siglo XX

La formación académica en la escuela unitaria del pueblo considero que era deficiente, pero en el aspecto religioso era exigente en lo fundamental. Además de saber leer y escribir, y las cuatro reglas, debían aprenderse las oraciones básicas, los mandamientos y algunos conceptos elementales del catecismo. El cura de entonces D. Manolo se ocupaba también de esta labor formativa.

Niño de Primera Comunión hacia 1958

La misa y la procesión eran los actos centrales de la celebración, que en esta ocasión reunía gran concurrencia de gente. En el ámbito familiar no había ninguna celebración destacable, salvo tal vez en la comida que acostumbraba a ser como de día de fiesta, aunque sin ningún invitado, ni regalos, ni nada especial. Aun tuve que esperar varios años antes de tener mi primer reloj de pulsera. En la época que yo hice la primera comunión comenzaba la moda de encargar recordatorios en la imprenta, con una imagen alusiva al acto en el anverso, y al dorso la fecha y nombre del comulgante, que luego se repartían entre familiares y conocidos.

Recordatorio de la Primera Comunión

Para concluir este apartado solo me queda explicar que la dedicación del mes de mayo a María, como el mes de las flores, posiblemente tuvo su origen en la cristianización de una fiesta pagana que se celebraba en esa misma época del año, como ha ocurrido con otras muchas celebraciones. En la mitología romana Flora era la diosa de la primavera y de las flores. Celebraban su festividad a principios de mayo, que se llamaba la Floralia, simbolizando la renovación del ciclo de la vida. Esta celebración era muy popular e iba acompañada de bailes, bebidas y sobre todo profusión de flores. El nombre del mes de mayo deriva del nombre de la diosa romana Maia, que era la diosa buena o Bona Dea, deidad asociada con la fertilidad y la maternidad. Sus ritos se celebraban en el mes de mayo y en ellos solo podían participar las mujeres.




La confirmación

Visita pastoral del Sr. Obispo a la parroquia el 5 de marzo de 2017

La anterior foto recoge parte de los feligreses asistentes al acto celebrado en nuestra parroquia de San Cristóbal de Armariz el 5 de marzo de 2017, encabezados por nuestro párroco D. José de León González, en el curso de la visita pastoral que realizó el  Sr. Obispo de Ourense, Monseñor D. Leonardo Lemos Montanet.


Yo no hice la confirmación en nuestra parroquia, ya que nos mudamos poco después de mi primera comunión, aunque sí hay en mi recuerdo vagas imágenes de alguna confirmación anterior. El obispo de la diócesis hacía una visita pastoral a la parroquia cada cinco años aproximadamente, aprovechando la ocasión para confirmar a todos los niños que hubiera pendientes desde su última visita.

El Obispo y sus símbolos

Símbolos del Obispo
Aunque no tengo recuerdos muy precisos de la ceremonia, sí que en cambio recuerdo que se le daba la bienvenida al Sr. Obispo alzando arcos triunfales a la entrada de cada aldea del camino desde la entrada en el término de la parroquia hasta la llegada a la iglesia. Estos arcos se hacían sobre el camino, y entre dos paredes, con ramas entrelazadas de retama o “xestas”, laurel, acacias o similares. En esas estructuras flexibles se clavaban flores silvestres propias de la estación y otras ramas para realzarlo y hacerlo más vistoso. El Sr. Obispo llegaba en coche a Faramontaos, el lugar más próximo a nuestra parroquia con carretera. No puedo saber si en esa época ya contaba con coche propio o viajaba en el transporte público, aunque lo más probable es que fuera en coche particular. Allí lo espera nuestro párroco, subiendo los dos montados a caballo hasta Requeixo, donde había un primer arco triunfal en las primeras casas donde aparta el camino para la Cancela. La gente lo recibía y aplaudía, dando el obispo su bendición a los presentes. Creo que en la Torre había otro arco, que se repetía a la entrada al atrio de la iglesia.


Ceremonia de la Confirmación
Nuestro párroco de entonces D. Manolo, que normalmente usaba sobre su cabeza una boina negra, llevaba en las ocasiones especiales un sombrero de teja con copa redonda que iba rodeada por un cordoncillo doble de seda con un nudo y dos pequeñas borlas a la izquierda. El obispo llevaba sobre su solideo o bonete de color púrpura el sombrero también de teja pero con el distintivo púrpura de su cargo. Llamaba la atención a la gente del pueblo el brillante y gran anillo de oro en su mano derecha, así como la gran cruz, también de oro, que pendía sobre su pecho. En las ceremonias su rango se completaba con todos los símbolos propios de su posición eclesiástica, llevando la mitra sobre su cabeza y el báculo en su mano izquierda.

Ceremonia de la Confirmación

El acto de la confirmación tenía su propia notoriedad por lo excepcional de la visita y el rango de la misma, que se veía incrementada por las prendas ceremoniales del Sr. Obispo. Lucía en esta ocasión con todo esplendor la mitra, el báculo y el llamativo anillo con el rubí rojo y la gran cruz pectoral. Repito que mis recuerdos de la ceremonia son prácticamente nulos, pero he de suponer que se pronunciaba el habitual sermón, impartido en este caso por el Sr. Obispo. Los que se iban a confirmar, que ocuparían los primeros lugares de la iglesia, llegado el momento, y previa presentación de los mimos al Sr. Obispo por parte del párroco y padrino o madrina, harían profesión de su fe cristiana renovando las promesas del bautismo. Contestarían afirmativamente, y de forma conjunta, a una serie de cuestiones relacionadas con su profesión de fe cristiana que les preguntaría el obispo. A continuación se llamaría a cada uno individualmente para ir pasando por el reclinatorio situado enfrente del obispo, quien hace una cruz sobre la frente del confirmado con el dedo pulgar mojado en el santo crisma, imponiendo su mano sobre su cabeza diciendo:


José (el nombre de cada confirmado)…, recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo.

A lo que el confirmado responde Amén.


Continúa la misa hasta el final, previa comunión de todos los confirmados.

Ceremonia de la Confirmación

Hay que decir que debe estar presente el padrino o la madrina del confirmado, el cual durante la imposición del crisma pone la mano sobre su hombro. Este padrino o madrina suele ser una única persona elegida por el párroco, haciendo esa función para todos los confirmados. Hay que hacer notar que hoy en día cada confirmado puede llevar su propio padrino o madrina, que también se acostumbra que sea el mismo que actuó en el bautismo, aunque no es necesario que cumpla esta condición.

Ceremonia de la Confirmación hacia 1966

Las fotos que ilustran este post pretenden ofrecer una imagen gráfica de los distintos objetos y ceremonias que nos acerquen a la época evocada. Algunas son propias de mi ámbito familiar y otras han sido tomadas de la web, sin que pueda precisar su origen. En cualquier caso agradezco a los autores de las mismas su inestimable contribucion a mantener el pasado presente en nuestra memoria actual.

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