Oficios Varios en Armariz

Oficios varios en Armariz en los años de la posguerra

Con este artículo retomo mis recuerdos sobre el modo de vida habitual en la posguerra y hasta bien avanzados los años cincuenta del pasado siglo. Los oficios que aquí relato, y ciertos hábitos y costumbres derivados de la escasez de aquellos años, les pueden parecer a nuestros jóvenes referidos a otro país ante el cambio tan radical y acelerado que ha experimentado nuestra sociedad en los últimos cincuenta años. Recuerdo lo ya comentado en anteriores artículos, referente a que los modos de vida de la gente del campo rural gallego hasta mediados del siglo pasado, poco diferían de lo que habían experimentado nuestros abuelos y bisabuelos nacidos en el siglo XIX.


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1 - Modista
Un aspecto radicalmente distinto a los usos de hoy en día era el relativo a la ropa de vestir y, en general, a los productos textiles. En la época actual la compra de ropa es algo que se hace, no por necesidad, sino por moda o simple capricho. Los mercadillos y tiendas están repletos de ropa a precios realmente baratos, fruto de una producción muy mecanizada y una transformación altamente tecnificada, que unido al fenómeno de la globalización que concentra la confección en países con bajos niveles de renta, ofrecen el resultado indicado de bajos precios y mediocre calidad.



Máquina de coser manual, igual a la usada por mi abuela

Hasta el siglo XIX la producción de tejidos era una actividad artesanal. En España se cultivaba el lino, siendo Galicia una región con importante producción de esta planta textil, complementada con el hilado de la fibra y la confección de tejidos en telares manuales. La llegada del algodón importado subvencionado por el gobierno y la concentración de los nuevos telares mecánicos en Cataluña a comienzos del S. XIX supusieron la ruina de los hilados gallegos. Otro tanto ocurrió con la lana cuya producción de tejidos disminuyó sustancialmente, concentrándose lo que quedó en Sabadell, también protegida y subvencionada por la política arancelaria del gobierno. Este hecho es constatado por el escritor francés Stendhal en un viaje a España en 1837, donde dice que el paño de algodón catalán se paga en cualquier ciudad de España tres veces más caro que lo que costaría un paño inglés de mucha mejor calidad. En resumen, era el mercado español el que estaba enriqueciendo a la burguesía catalana.

Las prendas confeccionadas eran prácticamente desconocidas por la gente del pueblo.  Todo se hacía de forma artesanal por modistas y sastres, y las familias más humildes usaban y remendaban las prendas hasta sus últimas posibilidades. Las mujeres, antes de casarse, confeccionaban su ajuar compuesto de sábanas, colchas, mantas, toallas y manteles, entre otras cosas del hogar, que en algunos casos les durarían toda la vida e incluso pasarían en herencia a sus hijas. La tela se presentaba en piezas, según modelo, comprándose por metros para luego proceder a su confección. A las ferias acudían las vendedoras de telas sencillas usadas más habitualmente para hacer sábanas, colchas y manteles, e incluso había vendedoras ambulantes que pasaban por el pueblo con su mercancía, eran las llamadas “servilleteiras”, generalmente extremeñas, con telas posiblemente traídas de Portugal. El sastre, la modista o las propias mujeres en su casa eran las encargadas de su transformación en ropa de vestir. A comienzos del siglo XX, las costureras, lo mismo que otras profesiones en el mundo rural, realizaban su trabajo en casa de los clientes. Allí acudían con su máquina de coser a la cabeza, trabajando durante varios días hasta acabar el trabajo que se le pedía.



Máquina de coser usada por mi madre durante muchos años hasta ser sustituida por una eléctrica

La costurera se instalaba en la galería cerrada de la casa para aprovechar la luz solar y el calor a través de los cristales, o en otro lugar con buena luz, trabajando de sol a sol, tomando medidas, marcando con jaboncillo, cortando, hilvanando, probando, cosiendo y repasando hasta finalizar la prenda. Durante este tiempo comía en la casa donde cosía, lo que se llamaba “a mantidas”, e incluso en algunos casos también dormía allí hasta terminar los trabajos cuando su casa estaba en otra parroquia distante, cobrando luego por el tiempo empleado. Este trabajo era laborioso y lento, recordemos que todavía las máquinas de coser eran muy elementales, moviendo la rueda con una mano a través de la manivela que tenían, mientras que con la otra se guiaba la tela. Las largas horas de trabajo eran propicias para la charla, teniendo fama las costureras de buenas conversadoras, siendo además un medio ideal para comunicar los últimos cotilleos de la parroquia. Hay que decir que ya en los años cincuenta las modistas trabajaban en su casa, pues las nuevas máquinas de coser se movían con los pies no siendo ya posible el transporte a casa de los clientes. Para la confección de las prendas se le llevaban la tela y el hilo previamente comprados en el almacén o en la feria. Mi tía abuela materna, la tía Manuela, fue modista y en sus años mozos trabajó a domicilio como acabo de relatar. Me cuenta mi madre la asombrosa habilidad que tenía para cortar y coser, sin usar patrones, solo con la cinta métrica como medida. Además de las prendas de mujer, igualmente hacía una chaqueta de pana de hombre que un pantalón, consiguiendo una perfección difícil de creer con tan escasos medios.



Algunas de estas modistas tenían al mismo tiempo una “escuela de costura”, tal vez algunos aun recuerden a Maruja de Verdefondo a donde acudió mi madre para dar sus primeras puntadas y que tan útiles le serían a lo largo de su vida. A estas prácticas asistían algunas chicas jóvenes, especialmente en verano a final de tarde cuando ya las labores del campo se acababan, para aprender lo básico de la costura. Practicaban el manejo de la aguja y ayudaban a la modista en las tareas más elementales, como sobrehilar los bordes o hacer ojales por ejemplo, aprendiendo también a manejar la máquina de coser. Además de su aspecto formativo, y por ser una actividad voluntaria por la que se le pagaba a la modista, era también un momento de diversión y una escusa para estar con otras amigas, dependiendo el aprovechamiento del interés personal de cada asistente. Para la vida diaria y de autosuficiencia siempre fue muy necesario saber lo elemental de la costura para echar unos buenos remiendos, cambiar el cuello a una camisa, hacer un delantal, una bata para casa, la ropa interior, tanto de hombres como de mujeres, y otras prendas sencillas. Algunas mujeres, las que demostraron mayor destreza y aprovechamiento en el manejo de la aguja, se atrevían a coser un vestido, previamente cortado por la modista. En la medida que demostraban unos conocimientos suficientes, se compraba una máquina de coser para casa, ya que, a pesar de su elevado precio para la época, se amortizaba con los trabajos domésticos. Pocas eran las casas que carecían de una de esas máquinas.


Pequeño taller de costura de pueblo

La máquina de coser en casa y unos conocimientos elementales de costura se consideraban imprescindibles para las necesidades diarias de las casas rurales, cuya economía se basaba en la autosuficiencia. Cuando una prenda de abrigo se decoloraba o desgastaba en los bordes, se deshacía, se le daba la vuelta a la tela, y cambiando un poco el estilo e incorporando algún adorno, quedaba reconvertida en una prenda nueva. Esta transformación era especialmente frecuente con los abrigos o chaquetones. A las camisas de los hombres se les daba la vuelta o cambiaban los cuellos y puños rozados dándoles una nueva vida. Hay que tener en cuenta que estas partes se desgastaban mucho de frotar en los lavados a mano en las piedras del río. La grasa corporal que acumulaban en las zonas de roce después de una semana de uso exigía ese frotado enérgico al lavarlas. En la época de la posguerra ya vendían las camisas confeccionadas con dos cuellos para facilitar el cambio y alargar la vida útil. También era habitual remendar los pantalones de trabajo en las rodillas y culera, dependiendo la estética del resultado de la habilidad de cada costurera. Se puede decir que casi las únicas prendas que se compraban confeccionadas eran las camisas y las camisetas de felpa.

Las sábanas se confeccionaban en casa, adornando las encimeras con algún bordado o encaje hecho a ganchillo por las mujeres en interminables horas de labor. Las sábanas bajeras, en algunos casos y para abaratar su coste, también se confeccionaban en casa uniendo por la mitad dos largos comprados de menor anchura por ser más barata la tela, que se llamaba “lienzo de casa”. Como ejemplo del espíritu de ahorro y aprovechamiento de esos tiempos puedo citar que cuando se desgastaba la parte central de la sábana, se descosía y se volvía a coser poniendo las orillas en el centro. Con la perspectiva actual, y con un cierto toque humorístico, podríamos calificar estos hábitos de altamente modélicos por lo que implican de optimización del reciclaje y sostenibilidad del planeta.



Tradicional tienda de telas en piezas para ser comparadas por metros

Las prendas de punto también se hacían a mano. Quién no recuerda a las abuelas, o no tan abuelas, con el ovillo de lana y las agujas de calcetar haciendo un jersey, una chaqueta o unos calcetines, o incluso unos guantes y bufanda. El proceso era integral, ya que a veces se criaba una oveja en la propia casa simplemente para esquilar su lana, hilándola con el “huso” después de lavada para terminar formando las madejas. Éstas podían ser teñidas, para luego devanarlas y formar los ovillos que facilitaban su tejido. El teñido se podía hacer con la prenda ya tejida, o antes, una ver formadas las madejas.



Hilando la lana con el huso

Las mujeres usaban siempre falda, tanto en casa como para el trabajo en el campo. El pantalón femenino era impensable en una sociedad tan tradicional y machista, juzgada con la mentalidad actual. En invierno para el trabajo llevaban unas medias que llamaban de punto inglés. Eran de un tejido muy tupido con una función esencialmente protectora, desprovistas de toda intencionalidad estética, y sujetas con las apretadas e incómodas ligas por encima de la rodilla. Para vestir en los días de fiesta ya eran habituales las medias de cristal, transparentes y brillantes, con su costura en la parte trasera que debía quedar perfectamente alineada. Estas medias eran muy delicadas y rápidamente se le hacían “carreras” cuando se soltaba un punto. Había máquinas para coger estos puntos en las mercerías de Orense, a donde se acudía para su reparación.



Tradicional lavabo, previo a los modernos cuartos de baño

Terminado el invierno, que se consideraba ocurría para San José o el Domingo de Ramos, se dejaba ya el abrigo, aunque a veces el frío todavía era fuerte, estrenando la ropa para la temporada de entretiempo-verano. La costurera hacía las blusas, faldas o trajes chaqueta para las mujeres, y el sastre los trajes a medida para los hombres. Estos trajes masculinos eran en general de pana para la gente mayor y para el trabajo, prefiriendo los jóvenes el paño de lana para lucir en las fiestas. No podemos pasar por alto el conocido dicho, “En Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos”.

Los chicos por aquel entonces siempre llevábamos pantalón corto, incluso en invierno, por lo menos hasta los catorce años, con las piernas siempre al aire. La naturaleza nos ofrece llamativas paradojas. El posible cambio climático, con inviernos cada vez más cálidos y escasez de agua, ha venido acompañado de avances tecnológicos que nos ofrecen fibras muy ligeras y aislantes del frío, de fácil lavado y rápido secado. No puedo evitar recordar los durísimos inviernos de aquellos tiempos con lluvias constantes, caminos embarrados y llenos de agua, fuertes heladas y frío intenso, casas mal aisladas térmicamente y ropas inadecuadas, las manos con sabañones y los mocos colgando de las narices. En mis recuerdos todavía está muy viva la sensación desagradable del frío y la humedad constante en aquellos largos inviernos de la posguerra. Cómo no recordar la desagradable sensación de las sábanas frías como si estuvieran mojadas al meterse en la cama, contando como única fuente de calor una botella de aquellas de barro de agua caliente para los pies.



Botella de cerámica usado como calientapiés

En un tiempo con casas sin cuarto de baño, el lavado de manos y cara de las mañanas se hacía en el lavabo que normalmente había en la habitación, compuesto de palangana, espejo y colgador para la toalla, acompañado de un cubo que recogía el agua sucia después del lavado. El agua limpia se guardaba en una jarra de cerámica o de chapa esmaltada blanca llenada el día anterior con agua del pozo o de la fuente pública. En algunos días de frío extremo llegaba a ocurrir que esta agua por la mañana aparecía helada, lo que nos da una idea de la temperatura ambiente.

Las prendas de abrigo básicamente eran los abrigos y las gabardinas, siendo estas últimas una moda conocida en el pueblo allá por final de los años cuarenta que poco abrigaba, pero protegía de la lluvia. Una prenda de más abrigo y más cómoda para ciertas actividades en el mundo rural, aunque considerada menos elegante, era la zamarra o pelliza, prenda más corta que los abrigos y con más protección frente al frío.

2 - Zapatero

El calzado también era otra parte importante de la indumentaria, tanto para el trabajo en el campo como para la vida diaria. La prenda habitual de trabajo eran los zuecos o chancas, especie de botas con suelo de madera que se herraba para aumentar su duración. Se engrasaban frecuentemente para mantener su flexibilidad e impermeabilidad. En la época de mi niñez se compraban ya hechas en las diferentes medidas.


Taller de Zapatero

Los zapatos para los días de fiesta y ocasiones especiales se compraban, en general ya hechos, en las zapaterías de Orense, tanto para hombres como para mujeres, incluso con tacón alto. No obstante también era frecuente hacerlos a medida en los zapateros artesanos, especialmente algunas botas de trabajo con piso de goma. Los zapatos eran caros, pero de una calidad y duración muy superior a los actuales. La cubierta era de cuero recio, de forma que aseguraba una larga duración y resistencia. La suela tenía una vida más corta, por lo que era habitual acudir al zapatero para que le echara a los zapatos unas medias suelas y tacones. Este arreglo le daba una segunda vida a los buenos zapatos, quedando como nuevos.



Herramientas del zapatero

En verano las mujeres, especialmente para las labores domésticas, usaban las alpargatas hechas de tela con piso de goma o cáñamo que se compraban en las tiendas del pueblo. Las madreñas fueron usadas más recientemente, pero eran poco cómodas para bajar las escaleras y para trabajar, usadas para no mojar las zapatillas en días de lluvia, metiendo los pies en las madreñas con las zapatillas puestas.



Zuecos o "chancas" y madreñas

El zapatero era un oficio que no podía faltar en ningún pueblo, ya que como he dicho era imprescindible echar medias suelas y tacones a los zapatos, incluso unas punteras nuevas o hacer botas de encargo. Muchos recordaremos a Modesto en su taller en la Torre, sentado cerca de la ventana para aprovechar la luz del día, con su mandil de cuero, encerando y pasando por pez los hilos de cáñamo para coser las suelas con ayuda de la lezna o “subela”, cortando el grueso cuero con una larga cuchilla o martillando con el martillo de zapatero para remachar algún clavo del tacón con el zapato metido en el yunque o pie de hierro.

3 - Carpintero

Otro oficio fundamental en el mundo rural era el de carpintero. Aunque ya en los años cincuenta tenían taller en su propia casa, en épocas anteriores el trabajo se hacía en casa del cliente. Cuando se precisaba hacer una puerta, ventana, arca, artesa, mesa, cama, armario, chinero, pisar el suelo, arreglar el carro, arado, u otro trabajo de carpintería, el carpintero iba a casa y allí trabajaba durante los días precisos hasta terminar la faena, comiendo con la familia, lo que se llamaba trabajar “a mantidas”, y pagándole al final según lo ajustado previamente o por los días que durara la faena. Estos muebles eran en general de factura muy sencilla pero de solidez contrastada. Duraban toda una vida y aun se recibían en herencia por los descendientes. Antes de la llegada del carpintero había otro profesional que también era llamado, el serrador, que iba a la finca del cliente donde hubiera los árboles convenientes, en general la madera empleada era de castaño o roble, elegía el más adecuado, lo cortaba y serraba en función de la pieza que se necesitaba, dejando las tablas o tablones listos para el trabajo del carpintero, después del oportuno secado.


Taller de carpintería

En el alpendre o alguna cuadra el carpintero instalaba el carro de la casa de la forma más adecuada para usarlo como banco de trabajo, para cortar las tablas, cepillarlas y adecuarlas al mueble a construir. En los últimos tiempos ya se compraba en la serrería la madera de pino para pisar el suelo, viniendo en este caso machihembrada para encajarla y conseguir un mejor acabado y ajuste. También el carpintero se fue asentando con un taller en su propia casa donde fabricaba ya algunos muebles más elaborados, ataúdes y otros elementos de madera. Muchos recordamos a la familia de los Ratos que ejercieron esta actividad en el pueblo durante muchos años, cepillando largos listones de madera en su banco de trabajo con aquellos largos cepillos que despedían virutas ensortijadas que tapizaban el suelo, generando un agradable olor característico difícil de olvidar. No puedo pasar por alto aquellos otros trabajos más delicados ejecutados con los formones golpeados hábilmente con los mazos de madera para conseguir unos adornos que añadían belleza a la simple utilidad. Los serruchos, martillos y clavos, junto con el metro plegable y el lápiz sujeto en la oreja del carpintero completan mis recuerdos tan presentes del taller de carpintería. Este oficio siempre me resultó muy atractivo en mi etapa infantil, de forma que cuando me preguntaban que quería ser de mayor, siempre contestaba que carpintero.



Herramientas de Carpintero

Similar a los carpinteros, aunque su trabajo era menos frecuente y más especializado, eran los constructores de carros, que también hacían su trabajo en casa de los clientes. El proceso también partía del corte de los árboles y su serrado según las necesidades de la pieza a construir, para terminar con su elaboración completa después del oportuno secado de la madera. La construcción era totalmente manual y con unas herramientas muy elementales y limitadas a pesar de la evidente dificultad que tenían ciertas piezas del carro. Serruchos, trenchas, azuelas y mazos eran las herramientas más comunes. No dejo de maravillarme de la perfección conseguida en la construcción de las ruedas de nuestros tradicionales carros gallegos con tan escasos medios. Las tres piezas de madera que las componen son de un volumen y forma ciertamente complejos y que deben encajar a la perfección, ejecutadas totalmente a ojo sin más ayuda que un compás para fijar su circunferencia, un metro y las pocas sencillas herramientas manuales indicadas. Las ruedas se remataban con el fleje de hierro como cubierta de rodadura, fijada con gruesos clavos, para cuyo doblado se necesitaba el concurso de varios hombres. A medida que pasaban los años y las herramientas también se perfeccionaban y eran de más difícil transporte, todos estos oficios se fueron asentando en sus respectivos talleres realizando el trabajo en ellos por encargo del cliente, perdiendo su carácter domiciliario o ambulante.


Ruedas de carro gallego



4 - Herrero


 
Herrero trabajando en el yunque con el hierro al rojo


El herrero tenía su propio taller, la fragua, a donde se acudía a reparar los aperos de labranza, como por ejemplo calzar las rejas de los arados o azadas muy desgastadas por el uso, reparar hachas, hacer unas bisagras, y otros de similar naturaleza. Allí se acostumbraba a ir para el arreglo de aperos no urgentes aprovechando los días de lluvia que no permitían el trabajo al aire libre. Era la fragua un lugar de reunión a donde los parroquianos acudían para sus reparaciones, esperando su turno en animada charla, amenizada por los golpes del mazo en el yunque y el periódico soplido del fuelle en las brasas de carbón. Sacaba el herrero de los carbones ardiendo, sujeto con su larga tenaza, el hierro candente brillante como un sol para su trabajo en el yunque. Allí iba golpeando el hierro por un lado y por el otro hasta darle el espesor deseado, doblándolo sobre el pico del yunque hasta lograr la forma adecuada. Una vez conseguida la pieza, después de domar el duro hierro, terminaba el proceso con el templado introduciéndolo en el agua, acción que producía un característico silbido por el contacto del hierro candente con el agua. También aquí se reciclaba, aprovechando cualquier hierro viejo para ser usado en la reparación de otra herramienta, previo trabajo de adaptación en el yunque. Yo recuerdo a nuestro herrero Ervigio, con su mandil de cuero, golpeando rítmicamente el hierro al rojo sobre el yunque en la fragua que tenía al lado de la actual casa social en la Torre, toda ennegrecida por el humo y el polvo del carbón. Creo recordar que también el herrero herraba las caballerías e incluso las vacas, si bien en Faramontaos había un herrero más especializado en esta labor.


Tradicional fragua

5 - Cantero


Otro oficio también tradicional en nuestra tierra era el de cantero. Durante siglos el único material empleado en la construcción en Galicia fue el granito adecuadamente trabajado. La solidez de las casas queda evidenciada por su duración durante siglos, de forma que, incluso las que han resultado abandonadas por los emigrantes y han terminado en ruina, conservan sus paredes intactas una vez caída la techumbre. Los canteros eran los verdaderos arquitectos de épocas pasadas, con una eficacia acreditada por la evidente solidez de sus construcciones. Para ampliar una casa de piedra, o elevarle una planta, se precisaban los canteros para trabajar la piedra y construir las paredes. También ellos iban a un lugar donde hubiera grandes rocas graníticas, las cortaban usando cuñas, labrando luego los bloques o perpiaños que, después convenientemente colocados, formarían las paredes de la construcción. Para acarrear las piedras se pedía ayuda a los vecinos que acudían con sus carros un día determinado, recibiendo, como atención de esa ayuda comunitaria desinteresada, la comida ofrecida por el dueño de la construcción. Además de construir las casas también trabajaban los canteros en la construcción de panteones en el cementerio, los bocales de los pozos, puentes sencillos, fuentes públicas, lavaderos, paredones, cerramientos y cualquier otra construcción de piedra tan generalizadas en nuestra tierra. Además del trabajo de la piedra para producir las piezas perfectamente escuadradas, también manifestaban sus habilidades artísticas en el esculpido de cruceros, petos de ánimas y decoración de los panteones, ejecutando sencillas pero hermosas esculturas. El último cantero que yo conocí fue el amigo Joaquín de Requeixo que construyó un sencillo cruceiro que todavía luce en nuestra casa. Me cuenta mi madre que el padre de Joaquín también fue cantero, llamado Jerónimo, siendo él el que hizo el puente de la Ponte, al lado de los molinos de Amador, allá por 1940 más o menos. Antes de esa fecha los carros tenían que pasar el río atravesándolo sobre el agua, habiendo unas piedras salientes para el paso de las personas, lo cual no siempre era posible en épocas de crecidas.


Cruceiro tallado por Joaquín de Requeixo

6 - Albañil

El oficio de albañil cuando yo era niño era poco demandado y casi inexistente. Las casas, construidas por los canteros y carpinteros, no tenían cuartos de baño ni cocinas, por lo que el albañil no era una profesión que pudiéramos considerar tradicional. Solo a raíz de la llegada de las primeras cocinas económicas de hierro empezó a necesitarse su trabajo para construir las chimeneas y fregaderos. Pronto vinieron luego los primeros cuartos de baño y a continuación las modernas cocinas, los tabiques interiores de las casas y otros muchos trabajos, hasta el punto de convertirlos en los profesionales más solicitados. Otro tanto puede decirse de los electricistas, cuya profesión comenzó en nuestros pueblos con la llegada de la luz eléctrica allá por mediados de los años cincuenta.

7 - Cestero

 
Cestas de flejes de castaño

Otros artesanos que también trabajaban en casa por encargo eran los cesteros. Los cestos de distintos tamaños eran esenciales en la vida del campo, para transportar las patatas, castañas, hortalizas, las uvas de la vendimia, y otros múltiples usos. De hecho eran los únicos recipientes disponibles si excluimos las calderas y tinajas de chapa metálica pensados para otros usos. El cestero pasaba de tiempo en tiempo por el pueblo, aprovechando la oportunidad los vecinos para fabricar o reparar los cestos que precisaran. El proceso comenzaba con el corte del árbol, hacían luego las tiras de madera, para terminar entrelazándolas para rematar el cesto. En otros casos se limitaban a rehacer solo la base del mismo si el resto estaba todavía utilizable. También en estos casos trabajaban “a mantidas”. Los cestos y cestas que hacían estos artesanos eran de láminas de madera que sacaban de los brotes de castaño, previamente remojados y luego cocidos o calentados al fuego para aumentar su flexibilidad, siguiendo las nervaduras de la madera. El corte del árbol debía hacerse de diciembre a marzo, cuando el árbol está durmiente y la sabia parada. Los flejes que así se obtenían de cada tallo, se alisaban con una herramienta que era una especie de gran cuchilla con un mango a cada lado. A continuación se comenzaba el entrelazado de los flejes empezando por la base del cesto para luego irlo enlazando lateralmente hasta rematar en un aro que dejaba el espacio para las asas. Con el mismo material y técnica también se hacían cestas de distintos tamaños que remataban en un asa central. Lo habitual era utilizar la madera de castaño, pero también se podía usar la madera de roble o de avellano.


Cesto de flejes de castaño

Además de los anteriores cestos de flejes de castaño, resistentes y de larga duración, también se hacían cestas y canastos de mimbre, más ligeros y baratos, pero también de uso más delicado. Los artesanos que confeccionaban estas cestas solían ser familias de gitanos que ocasionalmente pasaban por el pueblo. Se cortaban los mimbres y a continuación los cocían para facilitar el pelado y aumentar su flexibilidad. Luego ya estaban disponibles para su tejido, trabajo que hacía con destreza y mucho más rápido que el requerido para los cestos de castaño. Se pagaba el precio acordado, que a veces era en especie.

8 - Colchonero

 
Colchoneros vareando y haciendo colchón

También el colchonero era otro oficio ambulante que se llamaba para hacer los colchones cuando aun no eran conocidos los modernos colchones de muelles o de espuma sintética. Había tres tipos de colchones, de lana, de crines, además del más primitivo de hojas de maíz. Los de lana debían deshacerse anualmente, sacando la lana, lavándola, vareándola luego para esponjarla, y finalmente confeccionar de nuevo el colchón. Una vez limpia y esponjada la lana, se introducía en la funda, cosiendo a continuación los bordes para darle la forma adecuada, además de otras puntadas en su superficie para evitar que la lana se desplazara del centro a los bordes. También la crin se lavaba y se rellenaba de nuevo la funda. Estos eran más duros y a veces picaban las crines, aunque eran muy apreciados. Hoy en día la crin rizada se vuelve a usar en los colchones de gran lujo, indicando los fabricantes en su publicidad que reúnen unas propiedades excepcionales de confort, además de ser un producto totalmente natural. Los colchones de hojas de maíz eran los más modestos, debiendo renovarle la hoja cada año, ya que con el uso diario se iban rompiendo y triturando acabando muy apelmazados y duros.

9 - Molinero
El molinero era otro de los oficios tradicionales que también hoy ha desaparecido. Esta actividad era más selectiva y empresarial que los otros oficios relatados, ya que requería disponer de una instalación específica que suponía una considerable inversión. Nuestro pueblo, al disponer de río, era un lugar adecuado para la instalación de molinos, lo cual era muy práctico para sus moradores que evitaban largos desplazamientos para hacer la molienda periódica del grano necesario para hacer el pan. En épocas de verano, con escasez de agua en el río, había que desplazarse a Melias, a lo orilla del Miño, para la necesaria molienda. Más recientemente se instaló un molino eléctrico en San Miguel de Campo, mucho más cercano y que evitaba el largo desplazamiento a Melias, quedando libres de la climatología al no depender su funcionamiento de la disponibilidad de agua en el río. Hay que decir que, como toda modernidad, necesitó un tiempo para ser aceptado. Los paisanos seguían prefiriendo la molienda en los tradicionales molinos de piedra.


Muiño do Amador en ruínas

Había en nuestra parroquia seis molinos, a saber, los de Amador en A Ponte, el de las Ciscadas, Zabanas, Cachaboda, Cándida y el de Trinidad do Vila. El molino de Cachaboda, cuando yo era niño, estaba gestionado por la familia de los Ratos, los carpinteros que ya he mencionado anteriormente. Al molino iban las mujeres con el saco de grano a la cabeza o cargado en el burro, generalmente al anochecer cuando se terminaba el trabajo del campo. Normalmente había que hacer largas esperas ya que antes habían llegado otros y la molienda era un trabajo lento. Esta espera era un punto de encuentro de la juventud, adonde acudían los mozos para, entre chistes y bromas, pasar un buen rato con las chicas y amenizar ese tiempo muerto, es lo que se llamaba una “muiñada”. La espera a veces se prolongaba incluso por la noche, lo que hacía más atractiva la juerga. En estas reuniones también se cantaba y bailaba, acompañando la música con algún elemento de percusión como puede ser una simple pandereta o unas conchas, por ejemplo. Parece ser que el origen del nombre de la muñeira, nuestro baile regional, proviene de esos bailes en los molinos, derivado del la palabra “muiñeira”, la molinera.

Son muchas las coplas o poesías populares relativas a los molinos, algunas no exentas de picaresca, como por ejemplo:

Unha noite no muíño
unha noite non é nada
unha semaniña enteira
esa sí é muiñada.

O muiño do teu pai
eu ben lle sei o tempero:
cando está alto, baixalo
cando está baixo, erguelo.

Dios cho page churrusqueira
téñocho que agradecer
cando vou ó teu muíño
sempre me deixas moer.

Fun esta noite o muiño
nin moín nin muiñei;
perdín a trenza do pelo
iso foi o que gañei.


Aspecto que tendrían nuestros molinoscuando estaban operativos

Y esta outra:

Eu non sei, eu non sei,
eu non sei que pasou no muíño
eu non sei que debeu de pasar...

Moendo moe que moe
moendo unha muiñada,
moendo moe que moe
unha mañán de xiada...

También los refranes y dichos populares referidos a los molinos son muy comunes, quedando la desconfianza en la honestidad del molinero evidenciada en el conocido:

Mudarás de muiñeiro, pero non de ladrón.

No voy a entrar en el detalle del funcionamiento de los molinos, simplemente apuntar que tenían dos tipos de piedra según el grano a moler. La albeira era para el trigo y centeno y la negreira era para moler el maíz. Los molinos podían tener uno o más rodicios, que eran los ejes accionados por la fuerza del agua que movían las ruedas de piedra para moler. Los molino de Amador, en la Ponte, realmente eran dos, estando cada uno destinado a una molienda determinada de centeno o maíz. También decir que periódicamente había que picar las piedras, ya que una vez desgastadas del roce perdían el efecto de moler. Se procuraba evitar moler después de recién picada la piedra, ya que esa primera molienda arrastraba partículas minúsculas de arenilla de la piedra picada que se mezclaba con la harina. A los molinos de Armariz también venían a moler desde Espartedo, Santa Cruz y Rubiacós, sobre todo a los molinos de Amador.



Puente de A Ponte sobre el río Loña construido hacia 1940 por Jerónimo

El río Loña que atraviesa la parroquia es fuente de vida, tanto por las presas que permiten el riego de los prados, como antiguamente por la pesca y como fuerza hidráulica para mover los molinos o incluso serrerías. Por otra parte es una barrera natural que es necesario salvar para acceder a la otra vertiente, lo que ha hecho necesario construir puentes, de los que hay cinco en nuestra parroquia. Hoy en día se han rehecho dos de ellos, el del Postornal y el de la Tregariza, para permitir el paso de modernas carreteras, estando construidos con técnicas y materiales actuales, y lo suficientemente altos como para estar libres de cualquier posible inundación. Los otros tres conservan su hechura desde tiempo inmemorial y son el de Penouciño, el de Cachaboda y finalmente el de A Ponte. Como ya he dicho más arriba, el de A Ponte es el más reciente, ya que fue construido durante la década de 1940.

10 - Carretero

 
Herramientas usadas por los constructores de carros

El transporte de todo tipo de productos o mercancías se hacía por medio de los tradicionales carros tirados por la yunta de vacas. Cuando se iniciaba una nueva construcción se ponía en marcha una ayuda comunitaria espontanea y desinteresada, colaborando todas las familias aportando su carro para ayudar a su vecino, recibiendo como única compensación la comida compartida por todos. Para trabajos más profesionales, como era el transporte de madera vendida a los madereros, ya había profesionales que se dedicaban al carreto, utilizando en estos casos una pareja de bueyes enormes y muy fuertes, o incluso dos yuntas simultáneamente cuando había que subir los carros llenos de madera por cuestas muy empinadas.

 

Tradicional carro gallego

He señalado los oficios más característicos de una época, que hoy, o han desaparecido o han evolucionado de tal forma que poco tienen que ver con el trabajo de entonces. Otros oficios tradicionales ya han sido descritos en anteriores artículos, como es el de afilador, zarralleiro, aguardentero, capador, curandero, panadero, carnicero, matarife, pescadera, con lo que creo quedan enunciados la mayoría de los oficios y su función en la vida rural de una época que podríamos llamar preindustrial en nuestros pueblos.

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