La vida en Armariz en los años 50/3 - Servicios Esenciales

Condiciones de Vida – Suministros Públicos

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EL SUMINISTRO ELECTRICO
 

La llegada de la luz eléctrica al pueblo fue uno de los grandes acontecimientos que yo recuerdo de mi niñez. Bien avanzada la década de los cincuenta, ya hacia 1956, casi al mismo tiempo de la construcción de la primera carretera que llegaba al pueblo, se produjo la instalación de la primera línea eléctrica.
 

Recuerdo que me asombraba cómo los empleados de la empresa eléctrica iban colocando los rectos postes de madera, que me parecían enormes, en el borde de los caminos por los distintos lugares de la parroquia. A continuación les atornillaban unas palometas aislantes de porcelana blanca en la cima, para finalmente hacer el tendido de los cables de un cobre brillante. Esta instalación de la corriente eléctrica para toda la parroquia partía del transformador que se hizo al borde de la carretera cerca de Cardares. 

Finalmente solo quedaba sacar las derivaciones desde los postes hacia cada casa, donde se colocaba el contador de consumo sobre una tabla de madera atornillada a una pared de la vivienda protegida de la lluvia, generalmente en el corredor. De allí partía la instalación para el interior de la casa. La caja de los fusibles o plomos, como se le llamaba en aquella época, era también de porcelana blanca e iba colocada debajo del contador sobre la misma tabla.
Una imagen que quedó marcada en mi memoria de niño fue la de los operarios subiendo a los altos postes con unos trepadores atados a los pies. Estos accesorios tenían forma de media luna, con unos pinchos hacia el interior que les permitían engancharse en los postes e ir trepando por ellos hasta la cima. Como medida de seguridad los operarios iban atados a una especie de cincha ancha o arnés que llevaban en la cintura y rodeaba el poste, evitando caídas accidentales.
 

La instalación interior se hacía a la vista con cables negros recubiertos de goma y de una especie de tejido de algodón. Los dos hilos iban trenzados, lo que permitía su sujeción a unas palomillas de porcelana pequeñas, que se calvaban en los techos de madera y las paredes, para terminar invariablemente en un portalámparas y una bombilla al descubierto sin ningún tipo de lámpara decorativa. Los interruptores eran unas llaves negras o blancas redondas con una palometa o lazo que se giraba media vuelta para encender. El voltaje era de 125 voltios y las bombillas eran casi siempre de 25 watios, las de menor consumo. La luz era pobre, pero parecía una maravilla comparada con la que emitía un candil de carburo, o de gas y no digamos un farol de aceite. Curioso resulta hoy en día ver los interruptores en forma de pera que en las habitaciones pendían sobre la cabecera de la cama para apagar o encender la luz una vez acostados. Desconocidas e inalcanzables eran entonces las lamparitas de las mesillas de noche. Durante el día se guardaba el orinal limpio dentro de las mesillas de noche en la puertecita que tenían a tal efecto.
 

La llegada de la luz supuso también la aparición en el pueblo de los primeros aparatos de radio. La radio iba acompañada de un aparatito que se le colocaba encima o a un lado y al que estaba conectado. Era el llamado voltímetro, aunque su función era estabilizar la corriente, que en aquella época debía tener grandes oscilaciones de potencia. Qué maravilla pasar por la calle y escuchar las canciones populares de la época, de Antonio Machín o de Pepe Blanco junto a Carmen Morell, Juanito Valderrama, Antonio Molina y tantos otros. Las canciones dedicadas eran lo habitual. Mediante el pago de un importe determinado a la emisora de radio, el locutor leía las dedicatorias que los oyentes ofrecían a sus familiares o novias en su cumpleaños u otros acontecimientos similares. Después de una lista interminable de dedicatorias finalmente sonaba la canción esperada. Como no recordar la magia de esos primeros avances que nos acercaban a casa la música, antes imposible de disfrutar, noticias, novelas y pasatiempos. Hay que recordar que hasta la llegada de la radio, la única música que se escuchaba en los pueblos era la de la banda de música en las fiestas patronales y el acordeón del baile de los domingos.
 

La consecuencia negativa del incuestionable avance que supuso la llegada de la radio fue que se redujeron las charlas en la cocina alrededor del fuego, los relatos y reuniones de amigos y otras tradiciones seculares. No fue más que el preludio de la desaparición definitiva de la comunicación familiar que se concretó con la llegada de la televisión unos quince años más tarde. Recuerdo los cuidados que se le prestaba al aparato, al que se le hacía una repisa en la pared para que luciera bien y proyectara su sonido con libertad por toda la casa e incluso al exterior. La mano femenina siempre deseosa de lucir sus habilidades, enseguida ideó una especie de funda con cortinilla frontal, incluso con bordados de ganchillo, para protegerlo del polvo y de las moscas. Todo esto ocurría cuando en esa misma fecha, 1956, en Madrid comenzaban las emisiones de Televisión Española y en el resto de Europa y Estados Unidos llevaba ya más de veinte años emitiendo.
 

TRABAJOS COMUNITARIOS
 

Antes de construir la primera carretera, las únicas vías de comunicación eran los caminos rurales. Su anchura era variable, solo lo suficientemente anchos como para permitir el paso de un carro tirado por la yunta de vacas, o incluso más estrechos para el paso de personas o animales sueltos en fila india. El transporte de cualquier artículo o mueble no producido en el pueblo debía ser cargado a la cabeza por las mujeres. Me cuenta mi madre que su primer dormitorio cuando se casó, incluido el armario, comprado en Luintra, se trajo hasta el pueblo desmontado y cargado a la cabeza por tres mujeres. Lo mismo se puede decir de una máquina de coser con su pie de hierro, o cualquier otra pieza de mobiliario, que se trasportaba a la cabeza desde Luintra o desde Faramontaos, donde se dejaba el autobús procedente de Orense.
 

El mantenimiento de los caminos rurales era responsabilidad de los propios vecinos. En un clima tan lluvioso como el que se soportaba en aquella época, los caminos se deterioraban por el continuo paso de los carros que originaban baches que dificultaban su tránsito, algún derrumbe de paredes de fincas colindantes consecuencia del agua, y en general el deterioro del firme. También la limpieza y acondicionamiento de todo el sistema de presas usadas para el regadío de los prados o lameiros era una tarea colectiva. El responsable de convocar a los vecinos para esas tareas comunitarias era el alcalde pedáneo quien, haciendo sonar un cuerno para llamar la atención de los vecinos, anunciaba el día y la hora en que debían concurrir para un trabajo concreto. Debía acudir al menos un miembro de cada familia. El mantenimiento y conservación de los caminos era responsabilidad de todos los vecinos en general. Las presas de riego eran responsabilidad de los regantes afectados por cada una. Si se caía una pared de piedra de una finca al camino, era el propietario el responsable de arreglarla. Si esta pared estaba entre dos fincas, el responsable de arreglarla era siempre el que estaba por encima.
 

Cuando ocurría un incendio se tocaban las campanas de la iglesia e inmediatamente acudía todo aquel que estuviera en condiciones de trabajar. En general el fuego se extinguía con rapidez porque se combatía con urgencia. La falta de medios técnicos en aquella época se suplía con muchos brazos voluntarios y rapidez en la acción. Por otra parte existía muy poca maleza en los bosques, lo que ralentizaba la propagación del fuego, en una época en que se aprovechaba cualquier aporte vegetal del monte. Los campos estaban todos cultivados y explotados al máximo. Los muchos animales comían cualquier brote de maleza o espinos. Las vacas, cabras y ovejas limpiaban cualquier brote vegetal comestible. Lo que no comían los animales se aprovecha para cubrir el suelo de las cuadras y producir estiércol. Los arbustos bajos se cortaban para el fuego. En mi memoria no recuerdo que se hubiera producido ningún fuego de la magnitud de los que ahora se dan con relativa frecuencia todos los veranos. Si el incendio era en una casa, también se acudía con gran urgencia y a base de cubos de agua era extinguido con relativa rapidez. Dada la precaria construcción de las casas, donde toda la estructura interior y tejado eran de madera, los daños en estos casos eran considerables.
 

Otro cargo relevante en la parroquia era el de alguacil. Su función era notificar las comunicaciones oficiales a los interesados o al conjunto de la parroquia. Cuando eran avisos generales se clavaban en el pedrairo, el arce situado en el atrio de la iglesia, para que pudieran ser leídos por todos los vecinos al asistir a la misa dominical. Si era una comunicación del juzgado o del ayuntamiento por alguna denuncia o incumplimiento particular, entonces era el alguacil el que hacía la notificación oficial para dar fe de la entrega de la citación.

EL SUMINISTRO DE AGUA CORRIENTE - HIGIENE
 

Hoy en día todas las casas cuentan con lavadora, y ya desde finales de los años noventa, con la llegada del suministro de agua pública a las viviendas, se construyeron o rehabilitaron en la mayoría de los lugares o aldeas de la parroquia lavaderos públicos con agua corriente y tejados para protegerlos de la lluvia. Estos lavaderos van acompañados de una fuente pública, con un estanque al frente que antiguamente se usaba también de abrevadero para el ganado. A pesar de los avances técnicos, todavía hoy muchas mujeres del pueblo gustan de lavar en estos lavaderos, que sin duda consideran una mejora extraordinaria respecto a épocas anteriores. Antes de la construcción o rehabilitación de estos modernos lavaderos públicos recuerdo que existía uno en O Rigueiro, al lado del souto de San Ramón, aunque más sencillo y sin tejadillo protector. Cuando yo era niño recuerdo que las mujeres llevaban a la cabeza una gran tinaja metálica con la ropa sucia para lavar en el río. Los lugares más apropiados, que contaban con piedras graníticas desgastadas por el paso del agua durante siglos, se aprovechaban para lavar directamente en el agua del río, arrodilladas las mujeres en la dura piedra. Ni que decir tiene que el agua, siempre fría, en invierno estaba congelada y las manos se enrojecían por la baja temperatura que tenían que soportar. También era frecuente poner la ropa blanca extendida sobre la hierba para blanquear por el sol, pero si se dejaba de noche y caía una helaba se quedaba tiesa como una tabla, y si se doblaba en eso momento podía fracturarse.
 

La falta de agua corriente también se notaba en las labores domésticas. El agua debía acarrearse desde la fuente en cántaros de barro de forma esférica, llamados “olas”, o las típicas sellas de madera que fueron despareciendo progresivamente sustituidas por las de cerámica. Esta labor la desempeñaban las mujeres portando esos pesados cántaros llenos de agua a la cabeza, en un equilibrio digno de admiración y que entonces parecía la cosa más normal. 

Para facilitar el asentamiento sobre la cabeza, retorcían un trapo dándole después forma circular, para ser la base de descanso del cántaro. Debían de acarrearse diariamente ocho o diez cántaros, ya que se necesitaba el agua para cocinar, lavar los utensilios de cocina, preparar la comida de los cerdos, fregar el suelo, aseo personal y otros usos domésticos. Acarrear agua y leña para el fuego eran labores diarias que se reservaban a los más jóvenes.
La construcción de los pozos individuales en el patio de casa, cuando ello era posible, supuso todo un alivio en el trabajo diario de traer agua de la fuente. Muchas casas contaban con este servicio de importancia capital en la vida diaria. Los pozos eran muy profundos y se remataban en el exterior con un bocal cuadrangular de piedra. En el bocal se empotraba un arco metálico de hierro de donde colgaba la polea o roldana. Una larga cuerda pasaba sobre la rueda de la roldana, colgando en uno de los extremos el cubo metálico atado por su asa, con un trozo de hierro enganchado con un alambre en uno de los extremos del asa, para facilitar su inclinación al llegar al agua y permitir su llenado. Sin este lastre el cubo llegaba al agua y flotaba dificultando el llenado. El sacar el agua del pozo, aunque suponía un pequeño esfuerzo, evitaba el viaje con el cántaro lleno de agua a la cabeza desde la fuente.
 

No había en aquella época cuartos de baño en las casas. Las necesidades fisiológicas se hacían en algún lugar apartado de la finca, o en las cuadras de los animales, y por la noche se usaban los orinales que había que lavar diariamente. Durante el día los orinales se guardaban en las mesillas de noche. Algunas pocas familias contaban con un lugar apartado en el patio de la casa, con una caseta hecha de tablas de madera y un tablón con un agujero para sentarse, que caía sobre una letrina cavada en el suelo. El papel higiénico era desconocido. En su lugar se usaban trozos de papel de periódico cuando se tenía, u hojas grandes de plantas, como las hojas de parra. El papel de periódico se cortaba en pequeños cuadrados y se colgaba en un clavo en la pared del retrete. 

La higiene personal diaria consistía en lavarse la cara y cuello al levantarse con agua fría en una palangana de porcelana blanca o metálica esmaltada, normalmente insertada en un palanganero, rematado en un espejo y acompañado de una jarra grande para el agua. Este lavado matinal despejaba instantáneamente y no se descuidaba en ningún momento, a pesar de la bajísima temperatura tanto de la habitación como del agua. En los fríos inviernos podía ocurrir que el agua de esta jarra estuviera helada por la mañana incluso en el interior de la casa. También se lavaban siempre las manos antes de las comidas y los pies cuando se manchaban por efectos del agua, barro o polvo en las labores agrícolas. El baño del cuerpo entero era más esporádico. En la época que yo recuerdo el baño era semanal, tomado de pie en una tinaja grande, echándose uno el agua con una jarra, calentada previamente en una olla al fuego. Me cuentan que la gente de más edad raramente hacía un baño completo, lavándose parcialmente las distintas partes del cuerpo cuanto era necesario. En épocas más antiguas solo se bañaban de forma completa por el domingo de Pascua, o bien ocasionalmente en el río en verano.
 

No puedo precisar la fecha de la llegada del agua corriente a las casas, ya que por aquel entonces ya no vivía en el pueblo, aunque he podido ir viendo la evolución de los distintos servicios públicos en mis regulares visitas veraniegas. La llegada del agua corriente a través de un sistema público de suministro a cada casa supuso un avance de primer orden. Anteriormente, el agua, tan necesaria como respirar, se traía de la fuente o del pozo con gran esfuerzo. Algunas pocas casas ya tenían agua corriente con anterioridad, cuando contaban con algún manantial cerca de casa y la posibilidad de canalizar a sus expensas su traída hasta la vivienda. Era esta una inversión importante que pocos se podían permitir. La misma maravilla experimentada con la llegad de la luz eléctrica se produjo con la llegada del agua corriente. Fueron hitos fundamentales en el aumento de la calidad de vida de la parroquia. El sencillo acto de accionar un interruptor y encender una bombilla era comparable a abrir un grifo y brotar el agua en el fregadero sin ningún esfuerzo. Para quien ha disfrutado de estos servicios esenciales desde que nació le resultará difícil imaginarse la vida sin luz cuando la necesite o sin agua en la cocina o el baño disponible en todo momento. Sin embargo la humanidad ha vivido sin estas comodidades durante siglos hasta tiempos relativamente recientes.
 

La llegada del agua corriente a las casas no fue simultánea con la instalación del vertido de aguas residuales. En un primer momento el agua solo llegaba al fregadero de la cocina, y normalmente a un grifo en el patio de casa para atender las necesidades del ganado y el lavado de la ropa. Ya se podían lavar los cacharos con mayor comodidad, lavar la ropa en casa o en el lavadero público sin necesidad de ir al río, y todos los demás usos que antes requerían repetidos desplazamientos diarios, como era llevar el ganado para abrevar. Poco a poco ya se fueron construyendo los primeros cuartos de baño, que si bien muy sencillos, ya tenían todos los elementos que conocemos hoy en día. Ya se podía disponer de un lavabo, de una bañera y de un inodoro. Al no haber una red pública de vertido de aguas residuales, estos baños solo se podían hacer en las casas que tuvieran una huerta o patio anejo, donde se pudiera excavar un pozo negro para los vertidos residuales.
 

LAS CASAS DE LA ALDEA
 

Las casas tradicionales de nuestros pueblos constaban de dos plantas. La planta inferior se destinaba a cuadras y bodega. Había cuadra para las vacas, que era generalmente espaciosa, alfombrada con maleza, espinos, helechos, hojas secas y similares. En una pared estaba el pesebre para ponerles la hierba para su comida. Este piso se iba recubriendo con sucesivas capas a medida que los excrementos lo iban ensuciando. La fermentación que se producía en los vegetales del suelo por efecto de los excrementos de los animales generaba el estiércol tan necesario para abonar los campos. La labor de abonar o estercolar las fincas era un trabajo pesado, sucio y desagradable, pero que inevitablemente debía hacerse a su debido tiempo. En una tierra tan pobre como la nuestra era absolutamente necesario. Diariamente debían ordeñarse las vacas, excepto en la época de cría de los terneros en que se reservaba la leche para ellos. Las vacas se cuidaban con gran cariño. Eran fuerza de trabajo para todas las labores agrícolas y un activo importante en el patrimonio familiar. Los cerdos tenían una pocilga separada, en la que había un comedero de piedra o “maseira”, que era una especie de abrevadero donde se le echaba la comida previamente cocida en la cocina. Los cerdos raramente salían de su cuadra en la época de cebo, consistiendo su vida en comer y engordar.
 

El gallinero era otra instalación imprescindible en la vida rural, situada en el exterior de la casa, debajo del hueco de la escalera que subía a la planta superior, o en el patio, cerrado con una red metálica. Consistía en una caseta elevada del suelo con una pequeña puerta de entrada y con unos palos horizontales donde descansaban las gallinas. Esta caseta se unía al suelo por una pequeña rampa que era una simple tabla para permitir a las gallinas bajar al suelo. Esta puertecita del gallinero se cerraba cada noche al atardecer, cuando ya se habían recogido las gallinas y se abría por la mañana al levantarse. Normalmente había un espacio anejo a este gallinero, cerrado con una red metálica, donde las gallinas andaban al aire libre y donde se le echaba la comida consistente en granos de maíz o harina amasada con agua o restos de comida y verduras. Si la casa contaba con un patio cerrado, las gallinas salían a dicho patio para caminar y picotear en el suelo por todas partes. Si la casa no tenía patio, las gallinas salían a pasear y picotear por los caminos libremente. El gran peligro de las gallinas eran los zorros.

Ocasionalmente acudía de noche algún zorro causando gran alboroto en el gallinero. Si lograba entrar organizaba una auténtica matanza dándose un gran festín. En la época que yo recuerdo, cuando alguien conseguía cazar un zorro, recorría luego la parroquia con la presa colgada en un palo por las patas atadas, recibiendo donativos de todos los vecinos como premio por haberlos salvado de la amenaza. Este mismo ritual se seguía cuando la alimaña cazada era un lobo, que también hacía estragos con las ovejas. Mi tío Severino, un gran cazador, consiguió dar muerte a un gran lobo, apareciendo incluso la noticia en el diario La Región de Orense.
 

Las gallinas comían todo tipo de restos y desperdicios, además de gusanos e insectos. Proporcionaban huevos y carne. Diariamente se recogían los huevos, fuente importante de proteínas, pero siempre escasos en épocas de penurias como las que se vivieron en la posguerra. Las gallinas eran alimento reconstituyente después de cualquier enfermedad. Se comían en este caso cocidas para hacer el milagroso caldo que devolvía la salud a los enfermos y convalecientes. Para celebraciones más señaladas se comía el pollo guisado o con arroz, estilo paella. El aroma y sabor que yo recuerdo de esa época no he podido igualarlo con ninguno de los manjares que he tenido oportunidad de probar a lo largo de mi vida. Aquellos sí que eran pollos ecológicos, y no lo que hoy nos venden como tal.
 

Otro animal doméstico usado como alimento eran los conejos, aunque cuando yo era niño no era muy común criarlos en cautividad. Más bien se comían los procedentes de la caza que en aquella época eran relativamente abundantes. En años más recientes sí se fue extendiendo su cría en conejeras. Eran éstas unas grandes jaulas con el frente hecho de red metálica. Era preciso tener varias separadas para que no se mezclaran todos los conejos, creo que por necesidades de convivencia, para evitar peleas entre ellos.
 

La planta superior de las casas tenía el suelo de madera, generalmente de pino, que aislaba la parte habitable de las cuadras. Es bien sabido que se accedía a la planta superior por una escalera exterior, que frecuentemente terminaba en un corredor, desde el cual se accedía al interior de las casas. El corredor tenía un barandilla de madera, hierro o piedra y más recientemente prefabricados de cemento. Este corredor también tenía un uso agrícola para secar algunos productos, como mazorcas de maíz, alubias o garbanzos.
 

El interior de la casa tenía invariablemente una pieza grande donde se ubicaba la cocina, centro de la vida familiar e incluso social de la familia. En los fríos inviernos era la única pieza caliente de la casa. Las puertas eran viejas, las tablas se iban desgastando y pudriendo en la base por el agua y la humedad, e incluso tenían un agujero para la entrada del gato y también del frío. En aquella época no mucha gente tenía perro, pero creo que en todas las casas había un gato. El gato no era un animal de compañía ocioso sino que tenía el importante trabajo de proteger a la casa de los roedores. Los ratones estaban siempre al acecho para comer los distintos productos de la cosecha. Patatas, maíz, cereales, e incluso los productos de la matanza eran objetivos de sus apetencias. El gato y su instinto depredador eran un gran aliado para mantenerlos a raya. Encima de la planta superior y debajo del tejado estaba el desván o fayado, donde se guardaban cachivaches viejos y en algunas ocasiones algún producto agrícola. Hasta allí accedían los ratones por rendijas entre las tejas y por las noches se oían las carreras del gato persiguiendo a los ratones sobre el techo de madera.
 

Ya he dicho que el suelo era también de madera, producto muy adecuado para nuestro clima, más cálido que cualquier otro producto disponible entonces. El inconveniente principal era su mantenimiento. La limpieza diaria consistía en escobar el polvo y tierra dejados por el calzado sucio del trabajo en el campo. La escoba que corrientemente se usaba en nuestro pueblo era la escoba de palma. Tenía el mango de caña y la escoba propiamente dicha estaba hecha de tiras de palmera, que estaban tiesas al principio pero tendían a adoptar la curvatura del lado que se usaba, perdiendo entonces parte de su eficacia. Los viejos suelos de madera no tenían ningún tipo de protección, ni barniz, ni pintura. Cualquier líquido que se derramara dejaba una macha inmediata, ya que era absorbido por los poros de la madera. Esto obligaba a fregados periódicos que hacían las mujeres arrodilladas en el suelo con un trapo bajo las rodillas para amortiguar algo el duro suelo. Usaban un tajo de jabón lagarto, un cepillo de raíces y un balde de agua con lejía, rascando hasta que la mancha desaparecía. Para recoger el agua se usaba un trapo viejo o bayeta que se retorcía en el propio cubo del agua.
 

Para facilitar el fregado del suelo de rodillas o el lavado de la ropa en el río, también arrodilladas, las mujeres usaban una especie de cajón, consistente en dos tablas de unos 40 cms de largo y unos 15 de ancho, clavadas en ángulo recto por su parte más larga y cerradas por ambos extremos por otros dos trozos triangulares en escuadra. Estos cajones permitían poner algún trapo de mullido en su interior donde se arrodillaban las mujeres, al mismo tiempo que las protegían del agua del río o del suelo evitando que mojaran su ropa.
 

RED DE VERTIDO PÚBLICO
 

La construcción del vertido público fue otro hito en la evolución del pueblo y su adaptación a la modernidad. La evacuación de aguas residuales permitió prescindir de los antiguos pozos negros y la generalización de la construcción de cuartos de baño en todas las casas. En un primer momento el vertido desembocaba en el río y así estuvo durante años, con lo que suponía de agresión medioambiental evidente. Finalmente se construyó una depuradora en O Postornal que permitió un tratamiento de las aguas fecales.
 

Recuerdo que durante muchos años en mis vacaciones en el pueblo me desagradaba ver los bordes de las carreteras llenos de bolsas de basura abandonada. Antiguamente en los pueblos se reciclaba todo. No se tiraba ninguna botella de vidrio, ya que siempre eran escasas y necesarias y todavía no existían recipientes de plástico. Los restos orgánicos o eran alimento para el ganado o se descomponían con el estiércol para abono. Las telas viejas se usaban para remendar. Solo alguna lata metálica de conservas, cuando no se usaba para cortarla y hacer las veces de pletina en la reparación de alguna puerta vieja, se tiraba, oxidándose y degradándose en un tiempo relativamente corto. La llegada de la modernidad trajo consigo los envases de plástico, en sus diversos formatos y composición, imposibles de reciclar de la forma tradicional. Las familias empezaron a generar residuos cada vez más abundantes, a la vez que la ganadería y agricultura iban siendo abandonadas, suprimiéndose así uno de los canales naturales de reciclado de los compuestos orgánicos. Esta evolución, unido a la carencia de un vertedero a donde pudieran llevarse los desperdicios, originó la triste imagen de las bolsas arrojadas desde los coches a las cunetas de las carreteras o a alguna finca al borde de las mismas. 

Aun hubo que esperar bastantes años hasta la incorporación de un servicio de recogida de basuras y su concentración en un vertedero público controlado. Este fue el último servicio público esencial que entró en funcionamiento, con cuya puesta en servicio nos incorporamos definitivamente al carro del progreso.

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