La vida en Armariz en los años 50/1



La vida en Armariz en los años 50/1
Para leer el artículo completo clicar en "Seguir Leyendo" que figura a continuación.


Instalados como estamos en la era digital, rodeados de todo tipo de comodidades accesibles a la inmensa mayoría de la población, inmersos en la cultura de usar y tirar, consumiendo por el simple placer de hacerlo desligado del sentido de necesidad, resulta difícil entender que cuando yo nací, en 1.950, nada de todo eso era accesible a la mayoría de la población española. No había en el pueblo ni carretera, ni luz eléctrica, ni agua corriente, ni médico, por citar solo servicios esenciales que miden el nivel de desarrollo de un lugar. Estas carencias, impensables hoy en día, estaban perfectamente asumidas, acomodándose la población a lo disponible, en un claro ejemplo de adaptación del hombre al medio en el que se desenvuelve. Esta pobreza de medios no mermaba lo más mínimo la dignidad de las personas que los soportaban, ni sus alegrías, ni sus valores éticos y morales. La estrecha convivencia entre sus miembros, manifestada en los muchos trabajos colaborativos y de apoyo mutuo, convertían la aldea en una gran familia con un fuerte sentido de cohesión y protección mutua ante la adversidad.

Camino rural para carros antes de la existencia de carreteras




Camino tradicional de acceso a las fincas

Para quienes hoy lean estos relatos de otro tiempo pasado, aunque no tan lejano, y pudieran pensar que este tipo de vida era imposible y que quienes lo vivimos lo hicimos en condiciones inhumanas, tengo que decirles que mi visión personal en absoluto se ajusta a esa percepción. Es cierto que no había comodidades, ni caprichos, que se pasaba frío en invierno y calor en verano, que hoy suplimos con calefacción y aire acondicionado o baños en la piscina. Quienes soportamos esas carencias también aprendimos que se pueden soportar sin gran sufrimiento, que son temporales, y que con esfuerzo y trabajo se pueden combatir y superar. También sabemos que el organismo simplemente se adaptaba al entorno, y no se deseaba aquello que no existía o se desconocía, por lo que las alegrías de la vida no se veían mermadas en lo más mínimo por ese tipo de carencias materiales. Yo diría que más bien todo lo contrario. Recuerdo gente alegre disfrutando de sus fiestas, de sus comidas compartidas en las siegas, de los bailes dominicales, de las bodas y bautizos, con una intensidad y simplicidad que hoy es difícil identificar en nuestra sociedad saturada de caprichos. La solidaridad y hermandad entre los vecinos era impagable. Nadie se sentía solo y todos apoyaban a sus vecinos en momentos de necesidad o desgracia accidental. Los incendios se apagaban entre los vecinos movilizados todos a una, se arreglaban los caminos cuando procedía también de forma comunitaria, se colaboraba en las labores más pesadas como era acarrear piedra para la construcción de una casa o ampliación de un pajar, por poner solo algunos ejemplos de esa colaboración armónica y total, donde la única compensación a ese trabajo prestado era una comida al final de la faena, ofrecida por el receptor del servicio y compartida alegremente con sus convecinos.
Clásica estampa de las vacas volviendo de pastar en los prados

Hoy en día exigimos del Estado la prestación de unos servicios que cubran las necesidades vitales, considerándolo un derecho. No concebimos una sociedad sin medicina universal, educación gratuita, vivienda e incluso vacaciones y otros servicios sociales complementarios. Entonces nadie esperaba nada de fuera de su entorno, donde el círculo protector de la familia extensa, y del propio pueblo suplía las ayudas públicas actuales, y además había gratitud, concepto que hoy parece olvidado. Todo se considera un derecho y por tanto exento de toda gratitud. No quiero pecar de nostálgico, o al menos, no más de la cuenta. Simplemente quiero señalar que entonces los valores eran otros y que la ausencia de gratitud se ha suplido con altas dosis de envidia, el peor de los pecados capitales, ya que el único placer para el que lo comete es disfrutar del mal ajeno, muestra de un empobrecimiento moral colectivo que dificulta la convivencia en nuestra sociedad.
Tradicionales carros para ser arrastrados por una yunta de vacas


Yo no recuerdo haber visto hambre en el pueblo. Habría familias con más o con menos medios, más o menos numerosas, lo que representaba que la distribución de lo disponible era menos o más abundante. También es cierto que en años anteriores sí hubo hambre, pero no fue un fenómeno exclusivo de nuestra parroquia, ni de Galicia, sino un problema general de una España atravesando una cruel Guerra Civil y unos años de posguerra y bloqueo internacional que castigaron gravemente a la población. En cualquier caso la situación fue mucho más dramática en las ciudades que en los pueblos. Y lo mismo se pasó en mayor o menor medida en los países afectados por la segunda Guerra Mundial en el resto de Europa.

Tradicional estampa del carro con su yunta de vacas
La situación que voy a describir se enmarca en una sociedad rural subdesarrollada al final en los años cincuenta, heredera del lamentable tránsito político y bélico vivido en España durante todo el siglo XIX y la primera mitad del S. XX, plagado de conflictos sociales que concluyeron con una cruel Guerra Civil, claro ejemplo de la sinrazón de unos y otros. Todos estos factores encadenados, unidos a otros complementarios o consecuencia de ellos, supusieron el retraso de un siglo en subirse al carro del progreso, el desarrollo y la modernidad. Todo esto ocurría cuando en Estados Unidos triunfaba Marilyn Monroe, Elvis Presley y el rock and roll,y cuando el frigorífico, la televisión y el automóvil eran ya comunes en la clase media americana. Hacía ya más de veinte años que en Nueva York ya se había construido el Empire State Building y los dirigibles, aviones y transatlánticos ya cruzaban el océano de forma regular transportado viajeros desde mucho antes.

Tradicional estampa del carro cargado a rebosar con hierba
Este atraso que vivió la España de la posguerra, afectó más particularmente a Galicia, que en mi opinión, tiene notas propias derivadas de varios factores de los que voy a citar solo alguno de ellos. La difícil orografía, consecuencia de la barrera natural que representa el Macizo Galaico, hacía muy difícil el acceso y comunicación con Castilla y el resto de la Península, suponiendo un pesado lastre que dificultaba la necesaria vertebración de nuestra comunidad con el resto del Estado. Las dificultades técnicas, tanto por las características orográficas como geológicas del terreno, los limitados medios técnicos disponibles en la época, así como el gran coste de tan faraónicas obras, fue una gran barrera que lastró su desarrollo. Finalmente, la política del Estado tomó conciencia del grave problema de aislamiento sufrido, cuando ya el resto de España había comenzado un rápido desarrollo industrial impulsado por los Planes de Desarrollo, aprobando en 1.971 el plan de accesos a Galicia, que no se terminó hasta bien entrados los años 80. Esta puesta al día de las principales vías de comunicación posibilitó también la implantación y desarrollo industrial, que han hecho que al día de hoy prácticamente se haya recuperado el desfase secular respecto a otras comunidades del Estado. Con la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, es meritorio contemplar lo conseguido en relativamente tan pocos años, partiendo de tan abajo, tanto a nivel económico como del desarrollo de las personas.
 
Tradicional dormitorio de la época
La dispersión de la población en pequeños núcleos también ha sido un gran obstáculo para la prestación de servicios básicos a todos ellos. La negativa relación coste-rendimiento de las necesarias inversiones en infraestructuras, tales como redes eléctricas, telefónicas, suministro de agua y tratamiento de aguas residuales, por citar solo las más esenciales, ralentizó considerablemente su puesta en servicio.
Entrañable imagen de la radio regalo de los hijos emigrados y disfrutada con orgullo

Aunque hoy pudiera parecer una historia de otro continente, hay que recordar que hasta aproximadamente 1.956 no llegó la luz eléctrica a nuestras aldeas, a pesar de que ya entonces había centrales hidroeléctricas en nuestras cuencas fluviales que mandaban la luz a las regiones industriales españolas más desarrolladas. La carencia de luz eléctrica significaba también ausencia de radio, la mayor modernidad de la época y medio de comunicación esencial para la información y el disfrute. Por ese mismo tiempo llegó también la primera carretera, sin asfaltar, a la parroquia.
Autobús de línea entre los pueblos y Orense con asientos en el techo.
Todavía hoy tengo imágenes muy claras en mi memoria de la construcción de la carretera con medios mecánicos de lo más elemental y con mucha fuerza humana, seguramente el recurso más económico en la época. Cuadrillas de hombres y mujeres, algunos de ellos del propio pueblo trabajando a jornal, llevando piedras picadas en carretillos de madera, mientras otros las desmenuzaban con la ayuda de pequeñas mazas y extendiéndolas sobre el firme. Hoy en día dicha construcción no merecería la denominación de carretera, sino más bien de camino rural, pero para nosotros supuso un avance espectacular. La nueva vía permitía ir a pie a otros pueblos para asistir a las ferias u otros motivos sin atravesar caminos encharcados de agua y barro en los meses de invierno o de fuertes lluvias. Al mismo tiempo ya podía llegar a la aldea un camión o un vehículo de turismo para una emergencia.



Cuando el autobús se averiaba o en una pronunciada cuesta había que empujar
Esta carretera, con un firme tan precario, no puede extrañar que pronto estuviera plagada de baches considerables y pedruscos sueltos, que al paso de las ruedas de los coches salían disparadas golpeando fuertemente  sus bajos. Los dueños de los primeros vehículo sufrían estos golpes como en propia carne, dado el mimo con se trataban los coches en aquel momento. En la parroquia fueron los vecinos emigrados los primeros propietarios de coches, que cuando retornaban de vacaciones sufrían estas precarias carreteras. A pesar de todo fue un avance incuestionable.

Imagen parecida al primer camión que hubo en el pueblo
Hay que recordar que un SEAT 600, el coche utilitario por excelencia de los años 60 y 70, costaba 65.000 pesetas en 1.960, cuando un piso de 90 metros cuadrados podía costar unas 150.000 pesetas en una gran ciudad, y el sueldo de un obrero medio era de 1.500 pesetas al mes. Además, la bonanza económica que se vivía en aquellos años disparó la demanda, lo que originó largas listas de espera, de forma que había que esperar varios meses, o incluso un año, para recibir el coche una vez pedido y hecho la oportuna entrega a cuenta. El coche era una conquista extraordinaria para la mayoría de los españoles, por lo que suponía de símbolo de modernidad, estatus social, movilidad autónoma y apertura a una nueva vida llena de oportunidades, vista como imposible solo unos pocos años antes.
El mítico Seat 600. Primer coche para muchos españoles
Pronto hubo un primer camión en la parroquia, que hacía el transporte de mercancías y que permitía acercar a la aldea artículos que de otra forma eran inalcanzables o de difícil acceso. Hasta entonces la carretera más próxima pasaba por Faramontaos, a unos 3 kms. de Armariz. Hasta allí había que ir a pie para coger el coche de línea que nos llevaba a Orense. Aun recuerdo una moza joven gravemente enferma que fue transportada al hospital en dicho camión, sobre un colchón acomodado en la parte trasera. Esta mujer finalmente falleció en el hospital, y este desplazamiento, aunque corto hoy en día, debió de ser infernal y eterno para la enferma entre bandazos y saltos sobre los baches de esa carretera. Esos eran los medios de que se disponía por aquel entonces, donde el concepto de ambulancia era desconocido.

Ilusión por los primeros coches. Indescriptible.
El acceso a la medicina era muy limitado. Había un médico para todo el municipio, el cual sufría las mismas carencias que el resto de vecinos para desplazarse a visitar a los pacientes, sin carreteras y por caminos mal cuidados. Debía usar un caballo como único medio posible de transporte o ir a pie. En las aldeas no se recurría al médico hasta que una enfermedad había mostrado su gravedad, habiendo agotado previamente todo el arsenal de remedios caseros conocidos y no haber conseguido la curación o mejoría. El médico debía pagarse por el enfermo, ya que todavía no existía la medicina universal de la que disfrutamos hoy en día. Era impensable ir al médico por un resfriado, gripe, golpe, esguince o cualquiera de las dolencias habituales. La mayoría se curaban en la propia casa con reposo en cama, friegas y caldo de gallina. En los problemas de huesos se recurría a algún curandero que siempre existía en algún pueblo del entorno. Con estas pequeñas ayudas y la capacidad de recuperación del organismo se superaban la mayoría de ellas. La propia ley de selección natural hacía que solo los más resistentes sobrevivieran, ya que la mortalidad infantil era grande así como las muertes de mujeres por dificultades en el parto.
Sella para acarrear agua para casa


Anteriormente, en los años 30, e incluso bien entrados los 40, no había médico en el municipio, siendo el más cercano el residente en El Pereiro, que acudía a Luintra los días de feria para pasar consulta. Había algunos vecinos que pagaban al médico una cuota o "abinzada" y tenían una especie de cobertura para consultas.

Farol tradicional. La linterna de la época.
Si el acceso al médico era muy limitado, al veterinario era inexistente, ya que no había ninguno ni en el municipio ni en todo el contorno. Cuando una vaca o cerdo enfermaban, igualmente se recurría a la tradición popular para su curación, y cuando esta no surtía efecto, terminaba con la muerte del animal, con lo que ello suponía de pérdida considerable para la subsistencia de la familia. También para las vacas había curandero aunque no precisamente cercano. Recuerdo una ocasión en que mi abuelo, para consultar una vaca enferma, tuvo que desplazarse con el animal a pie más de 25 kilómetros, ya que el entendido en ganado residía en Bustavalle cerca de Maceda. Afortunadamente no recuerdo haber visto nunca ninguna epidemia en el ganado, por lo que los casos de enfermedad y muerte de animales generalizada no ocurrieron nunca en el período de mis recuerdos, o de mis padres. Por otra parte los remedios tradicionales mostraban ser relativamente efectivos en la mayoría de los casos. La mortalidad de los cerdos, sin ser frecuente, ocurría más a menudo, con lo que suponía de pequeña tragedia al privar a la familia de una fuente esencial de su alimentación invernal, después de un año de cuidar al animal para su desarrollo y cebo. Las gallinas también enfermaban, e incluso recuerdo haber oído que hubo una epidemia que diezmó las de toda la parroquia.
Imagen de la vida rural de entonces
La farmacia o botica estaba también en Luintra, la capital del municipio, donde se instaló en los años 40, ya que anteriormente no existía, estando hasta entonces la más próxima en Esgos. Dicho lo anterior, podemos imaginar que su dotación de medicinas y volumen de negocio no sería muy significativo.
Típica foto de Primera Comunión en el huerto de casa.
En las condiciones de precariedad expuestas, podemos suponer que el acceso a otros servicios médicos especializados era muy limitado o inexistente, debiendo acudir a Orense para su obtención. Los servicios de dentista eran los más necesarios para extraer piezas dañadas o infectadas. Las extracciones dentarias en siglos anteriores eran realizadas por otros profesionales no sanitarios, como peluqueros sacamuelas. Ya en los años 50 había un dentista que se desplazaba a Luintra en los días de feria para las extracciones, e incluso para instalar alguna prótesis o puente que supliera el hueco dejado en la boca por una extracción previa. En aquella época estas piezas postizas eran de oro muy reluciente. La anestesia no era conocida para estas prácticas, por lo que la visita al dentista se asociaba con una auténtica tortura sin paliativos. El torno era movido a pedal, y el dolor era vivo y lacerante. En definitiva, una de las peores experiencias que uno tenía que afrontar. En décadas anteriores el dentista más próximo estaba en Maceda u Orense.

Imagen típica de la siega
Cada comarca tiene una población o villa de importancia a la que se acude para los servicios más profesionales o el comercio de los objetos que no son de primera necesidad. En nuestro caso, dada la relativa proximidad de Orense, a solo 17 km. por carretera, y todavía algunos menos por los caminos tradicionales, era a donde se acudía para realizar esas compras o solicitar esos servicios. En Orense se compraban los zapatos, telas para la ropa, se hacían las fotografías de boda o de primera comunión, y cualesquiera otras necesidades que excedieran la limitada oferta cubierta por las tiendas del pueblo. Para ir a Orense, cuando yo era niño, se tenía que ir a pie a Faramontaos para coger el autobús de línea. En épocas algo anteriores se iba andando, y dicen que un hombre a buen paso podía llegar en dos horas. Esta duración del camino encaja con las distancias que aparecen reflejadas en los diccionarios geográficos del S. XIX, donde indicaban que Armariz estaba a dos leguas de Orense.
Típica estampa de los años 50, donde no importaba llevar la misma tela de vestido que la amiga
También en Luintra se situaba la casa cuartel de la guardia civil que daba cobertura a toda la comarca, y no solo a nuestro municipio. Creo recordar que la dotación era de un cabo y tres guardias, ataviados con el tradicional tricornio, capote y el fusil Mauser al hombro. Causaban un gran respeto y periódicamente pasaban por el pueblo en sus rondas por la comarca. Los tiempos eran duros y los métodos policiales también. Recuerdo un caso de robo en una tienda del pueblo, donde un hombre fue detenido como sospechoso y fue sometido a un interrogatorio que podríamos calificar hoy en día de tortura, resultando luego inocente. Afortunadamente el estado de derecho en que vivimos hoy nos protege de esos métodos.
 
Estampa tradicional de Guardia Civil, siempre tan imponentes
En una época donde las únicas vías de comunicación entre poblaciones eran los caminos rurales, a veces encharcados por la lluvia, o impracticables cuando la lluvia era tanta que los convertía en arroyos, la única fuente para aprovisionarse de lo más necesario era la tienda del pueblo. Las tiendas en nuestras aldeas eran el equivalente a un shopping center actual, expresado en términos humorísticos. Era tienda y bar al mismo tiempo y, si se daba el caso, también restaurante. El mostrador hacía de barra del bar, al mismo tiempo que de lugar de despacho de los artículos a la venta. En los años cincuenta, cuando el pueblo rebosaba de gente llegó a haber dos tiendas en Armariz y dos en Requejo.
Estampa de reunión y celebración familiar
En su función de bar, en todas las tiendas había siempre un par de mesas para la partida, que en el frio invierno se trasladaban a la cocina para aprovechar el calor de los fogones como calefacción. La tienda era el lugar donde los hombres tomaban café de puchero y jugaban la partida de cartas, por las tardes después de la comida o al atardecer una vez terminado el trabajo diario. Era frecuente jugarse a las cartas el café y la copa de aguardiente o carajillo. El día de Navidad se jugaba la “rapa”, que eran higos pasos. Las partidas se echaban a la brisca, tute, subastado o escoba, que eran los jugados en el pueblo. Hay que decir que eran pocos los que frecuentaban regularmente el bar. La gente más formal solo acudía al bar en ocasiones especiales. La gama de bebidas disponibles era limitadísima, aguardiente, coñac y anís, como bebidas fuertes para los hombres; gaseosa y sifón mezclados con vino o cerveza, gaseosa con licor café y cerveza, más bien solo para las fiestas y Sansón para todos en general. También se vendía vino de la Ribeira, de mucha mejor calidad que el vino ácido producido en el pueblo. Este vino solo se consumía en la tienda o se compraba para las casas al final de temporada cuando se agotaba el propio, o para mezclarlo con el de casa para alargar su consumo.
Cualquier medio de transporte mecánico se aprovechaba al máximo.
En la tienda se podía comprar vino, gaseosa, cerveza, latas de conservas, de las que solo recuerdo que hubiera de atún, sardinas y pimientos morrones, queso manchego, bacalao salado, sardinas en conserva a granel, arroz, macarrones, fideos, azúcar, sal, pimentón, aceite, vinagre, pan y poco más de productos alimenticios. También había algunos artículos de mercería como hilos, agujas, alfileres, imperdibles, ovillos de lana, gomas elásticas, botones y similares para trabajos de remiendo y repaso de la ropa. Jabón y artículos de afeitado. Artículos de ferretería como clavos, las herramientas más frecuentes para el campo, calderas para el pozo y cuerdas. Las herramientas y accesorios para las vacas se compraban en Maceda u Orense. En Luintra había algo más de ferretería pero no mucho más que en el pueblo de esas cosas más especializadas y de consumo más esporádico. Calzado habitual, como alpargatas, tanto de goma como de esparto y calzado de trabajo, donde la pieza clave eran los zuecos o chancas.
Típico aspecto del bar de un pueblo.
Las chancas eran el calzado habitual de la gente del pueblo, tanto para hombres como para mujeres. Tenía este calzado de suelo de madera y piel de vacuno, ideales para el tipo de clima húmedo y frío de la zona. Las chancas bien engrasadas protegían el pie del agua y la suela de madera aislaba del frío. Para evitar el rápido desgaste de la madera incluso se les ponía una especie de herraduras. Aunque era un calzado de trabajo y para mayores, yo también quise de niño llevar chancas y me cumplieron el capricho. Recuerdo que andaba muy bien en ellas, me hacían más alto y me sentía como los mayores. También había alpargatas con suela de goma o esparto, y poco más. Las madreñas fueron usadas más recientemente, pero eran poco cómodas para bajar las escaleras y para trabajar.


Tradicionales zuecos o chancas.

Concluyo aquí esta introducción o primera parte a la vida en los años 50, que seguiré desarrollando en próximas entregas.

Portada del libro de fotos de Virxilio Vieitez
Mi agradecimiento a Virxilio Vieitez por el testimonio que han dejado sus fotos de una época de Galicia ya superada por la modernidad. La mayoría de las fotos incluidas en este artículo con obras suyas, que aunque no corresponden a nuestro pueblo, reflejan fielmente tanto el ambiente como la tipología personal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario