El Afilador - Ourense "A terra da chispa"


 El Afilador –  Ourense “A terra da chispa”
                2021/02/15

1 - Introducción

La imagen del afilador ambulante gallego empujando su rueda y llegando a los lugares más alejados e insospechados del planeta constituye un auténtico icono de la España del siglo XX. Anunciando su presencia con su peculiar chiflo, ofrecían sus servicios de afilado de utensilios de corte y, complementariamente algunos de ellos, de reparación de paraguas y otros pequeños arreglos de utensilios domésticos en una época donde nada se desechaba y todo se reciclaba. Lo común para todos era el afilado de navajas, cuchillos y tijeras, además de hachas y otros utensilios de labranza que requirieran una puesta a punto.

Rueda de afilar tradicional con la rueda de rodar y el volante motriz concéntricos
 

Para leer la entrada completa clicar en "Seguir leyendo" que figura a continuación.


Ya dediqué a la profesión de afilador un apartado de una entrada anterior de este blog titulada “Emigración estacional o temporal – 1/2”, donde relato el desempeño del trabajo del afilador, además del quincallero y del “cerralleiro”, como las más habituales ejercidas en el entorno de nuestra parroquia. No voy a reiterar lo allí expuesto, por lo que el lector que lo desee puede revisar dicho artículo en el siguiente enlace:

https://lembranzasdearmariz.blogspot.com/2017/06/la-emigracion-estacional-o-temporal.html

El motivo de retomar la figura del afilador es profundizar en su estudio para explicar el hecho de su proyección nacional como imagen de nuestra tierra, hasta el punto de que Orense fue calificada popularmente con el lema “Terra da chispa”, o lo que es lo mismo, tierra de la chispa. Este apelativo familiar hace alusión a las chispas que despiden los utensilios de hierro y acero al ser afilados en el esmeril de la tradicional rueda, y al hecho de ser originarios de esta provincia la casi totalidad de los que inmortalizaron dicha imagen a lo largo y ancho de España, además de difundirla en los más lejanos países.

Escudo municipal de Nogueira de Ramuín


El escudo de nuestro municipio de Nogueira de Ramuín incluye la silueta de la rueda de afilar, junto a las nueve mitras de los santos obispos retirados en el monasterio de San Esteban de Ribas de Sil, además de las ondas blancas y azules representando las aguas de los ríos Miño y Sil que bordean y confluyen en nuestro territorio.

Estos dos hechos singulares, tanto la imagen de la rueda de afilar en nuestro escudo municipal como el lema “tierra de la chispa” referido a Orense, considero que son motivo suficiente para profundizar un poco más en el conocimiento de los afiladores, su origen, evolución, proyección social y su transcendencia en nuestro entorno.

Chapa decorativa con el lema "Terra da Chispa" para instalar en el radiador de los coches.
(De mi colección Particular)

Como anexo 1 incluyo un artículo publicado por el diario “El Pueblo Gallego” de 1 de enero de 1959. El periodista hace una semblanza breve pero acertada de la profesión de afilador, la época de sus desplazamientos temporales, y también el eventual asentamiento que algunos consiguen tras años de esfuerzo y ahorro, como culminación de una realización personal para conseguir la merecida estabilidad. Pero todo ello, a costa del desarraigo, lejos de la familia y del pueblo que los vio nacer y de donde nunca les hubiera gustado tener que salir.


2 - Historia

La profesión de afilador es ciertamente muy antigua, dada la importancia que los utensilios de corte y las armas blancas han tenido en la vida diaria de todos los tiempos desde la lejana Edad de Bronce. Inicialmente, el afilado se hacía deslizando repetidamente el objeto de corte sobre una piedra porosa, fija, que por abrasión o desgaste del metal resaltaba su filo, de forma similar a las “aguzadoiras” (piedras de afilado) que muchos hemos visto en nuestros pueblos y que son utilizadas incluso hoy en día. El invento realmente revolucionario fue la introducción de un eje terminado en una “cigüeña” que, debido a su excentricidad, trasmite un movimiento rotatorio a una rueda abrasiva mediante la presión acompasada sobre un pedal, dejando libres las manos para afilar el objeto de forma más rápida y precisa. Este sistema motriz ha sido el utilizado a lo largo de los siglos hasta la incorporación de la bicicleta, la motocicleta o el motor eléctrico como impulsores de la rotación del esmeril, ya en la segunda mitad del siglo XX.

Reproducción de escultura romana del siglo I A.C. - Arrotino Escita

Piedra de afilar, conocida como "aguzadoira"

Las ruedas de afilar que podemos apreciar en los grabados y cuadros históricos más antiguos, que se remontan a la Alta Edad Media, consisten básicamente en un carretillo que incorpora para el afilado una pesada rueda de piedra de respetables dimensiones, movida por el clásico pedal, el cual por medio de una biela trasmite el movimiento a una excéntrica que hace girar la rueda de afilado. Este mecanismo básico ha permanecido a través de los siglos y con ligeras mejoras ha llegado a nuestros días. Los cuadros “El afilador callejero” atribuido al pintor orensano Antonio de Puga, datado en el año 1650, que se conserva en L’Hermitage de San Petersburgo (Rusia), y “El afilador” de Goya del año 1790, y que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Budapest (Hungría), son representativos de esa época y fiel reflejo de la realidad.

El afilador callejero - Antonio de Puga - ca.1650


El afilador - Francisco de Goya - ca. 1790 - 1808


Las imágenes de las ruedas de afilar que nos muestran los cuadros de distintas épocas nos permiten estudiar la evolución de la rueda de afilar. A la vista del instrumento de trabajo también se puede deducir que la actividad de afilado, en un principio, se ejercía a nivel local, en las ciudades y villas importantes, además de en las ferias comarcales que se celebraban periódicamente. La estructura feudal de la sociedad, el poco desarrollo comercial, la deficiencia y peligrosidad de los caminos, la pesadez del instrumento de afilado, hacen pensar que la itinerancia de la profesión no se inició hasta el siglo XVIII. En mi opinión, es a lo largo del siglo XIX y todo el siglo XX cuando se generaliza este trabajo ambulante, a la par que la propia sociedad se hace más viajera, como consecuencia de la evolución provocada por los efectos de la revolución industrial, la expansión de la economía monetaria y la mejora de las comunicaciones.

Rueda de afilar movida por un manubrio.

Rueda de afilar primitiva movida por un pedal



El origen de la profesión no puede precisarse. Lo que parece claro es que no tiene un origen ni gallego ni español. Hay constancia histórica de que ya en el siglo XIII existía en París un gremio de cuchilleros y afiladores. Lo más probable es que la innovación del mecanismo de la excéntrica, ya comentado, llegara a España a través del Camino de Santiago, como tantos otros descubrimientos procedentes de Francia y Centroeuropa. Tampoco podemos olvidar que en los siglos XVI y XVII, coincidentes con el reinado de la dinastía de los Austrias, la influencia de España y su intervención en los conflictos europeos propició una atracción de artesanos y artistas hacia España, introduciendo nuevos conocimientos en nuestro país.
 
Precisamente Juan José de Aragón, pseudónimo de Dámaso Sangorrín, canónigo-deán de la catedral de Jaca, en su colección de “canciones de jota, antiguas y populares en Aragón”, recoge la siguiente copla del siglo de Oro (S. XVII), en la que ironiza sobre los bajos oficios ejercidos por los emigrados franceses:
 
De la Francia chapucera
vienen los oficios nobles;
unos a amolar tijeras,
otros a capar lechones.

 En mi opinión, queda más que evidenciado el origen francés de las profesiones de afilador y capador, luego ampliamente practicadas por nuestros paisanos.

 
Una de las primeras representaciones del afilador - Siglo XV


En el siglo XIX, debido a los efectos de la revolución industrial y del crecimiento de la población y consiguientemente de las ciudades, se produjo una mayor movilidad de esta profesión. En Italia tuvo una gran difusión en la zona de Stolvizza, provincia de Udine, situada en el noreste de Italia haciendo frontera con Eslovenia. Era ésta una provincia montañosa que en épocas pasadas no producía lo suficiente para alimentar a sus habitantes empujándolos a la ambulancia con las artes del afilado. Ejercieron su oficio ambulante fundamentalmente en los países del imperio Austrohúngaro, aunque llegaron a muchos otros lugares de Europa y América, de forma similar a los gallegos. Hoy en día han erigido un monumento al “arrotino” (afilador en italiano) y han creado un museo para recordar la evolución de la profesión y su aportación a la subsistencia de la población.

En Francia, la profesión de afilador o “rémouleur” (afilador en francés) está documentada desde mucho antes, figurando en numerosos grabados como una profesión popular que se ejercía por las calles de París, y supuestamente de otras ciudades, donde también se conocía al afilador como “un gagne-petit” o un “ganapoco”. Parece ser que los primeros que desarrollaron esta actividad de forma ambulante eran auverneses, (de la región de Auvergne), situada en el Macizo Central, zona montañosa y entonces pobre, común denominador de la cuna de todos los afiladores. La ciudad de Thiers, ubicada en esa región, es reputada como centro mundial de la fabricación de cuchillos con más de un centenar de empresas dedicadas a su producción. Consecuente con la importancia de esa actividad, esta ciudad ha creado un museo de la cuchillería, muy visitado, y existió hasta muy recientemente un centro de formación profesional de afiladores. Ya en el siglo XIX, también partieron muchos afiladores de los Pirineos centrales, y en especial de la región de Comminges, perteneciente históricamente al condado de Gascuña. Los afiladores que salían temporalmente para desempeñar su trabajo de forma ambulante tenían en común el pertenecer a familias numerosas y depender de explotaciones agrícolas pequeñas e insuficientes para alimentar a todos sus miembros.

Études prises dans le bas peuple ou les Cris de Paris - Bouchardon, Edme - 1737-1746

Afilador italianao - Arrotino - L'arti per via - 1660


Existes numerosas publicaciones ilustradas con grabados de las profesiones populares que se ejercían por las calles de las ciudades, o en los mercados y ferias, entre los siglos XVI y XIX. Indefectiblemente siempre aparece la figura del afilador callejero, denominado “rémouleur” o “gagne-petit”, en el caso de Francia, “knife-grinder” en Inglaterra, “Schleifer” o “Scherenschleifer” en Alemania e incluso el “arrotino” en Italia. Todas esas personas que ejercían humildes oficios o venta de productos por las calles se anunciaban con gritos diferenciados para llamar la atención de los clientes. Cada uno con su cantinela o pequeño eslogan peculiar. Esta publicidad individual para estimular la demanda no nos puede extrañar, ya que ha llegado hasta nuestros días. Hasta tiempos muy recientes, en los mercados de alimentos y ferias populares también se trataba de llamar la atención de los clientes y alabar la bondad de los productos a la venta. Este hecho ha servido para que se recopilen todas esas profesiones humildes, callejeras, sin establecimiento fijo, en publicaciones impresas cuyo título hace referencia a ese hecho común, de forma que se suelen titular “los gritos de París, o de Londres, etc.” Como ejemplo se pueden citar varias obras, como los “Cris de Paris”, “The cries of London” “Der Ausruf in Hamburg” o “L’arti per via”, referidos respectivamente a cuatro países europeos considerados de referencia respecto a su importancia en la cultura de la época.

David Teniers the Younger - Le rémouleur - ca. 1640

 

Les Cris de Paris - Gagne-Petit - Bosse, Abraham - Estampes

Siglo XVIII en New England - 1750 - Grabado del artista escocés Walter Geikie



3- Los afiladores en España

Dejando a un lado los datos históricos o las leyendas románticas, que nada aportan al interés de este estudio, concentremos el interés en conocer el desarrollo de la profesión en una zona concreta de Orense con epicentro simbólico en nuestro municipio de Nogueira de Ramuín. En el catastro del Marqués de la Ensenada, donde se registran todo tipo de actividades ejercidas por los residentes hasta el más mínimo detalle, indicando si las ejercen a tiempo completo o temporalmente, no consta ninguna que haga referencia al afilado de objetos de corte. Por el contrario, sí que aparecen como profesiones más extendidas en la zona, complementarias a la puramente agrícola, la de cordelero, así como la de tejedora, además de las habituales de carpintero, zapatero, herrero y sastre, citadas solo a título de ejemplo. Considero que, en base a esta prueba histórica rigurosa, puede afirmarse que hacia mediados del siglo XVIII no se ejercía la profesión de afilador por nuestros paisanos, al menos temporalmente y de forma ambulante. Esto no excluye que pudiera haber casos particulares de emigrados a grandes ciudades que pudieran desarrollarla de forma continuada, pero fuera de su zona de origen, como cualquier otra actividad de las posibles en la época.

Modelo de las primeras ruedas producidas en Liñares

Rueda primitiva transportada al hombro


Hacia mediados del siglo XIX aparece editado el libro costumbrista “Los españoles pintados por sí mismos”, donde diferentes y renombrados autores del romanticismo español describen arquetipos de personajes de la vida cotidiana del país, alcanzando casi el centenar de figuras. Entre los tipos tratados encontramos el segador gallego y el gaitero gallego, pero no hay ninguna referencia al afilador. De lo anterior cabe inferir que todavía no era una figura que fuera considerada como merecedora de atención, si es que ya existía. En cambio, en Francia sí que ya aparecía reiteradamente como una actividad callejera, donde en “Études prises dans le bas peuple ou Les cris de Paris” de 1742 de Bouchardon, la figura del afilador era una de las típicas estampas populares, tanto en el siglo XVIII como en el XIX.

La verdadera historia de la rueda de afilar y la profesión de afilador ambulante en nuestra tierra queda bastante definida por la aportación que la prensa ha recogido en diversos artículos y que explican con precisión su desarrollo. Las entrevistas en los diarios gallegos a personas que han recibido de forma oral la actividad familiar de sus antepasados, remontándose a mediados del siglo XIX, nos ofrecen un detalle bastante preciso de la actividad del afilado en nuestra comarca. Estos testimonios, acreditados por personas concretas, sitúan el origen de la rueda de afilar gallega en la aldea de Liñares, de la parroquia de San Martín de Nogueira, en nuestro municipio de Nogueira de Ramuín. Los tres últimos fabricantes de ruedas tienen un nexo común con origen en la referida aldea de Liñares.

El último artesano vivo, Manuel Rodríguez de Vilouriz, y Celia, la nieta de Emilio Pato de Orense contaron el origen y desarrollo de la actividad de sus antepasados en entrevistas con los autores de obras dedicadas al estudio de la profesión, como por ejemplo en los libros “O Afiador”, de Antón Fidalgo Santamariña y “A tribo sabe. Os vellos oficios II” de Xosé Vázquez Pintor.

James Crawford Thom - The-knife-grinder- 1835-1898

 Old Beilby, the Knife-Grinder - Joseph Walton (active 1855–1885)

Robert McGregor - The Knife Grinder - Largo - Fife - Scotland - 1878 - Dundee


Coinciden todos estos artesanos carpinteros en su relato. Hacia 1860 llegó al taller de carpintería de Juan Rodríguez de Liñares un afilador extranjero solicitando sus servicios para reparar una vieja rueda de afilar. No hay consenso acerca de la nacionalidad de este aventurero que llegó a tan apartado lugar. Se le ha identificado como inglés, francés o incluso italiano. En mi opinión lo más probable es que fuera francés y que entrara por la ruta del Camino de Santiago, aunque también pudiera ser inglés que recalara en La Coruña por vía marítima e iniciara su andadura hacia la capital del reino. El detalle del origen de ese primer afilador que apareció por nuestras tierras parece imposible de resolver, pero es irrelevante para la historia que siguió y su desarrollo posterior.

El carpintero de Liñares, Juan Rodríguez, indudablemente dotado de una inteligencia destacada y una curiosidad casi científica, además de visión empresarial digna de mayores empresas, no se limitó a reparar el extraño artilugio, sino que tomó las medidas y detalles del mismo, de forma que pudiera reproducirlo posteriormente. Este hecho pone en evidencia que anteriormente no se había visto ningún artefacto parecido en la comarca, ni posiblemente tampoco en la cercana Orense. Este momento, que podríamos calificar de histórico por la trascendencia que tuvo, ocurrió en la segunda mitad del siglo XIX, sin poder precisar el año, aunque se estima que pudo ser entre 1865 y 1870. Es a partir de esta época cuando se empezaron a producir las primeras y más primitivas ruedas de afilar. Lo más probable es que iniciaran su trabajo en la feria de Luintra y otras de la comarca. A la vista de su eficacia y el rendimiento económico producido para el afilador, extenderían progresivamente su radio de acción a Orense y otras villas y lugares del entorno, manejadas inicialmente por personas muy próximas a los propios carpinteros fabricantes. El origen de la gran mayoría de los afiladores se sitúa en los municipios de Nogueira de Ramuín, Pereiro de Aguiar, Esgos, Paderne de Allariz, Xunqueira de Espadañedo, Castro Caldelas y San Xoán de Río. Se puede apreciar una dispersión geográfica, que con origen en Nogueira de Ramuín, se expandió por el eje que marca la carretera de Orense a Ponferrada, posiblemente la primera ruta de salida hacia tierras de León, Asturias y Castilla.

Cris de Paris - Estampes - Vernet, Carle - 1815

Ausruff-Bilder 058 - Collection Gugelmann - GS-GUGE-HERRLIBERGER


Una vez iniciada la producción de ruedas de afilar, y a la vista de que el ejercicio de la profesión de afilador permitía complementar los pobres ingresos de la agricultura, se produjo la situación ideal para su desarrollo acelerado en nuestra provincia. En aquella época concurrían una serie de factores comunes a todas las zonas en las que se ha desarrollado esa actividad en otros países: zonas montañosas, explotaciones pequeñas y con escasa producción y familias numerosas que no podían alimentar a todos sus miembros. Por añadidura, en la década de 1850-1860 las malas cosechas por exceso de lluvias, la peste del Oidium que acabó con la casi totalidad de los viñedos, y la epidemia del cólera morbo, dieron lugar a los conocidos como años del hambre que generaron situaciones ciertamente dramáticas.

Otro factor que explica la rápida expansión de esta profesión ambulante es que nuestra tierra contaba con una cierta tradición previa de movilidad poblacional. La emigración a América, Andalucía o Madrid ya había seguido un proceso que, si bien no era masivo tampoco podíamos calificarlo de excepcional. La emigración temporal que anualmente llevaba a los segadores de los municipios de la comarca a la siega en la meseta castellana seguramente también influyó para que el lanzarse al mundo exterior no fuera algo tan aventurado. Por otra parte, muchos vieron la posibilidad de ganarse la vida de forma menos penosa y más dilatada en el tiempo que con la propia siega, contando con la ventaja de haber conocido previamente esos lejanos lugares.

Afilador ambulante - Rémouleur con su campana para anunciarse

Arrotino - Afilador callejero en Napoles


La rueda que inicialmente se fabricaba era muy elemental y no especialmente ligera. Se transportaba al hombro del afilador, bien directamente o por medio de un palo al hombro sobre el que pendía el armazón. No se tiene constancia de que usaran unas correas para portarla a la espalda como una mochila, como sí aparece en grabados extranjeros. La itinerancia con la rueda en esas condiciones era, sin duda, bastante penosa. Esas ruedas de afilar tenían su eje en el centro de la estructura de madera sobre la que giraba la gran rueda motriz o volante impulsado por el pedal, que trasmitía el movimiento por una correa al eje donde estaban los esmeriles o “rebolos”. La experiencia y observación de los inconvenientes indicados por los propios afiladores llevaron al maestro carpintero, demostrando un indudable espíritu innovador, a introducir mejoras que se fueron sucediendo a lo largo del tiempo. El resultado final del proceso evolutivo de aquella primitiva rueda de afilar, rústica y pesada, es lo que acabó siendo la típica y esbelta rueda de afilar gallega que se ha universalizado como símbolo de la profesión en España.

Las innovaciones que hicieron de la rueda de afilar gallega una singular y eficaz herramienta de trabajo comenzaron con el empleo de la madera de nogal en su estructura. El conocimiento de las maderas de la zona llevó a los constructores a la conclusión de que la mejor madera para la elaboración de la estructura era la de nogal, muy dura, ligera y resistente a las fluctuaciones atmosféricas. Las muelas de afilar posiblemente se hicieran con las piedras del lugar recogidas en la cercana sierra Corveira, sobre cuyas laderas se asienta la aldea de nuestro relato.

La siguiente gran innovación fue desplazar hacia adelante el eje de la gran rueda motriz que se mueve con el pedal, sacando el eje del centro del armazón para hacerlo reposar en los barrotes frontales de la estructura. Esta importante innovación debió producirse hacia final del siglo XIX (1890-1900), permitiendo que esa misma rueda motriz, debidamente herrada con una cubierta de hierro, pudiera actuar como soporte de la estructura en los desplazamientos, haciendo la función de un carretillo. De esta forma se empujaba la rueda sujetando la estructura por el extremo de sus patas traseras, actuando la rueda motriz como soporte móvil del carretillo. Esta innovación fue fundamental para permitir mayores desplazamientos con menor penalidad. Posteriormente se le incorporaron cojinetes a bolas en su eje, mejorando sustancialmente la fluidez y velocidad de la rueda motriz en la tarea de afilar.

Rueda tradicional gallega en su diseño definitivo


El conocimiento para la fabricación de las ruedas de afilar, con las innovaciones introducidas, se trasmitió en la familia de generación en generación, de forma que de Liñares salían casi la totalidad de las ruedas de afilar. Es indudable que luego fueron copiadas por otros carpinteros, pero en una época donde todo se hacía artesanalmente y no en serie, no era fácil dominar la técnica para la fabricación de unos artilugios que debían ser sólidos y muy finamente ajustados para que su estabilidad y calidad de trabajo fuera el deseado. Desde luego de Liñares, y de los artesanos que de allí salieron, proceden, sin duda, la mayoría y las mejores ruedas de afilar. Hay que precisar que en aquella época no se producía en cadena y además el proceso era integral. El carpintero también fabricaba el eje, el cigüeñal, la herradura de la rueda motriz y cuantos elementos metálicos intervenían en su montaje final, dominando tanto el trabajo de la madera como del hierro, contando con forja en el propio taller.

Se adjunta como anexo 2 un artículo publicado en el diario “La Noche” el 10 de noviembre de 1965, y en el ABC de 20 de febrero de 1960, firmado por Xosé Fernández Ferreiro. En mi opinión, comete el error de tantos otros de considerar la profesión de afilador consustancial con Orense desde el siglo XVII, simplemente porque el pintor orensano Antonio de Puga plasmara en un cuadro datado en 1650 un afilador, escena no de Orense, sino con toda probabilidad de Madrid. Tengo que precisar que este pintor orensano, nacido en 1602 y bautizado en la catedral de Orense donde está fijada una placa conmemorativa de este acontecimiento, residió en Madrid desde muy joven, documentado por un testamento personal otorgado ya en 1635. Trabajó en el taller de otros reputados maestros de la pintura de la capital del reino, siendo un destacado paisajista, además de ejecutar retratos por encargo de la nobleza y escenas costumbristas.


4 – Saga de fabricantes de ruedas de afilar

El creador de la rueda de afilar, Juan Rodríguez, tuvo seis hijos varones, de los cuales cinco de ellos aprendieron el oficio en su taller. A Juan le sucedieron en el mismo negocio sus hijos Antonio y Vicente, siendo Antonio el último que continuó el taller familiar hasta su muerte en 1975. El hijo mayor de Juan, Fernando, aunque estuvo un tiempo en Brasil con Nicasio, otro de los hermanos, volvió a Liñares, donde tuvo taller independiente del padre. El hijo menor de Juan, Agustín, también trabajó en el taller de su padre y junto a sus hermanos hasta que se casó, trasladándose entonces al pueblo de su esposa, Rubiacós, de la parroquia de Santa Cruz de Rubiacós, donde estableció su taller y trabajó hasta su muerte en 1968.

Leopoldo Rodríguez - Casa-taller de su padre Manuel en Vilouriz

Interior del taller de Manuel Rodríguez en Vilouriz

Interior del taller de Manuel Rodríguez en Volouriz


Manuel Rodríguez Álvarez, nacido en 1921, hijo de Agustín, trabajó en Rubiacós con su padre también hasta que se casó, creando entonces un taller independiente en el lugar de Vilouriz, de la parroquia de Loña do Monte. Fue el último constructor de ruedas de afilar, falleciendo el 4 de abril de 2009. En 2006 se le rindió un homenaje en la III Xuntanza de Afiadores celebrada en el Parador Nacional de Santo Estovo, acto que recogió el Boletín Municipal nº 13 de Outono 2006 y O Naceiro nº 2 de xullo de 2006. El municipio de Nogueira de Ramuín le rindió un homenaje póstumo en mayo de 2010, instalando una placa conmemorativa en la fachada de su casa y taller. Se adjunta como anexo 3 el artículo publicado en el Boletín Municipal nº 17 (Verán 2010) recogiendo el evento. Su hijo Leopoldo Rodríguez conserva con cariño el legado paterno, un auténtico museo, donde se puede apreciar el taller con sus herramientas, plantillas para el corte de piezas, utensilios diversos y cuanto ilustra la fabricación de ruedas de afilar y la vida de su padre, con recortes de prensa que documentan los reconocimientos y homenajes que se le han rendido. Sería lamentable que se perdiera esta última muestra y testimonio de la larga tradición familiar, cuyo origen trajo el instrumento que permitió vivir a miles de paisanos trabajando con la rueda por lejanos caminos sin fin, siempre con el sueño del pronto retorno a casa.

Me complace precisar que, en una de mis rutas andariegas, volviendo de los montes que rodean San Pedro de Rocas y llegando a Loña do Monte, pregunté por la ubicación del taller de carpintería donde se hicieron ruedas de afilar. Un parroquiano me indicó que estuvo en la aldea de Vilouriz y allí me dirigí para tomar una foto del lugar. Felizmente, y sin esperarlo, me encontré con Leopoldo que, amablemente, sin haber concertado una cita previa, y a pesar de sus compromisos, me enseñó con detenimiento el que fue taller de su padre. Allí, rodeados de múltiples instrumentos de trabajo, que manejados por manos expertas produjeron sólidos carros de labranza y sufridas ruedas de afilar, pasé unos inolvidables momentos. Las explicaciones y comentarios que acompañaron la visita, tan precisos y fundados, que solo pueden ser expresados por quien ha vivido en primera persona todo el proceso de creación de una rueda de afilar, redondearon una experiencia para el recuerdo.

Afilador por la calle - Años 50s

Afilador callejero - Barcelona 1939 - Rueda de inspiracion francesa



Uno de los operarios que aprendió el oficio en el taller de Fernando, en Liñares, fue Emilio Pato Rodríguez, conocido con el apodo “El Trampas”, nacido en 1891. Se independizó cuando contrajo matrimonio, abriendo un nuevo taller en Liñares hacia 1910. Nos da una idea de la importancia que tenía la actividad de las ruedas en esa época, cuando en una aldea tan pequeña había tres talleres de carpintería trabajando simultáneamente. Posteriormente, su inquietud juvenil y ansias de hacer fortuna lo llevó a hacer las américas, emigrando a los Estados Unidos en octubre de 1920, a la edad de 29 años, en el transatlántico Manchuria. Allí trabajó como afilador durante unos dos años, pasando luego a Méjico, donde no alcanzó el éxito esperado debido a la inestabilidad política posrevolucionaria que sufría el país. Finalmente buscó nuevas oportunidades recalando en Colombia, donde comenzó trabajando con la rueda para terminar con un negocio de tazas de café. Después de la experiencia americana, que debió durar unos 20 años, retornó finalmente a España. Inicialmente se instaló nuevamente en Liñares, para después de algunos años establecerse definitivamente en Orense en 1952, abriendo un taller en la Avenida Buenos Aires, 134. Cesó en la actividad en 1973, falleciendo el 16 de julio de 1984 a la edad de 93 años. Tuvo dos hijos y dos hijas. Los hijos emigraron a Méjico. Se adjunta como anexo 4 una entrevista publicada en el diario La Región del 24 de agosto de 1952.

A través de los años, algunos operarios se fueron independizando e instalando talleres de carpintería en otros lugares, donde, en algún caso, también se hicieron ruedas de afilar. No obstante, se puede decir que la gran mayoría de las ruedas de afilar clásicas, tal como las conocemos hoy en día, salieron de estos cuatro talleres: Liñares, Rubiacós, Vilouriz y Orense. Desde el final de la guerra y hasta los años 60 se fabricaron miles de ruedas, fue la época dorada de la ambulancia de los afiladores. Ya en los años cincuenta aparecieron las primeras afiladoras incorporadas en bicicletas, y al final de la década ya se montaban en motocicletas. Los entendidos dicen que el afilado en la bicicleta era inestable y no se conseguía el nivel de acabado de una rueda clásica. A pesar de todo, los más jóvenes fueron imponiendo estos nuevos soportes, más cómodos, quedando la rueda clásica poco a poco arrinconada como un objeto inservible, o como motivo decorativo en la mayoría de los casos y, finalmente, como pieza de coleccionista o de museo. Fue el final de un estilo de vida, inmortalizado felizmente en los monumentos que se le han dedicado.


5 – El monumento al afilador

El afilador trotamundos recorriendo los caminos más insospechados, solo o en compañía de un niño, que hacía las veces de aprendiz y criado, se convirtió en una figura singular que despertaba curiosidad y adquiría tintes de exotismo épico. El criado solía ser un niño de su pueblo que, a ruego de la madre y con tan solo diez o doce años, era acogido por el afilador para obedecerle en lo que hiciera menester a cambio de enseñarle a desenvolverse en el mundo y de aprender el oficio. El movimiento cultural derivado del despertar del nacionalismo gallego, que se reveló contra el secular abandono de nuestra tierra, junto al impulso de una minoría cultural que promovía la puesta en valor de las tradiciones y costumbres locales, hicieron que en los años sesenta se reivindicara la figura del afilador como símbolo que representaba el espíritu de nuestra provincia.

El modesto artesano encarnaba los valores del pueblo llano, trabajador, honrado, esforzado y con el suficiente valor para lanzarse a recorrer el mundo sin más ayuda que sus manos y la modesta rueda de afilar. La carencia de cultura la suplía sobradamente con la esperanza y tenacidad para sacar adelante a su familia. Llegaba a lejanos lugares movido por vagas referencias de buenas oportunidades de trabajo. Recorría esos lejanos y apartados caminos para que, con constancia y parquedad en los gastos diarios, aun a costa de una triste imagen de desaliño y de mendigar incluso la comida diaria, acumular unos ahorros con los que mejorar y complementar el sustento de la familia dejada atrás en su pobre pueblo de origen. Los sufrimientos y penalidades de los largos meses fuera de su casa familiar se veían mitigados por el recuerdo de la familia y el próximo retorno al hogar. Su pueblo, tan mezquino en oportunidades de trabajo, al mismo tiempo era el más hermoso y acogedor de los lugares cuando se producía el retorno.

Monumento al afilador en la plaza mayor de Luintra (Nogueira de Ramuín)

Detalle del monumento al afilador de Luintra (Nogueira de Ramuín)

Los extensos bosques y las escarpadas sierras dejaban poco terreno apto para el cultivo. La difícil orografía, junto al minifundismo, dibujaban el panorama de una muy pobre agricultura, que junto a técnicas arcaicas ofrecían poca esperanza de progreso y autosuficiencia. La emigración, tanto la ejercida temporalmente como la definitiva, eran la válvula de escape de esas gentes ya predestinadas antes de su nacimiento a abandonar su hermoso lugar de origen para desarrollar en lejanas tierras su capacidad creadora. Algunos de estos artesanos alcanzaron el éxito económico, con la base de un trabajo bien hecho, espíritu de sacrificio, y valor para lanzarse a desarrollar una iniciativa empresarial. No son casos aislados aquellos que salieron de su pueblo con una rueda de afilar y regresaron en un “haiga”. Esos éxitos son tanto más meritorios cuanto más si se tiene en cuenta el bajísimo nivel de formación y los nulos recursos con los que iniciaron su andadura.

La figura del afilador es un auténtico icono del siglo XX en España. Su lento recorrido por las calles de las ciudades tocando el clásico chiflo está en la retina de los que vivimos en la segunda mitad del siglo pasado. Sus periplos podían ser de temporada, complementando el trabajo agrícola en los meses de verano, o bien largos itinerarios que duraban años en un viaje sin fin, atravesando países enteros o estabilizándose en alguna región concreta lejos de su aldea de origen. Gracias a la rueda, muchos de ellos acabaron estableciendo un taller estable combinado con tienda de cuchillería, cuberterías y objetos de regalo, entre otros productos. La tienda era generalmente atendida por la mujer mientras el afilador trabajaba en el taller instalado en la trastienda afilando para sus clientes fijos: carnicerías, cocineros profesionales, peluqueros y otros. Estos negocios también se fueron profesionalizando, siendo continuados por la siguiente generación adaptada a la propia evolución del mercado.

 

Mural al afilador en el campo de fútbol de La Tella en Luintra (Nogueira de Ramuín)

Otros muchos salieron con la rueda, pero su deambular aventurero los llevó a ver otras oportunidades de negocio y terminaron en exitosas actividades comerciales. La generación nacida en la preguerra civil es todo un ejemplo de laboriosidad, sacrificio y espíritu de superación. Muchos empezaron a trabajar como criados a los diez años, siendo lo corriente que a los doce o catorce años ya estuvieran ocupados en alguna actividad laboral. Se dejaba así la escuela, donde en el mejor de los casos habían aprendido a leer, escribir y las cuatro reglas, aunque muchos no llegaban a la división. El resto de materias escolares eran prácticamente desconocidas, excepto el catecismo. Su propia ignorancia y el inquebrantable espíritu de supervivencia y ansia de superación los llevó a emprender negocios y aventuras que hoy muchos universitarios no se atreverían ni a plantearse. Un caso excepcional que ejemplifica esta evolución hacia el éxito es el de Cesáreo González, el gran productor cinematográfico español que, aunque nacido en Vigo, siempre se consideró y ejerció con orgullo su origen en Espartedo, como lo demostró sobradamente con sus frecuentes visitas al lugar de su casa familiar. Su comienzo laboral fue a los doce años como criado de un afilador conocido como “O Carroleiro” que se desplazaba a trabajar por Portugal. Luego emigró a Cuba muy joven dedicándose a la venta ambulante de quincalla, antes de convertirse en jugador semiprofesional de póker. Estas son sólo un par de pinceladas de los comienzos del que fue el gran productor cinematográfico.

Para ser rigurosos hay que precisar que no todos fueron heroicos aventureros. La vida era dura y se enfrentaban a peligros en su deambular solitario. También hay sucesos reflejados en la crónica negra de la prensa, con reyertas y muertes donde interviene algún afilador. Eran otros tiempos donde se tomaba la justicia por la mano ante la imposibilidad de hacerlo por la vía legal. También se dice que de la moralidad del afilador dependía la de los niños que como criados lo acompañaban. El amo era un modelo para los niños, de forma que, lejos del hogar, sustituía la figura del padre. El espíritu ahorrador y familiar era el modelo habitual, pero también existió el aventurero bebedor y jugador que tarde o temprano se veía envuelto en reyertas. En una época en que no existía el divorcio, la emigración y la ambulancia también fue un escape para tomar un camino sin retorno al hogar, abandonando mujer e hijos que se llevaban la peor parte. Con una vida tan aventurera, enfrentados a múltiples peligros, sin la defensa que ofrece la cultura para hacer valer sus derechos, el recurso a la violencia era la única salida para la supervivencia. No faltan los casos en los que fue chivo expiatorio de delitos cometidos por otros, por su condición de nómada desconocido en el lugar y sin nadie que lo defendiera. Cuantas historias y dramas se podrían escribir si conociéramos esas vidas ciertamente dramáticas, enfrentadas cada día a peligros imprevisibles, de quien no tiene otra opción donde escoger que seguir adelante sin desfallecer, confiando solamente en su destino.

Muestra de la icónica figura del afilador en una residencia particular

La proyección social del afilador es innegable, hasta el punto de que a comienzos de los años sesenta se empezó a gestar la idea de erigir un monumento a este ambulante tan representativo de su tierra. En 1963, el periodista, escritor y humorista, además de joyero, Enrique Gómez Pato, residente en Verín, pero de familia oriunda de Nogueira de Ramuín, lanzó la idea de erigir un monumento a la figura del afilador. La propuesta tuvo acogida en el ayuntamiento orensano, donde la comisión de fiestas desarrolló la idea de levantar un gran monumento que estaría emplazado delante de la estación de ferrocarril. Según el proyecto inicial, el monumento constaría de un gran pedestal de unos cinco metros de altura de piedra traída de Nogueira de Ramuín. Sobre este pedestal se colocaría una gran bola que representa al mundo con los continentes en relieve, y rematando el monumento iría la figura de un afilador en postura andante, en bronce, con una altura de dos metros. Este proyecto, que fue diseñado por el escultor Antonio Faílde, fue recogido por la prensa del momento, adjuntando como anexo 5 la noticia aparecida en El Pueblo Gallego del 31 de marzo de 1963.

El proyecto del monumento al afilador en Orense desató una viva controversia entre quienes consideraban fuera de lugar levantar un monumento a una profesión tan modesta como la del afilador, tenido por inculto e indigno de tal honor, calificándolo incluso como una afrenta, y los que lo ensalzaban como ejemplo de laboriosidad y honradez, luchador por la supervivencia y digno representante de los valores éticos del pueblo gallego en general y del orensano en particular. Como ilustración de este enfrentamiento de ideas que tuvo su reflejo en variados artículos periodísticos, adjunto como anexo 6 una crítica al monumento y como anexo 7 la respuesta defendiendo su procedencia.

Finalmente, el proyecto del monumento orensano naufragó por la falta de acuerdo, en una época donde todavía se estaba lejos de valorar adecuadamente el patrimonio etnográfico y la contribución callada, pero esencial, del pueblo llano al progreso económico y al mantenimiento del legado cultura popular a través de los siglos. El ambiente provinciano y burgués consideraba una afrenta ensalzar a una figura del pueblo llano a quien las élites locales y burguesas tenían por inferior y de la cual se avergonzaban. Estas élites renegaban del pueblo llano, al que menospreciaban por su incultura, pero del cual vivían confortablemente gracias al negocio y actividad profesional que generaban con el dinero tan duramente ganado lejos de sus hogares.

Monumento al afilador en la calle Ourense de Santiago de Compostela

A pesar de este contratiempo, la idea del monumento al afilador había echado raíces y el ayuntamiento de Nogueira de Ramuín tomó el relevo de la idea, considerando, con justa razón, que podía acreditar ser la cuna de los afiladores, tanto por el número de sus habitantes que habían ejercido la actividad, como por ser el origen de la fabricación de las ruedas de afilar. De la lectura de diversos artículos periodísticos se desprende que también estuvo en cuestión la localización del monumento dentro del municipio, que finalmente se levantó en Luintra. Incluyo como anexo 8 una Carta Abierta al alcalde de Nogueira de Ramuín del periodista y escritor de Espartedo, José Fernández Ferreiro, publicada en el diario vespertino La Noche, del 23 de agosto de 1963, en la que defendía como ubicación ideal el campo de la feria.

Finalmente, ocho años más tarde de que surgieran las primeras propuestas de monumento, se convocó un concurso de ideas en 1971 para materializar el controvertido monumento, con un presupuesto de realización de 400.000 pesetas y un premio de 15.000 pesetas para la maqueta elegida. El jurado de expertos declaró ganador el proyecto del escultor Manuel García Vázquez, conocido como Buciños, quedando el monumento erigido en la plaza de Luintra, en lo que ha sido el campo de la feria, también conocida como Plaza Mayor. La inauguración tuvo lugar el domingo 19 de diciembre de 1971, apareciendo reflejado en la prensa tal como se acredita con el artículo de El Pueblo Gallego del 21 de diciembre de 1971 que adjunto como anexo 9. Al acto asistieron las máximas autoridades provinciales y la corporación municipal en pleno, además de otras instituciones del ámbito sindical y empresarial.

La figura del afilador inmortalizado en un monumento ha tenido otras representaciones. Por ejemplo, en Santiago de Compostela hay una escultura en la Calle Orense obra de Xosé Cid Menor de 1974. Esta obra fue promovida a iniciativa de orensanos residentes en Santiago, por suscripción popular, a la que también contribuyeron los ayuntamientos de Orense y el propio de Santiago, además de otras instituciones culturales. Incluyo en el anexo 10 la noticia aparecida en El Pueblo Gallego del 29 de mayo de 1975.

Monumento al afilador en Esgos (Ourense)


El municipio de Esgos (Orense) también inmortalizó al afilador en un monumento, obra de Amadeo Rolán, inaugurado el 26 de agosto de 2004, día del emigrante.


Escultura dedicada al afilador en la rotonda de As Lagoas (Ourense)

 

Pareja de esculturas dedicadas al afilador y al paragüero en la estación de S. Francisco de Ourense

 

Mural creado para el pabellón de Ourense en la Casa de Campo de Madrid

En la ciudad de Ourense, en la rotonda de As Lagoas, también hay una escultura al afilador, obra de Xosé Cid Menor de 1998. En la estación de ferrocarril de San Francisco de Orense también se instalaron en 1957 dos pequeñas esculturas realizadas por Antonio Faílde en los jardines laterales, representando a un paragüero y a un afilador respectivamente. Fueron removidas de su emplazamiento desconociendo donde están actualmente. También en Orense se instaló un mural en granito, que en bajorelieve refleja diversas escenas de actividades agrícolas y artesanales, apareciendo también la tradicional rueda de afilar. Este mural fue inaugurado en su emplazamiento actual en 1989, situado en los jardines de la Avenida Pardo de Cela, 81, aunque inicialmente fue concebido para el pabellón de Orense en la Feria del Campo que se celebró con carácter bianual entre 1950 y 1975 en el recinto permanente de la Casa de Campo de Madrid. Se instaló en 1962 en el pabellón orensano, separando la cafetería de la zona expositiva, donde estuvo hasta el referido traslado de la obra a Orense motivada por la demolición del pabellón. Es obra del escultor Antonio Faílde Gago.


6 - La imagen de Orense como Terra da Chispa


Ya en 1941 el visionario D. Ángel Iglesias González patentó el diseño e insignia de “Terra da chispa”, estando registrado el modelo con el número 18.452 en el Registro de Patentes y Marcas. Adjunto como anexo 11 la entrevista que se le hizo publicada en el diario La Región del 17 de febrero de 1953. Es un bonito diseño que representa la silueta de la rueda de afilar coronada por un paraguas abierto, figurando en la parte inferior una cinta con la leyenda “Terra da Chispa”. Su creador comenta en la entrevista que el diseño ya existía en los años 30, pero que fue después de la guerra civil, en los años 40, cuando se empezó a hacer en plata como insignia para colocar en la solapa. Existía también una versión realizada en oro. Estas insignias eran un bonito recuerdo para los emigrantes que de esta forma llevaban con orgullo un distintivo que los identificaba fuera de su tierra. En los años 50 se fue popularizando su uso, diversificando también la producción. Además de las insignias de oro, plata y latón en distintos modelos para colocar en la solapa, también se fabricaron placas esmaltada para adornar el radiador frontal de los coches. Finalmente se produjeron figuras que reproducían en volumen la rueda de afilar en miniatura con el paraguas abierto, como objeto de decoración, todo ello en plata de ley. Sobre una base de mármol se asentaba la rueda de afilar con su pedal articulado y la rueda motriz movible, que a la par que curioso, representaba un objeto de indudable belleza. El éxito del diseño se extendió a múltiples soportes, desde su impresión sobre delicadas piezas de porcelana hasta bajorrelieves en plata o estaño como cuadros murales, pasando por múltiples objetos que podemos calificar como “souvenirs” o recuerdos de Orense.

Plato de porcelana decorativo - Terra da Chispa.
(De mi colección particular)

Cuadro decorativo de estaño - Terra da Chispa
(De mi colección particular)

Se puede ver en la prensa de los años 60 y 70 como esta figura decorativa en volumen era utilizada como trofeo en numerosas competiciones deportivas, así como objeto de regalo en actos de homenaje a personajes relevantes, sobre el que figuraba la oportuna placa adherida a la base de mármol recordando la fecha y el homenajeado. En las competiciones deportivas o culturales las ruedas de plata adquirían las tonalidades de oro, plata o bronce correspondientes al primero, segundo y tercer premio.

Uno de los acontecimientos culturales más relevantes de las fiestas de Orense durante diez años fue el Festival de la Canción del Miño, luego Festival Hispano-Portugués de la Canción del Miño o más coloquialmente Festival del Miño, que comenzó su andadura en 1965. A partir de su cuarta edición se le dio una mayor proyección incorporando a las naciones celtas, llamándose Festival del Miño – Canción del Mundo Celta, por lo que también hubo participantes de Irlanda, Gales, Escocia y la Bretaña francesa, además de Galicia y Portugal. Por razones diversa que no vienen al caso, como cambios por evolución de la sociedad, política discográfica, entre otros, hicieron que la última edición fuera la de 1974.

A título de ejemplo reproduzco a continuación el apartado de premios tal como figura en la publicación de El Correo Gallego de 17 de marzo de 1973, contenidos en las Bases y Premios de la IX edición del Festival del Miño – Canción del mundo celta, de 1973.

Primer premio Cien mil pesetas y RUEDA DE AFILAR DE ORO.
Segundo premio: Setenta y cinco mil pesetas y RUEDA DE AFILAR DE PLATA.

Tal como consta en la edición del 5 de abril de 1974 de El Pueblo Gallego, en la última edición de 1974 los premios monetarios se incrementaron, pasando a:
Primer premio: Doscientas mil pesetas y RUEDA DE AFILAR DE ORO.
Segundo Premio: Cien mil pesetas y RUEDA DE AFILAR DE PLATA.

Trofeo decorativo - (De mi colección particular)

La rueda de afilar ha sido una constante en todas las manifestaciones en las que ha participado la provincia de Orense, símbolo que la identifica de forma indiscutible. La exhibición de su funcionamiento siempre atrae la curiosidad del público, y muy especialmente de los niños, que se maravillan de la coordinación y destreza del veterano afilador con su instrumento de trabajo y del haz de chispas que despide durante el afilado. Así, ha estado presente en los pabellones de FITUR, Feria del Campo y en cuantos otros eventos de proyección nacional o internacional haya participado como provincia expositora.

La ya famosa figura decorativa de la rueda de afilar fue obsequiada al entonces príncipe D. Juan Carlos y a cuantas personalidades visitaban oficialmente la provincia. Como respuesta a la curiosidad e interés que mostró Dña. Carmen Polo de Franco en su visita a Fitur, con posterioridad fue obsequiada con la correspondiente figura decorativa, como recoge el diario El Pueblo Gallego en su edición del 10 de agosto de 1962: Una rueda de afilar para El Pardo. El diario recoge la noticia de la entrega de una rueda de afilar, símbolo de la provincia, a Doña Carmen Polo de Franco por parte del alcalde de Orense D. Alonso Cuevillas y del Gobernador Civil.


7 – Museo del afilador

Expuesta ya la panorámica de la figura del afilador y de la fabricación de las ruedas de afilar, queda evidenciada su importancia social y económica en la vida de la provincia. Era de justicia la erección de un monumento a la figura del afilador, como también lo es el instrumento de su trabajo, la rueda, y el desempeño de ese mismo trabajo ambulante. De igual modo que los italianos en Stolvizza crearon un museo al afilador y su instrumento de trabajo, y los franceses en Thiers tienen su museo de la cuchillería, como también lo tiene Albacete, sería de todo punto de vista conveniente que se creara un museo del afilador, la rueda de afilar y todo su mundo de trabajo. Considero que la ubicación debería ser preferentemente en Luintra, capital del municipio de Nogueira de Ramuín, cuna de la profesión y centro de la fabricación de las ruedas de afilar.

El germen del museo ya existe. La recreación del taller de carpintería donde se hacían las ruedas de afilar está perfectamente conservado en el taller de Manuel Rodríguez Álvarez, el último de los constructores de ruedas, gracias a la labor de su hijo Leopoldo. Por otra parte, el escultor Florencio de Arboiro ha acumulado una impresionante colección de ruedas de afilar, más de 250, que expone en su casa de San Juan de Río, la que llama “Casa das Rodas”. La asociación cultural Ben-Cho-Shey, que desarrolla una labor de estudio del patrimonio etnográfico de las profesiones ambulantes, y en especial de los afiladores, ya en 2009 envió una propuesta por escrito al presidente de la Diputación Provincial de Ourense para la creación del “Museo do Afiador”, tomando como base la colección ya existente de Florencio de Arboiro.

Monumento al afilador (arrotino) en Stolvizza di Ressia (Italia)

Museo dell’Arrotino en Stolvizza di Ressia

La Diputación Provincial, según una noticia aparecida en el diario La Región fechada el 8 de diciembre de 2019, en su edición digital, está en proceso de crear el referido “Museo da Roda de Afiar”. La fecha de apertura inicialmente prevista era el 2020, aunque debido a los efectos de la pandemia del Covid-19 su inauguración ha sido pospuesta. La ubicación prevista es en las antiguas instalaciones del INORDE, en la calle del Progreso muy cerca del palacio de la Diputación Provincial. La noticia también indica que el asesor y director del proyecto será el referido Florencio de Arboiro, que aporta muchos años de estudio de la profesión, de recopilación de ruedas de afilar y de las historias personales que hay detrás de cada una. Las instalaciones incorporarán las últimas tecnologías audiovisuales para hacer un espacio interactivo que permita al visitante sumergirse plenamente en la historia de esta actividad tan orensana. Adjunto como anexo 12 la transcripción del referido artículo de La Región.

En la esperanza de que la idea concluya felizmente, aunque lamentando que su ubicación no sea Luintra, quedo ansioso por ver el resultado de este proyecto. En todo caso, el nuevo museo mantendrá vivo el recuerdo de una realidad ya desaparecida, para conocimiento de generaciones futuras. Recordemos que un pueblo sin historia es un pueblo sin identidad.


8- El afilador en la ficción

No voy a desarrollar este tema que excede el marco de este estudio, aportando solo dos relatos del escritor y periodistas Xosé Fernández Ferreiro, que incluyo como anexos 13 y 14. De este mismo autor es la novela “A saga dun fiador”, escrita en gallego, en la que refleja con toda su crudeza las duras condiciones de vida de los años heroicos de la profesión en los comienzos del siglo XX.

Non quedan afiadores
Indo polos montes soios
Y están os vellos cóitelos
Tremando baixo do polvo…


Anexo 1 

El siguiente artículo hace una breve pero certera semblanza de la profesión de afilador, su época de trabajo, su nomadeo y también su asentamiento definitivo que bastantes consiguen como culminación de años de esfuerzo para labrarse un futuro prometedor. Apareció publicado en diario “El Pueblo Gallego” del 01 de enero de 1959 - El Afilador y Paragüero.
 

Ramon Quintas Castro - Afiador de Noia - Ruth Matilda Anderson - 1926

¡EL AFILADOR Y PARAGÜEROOO...
Una honrada y dual profesión que se ejerce por caminos y carreteras


La provincia de Orense, «Cantera» pródiga en especialistas del oficio
¡¡ El afilador y paragüeroooo!!

¡Se arreglan cacerolas, tarteras, paraguas...! Buen personaje para una novela ese modesto artesano gallego, trabajador honrado a carta cabal; viajero tras su rueda que es su propia herramienta de trabajo. Sobre el afilador trotamundos empedernido, que envidiamos por esa especie de “nomadeo” que le permite observar a sus anchas las distintas facetas que el paisaje presenta, se ha escrito mucho y se continuará escribiendo. Es el gran filósofo de caminos y carreteras, que ni engaña ni se deja engañar, aunque por su “barallete”, esa jerga que usan para entenderse entre sí, dé la impresión de que lo necesita para sorprender la buena fe de las gentes que confiadas le ofrecen cuchillos, navajas, tijeras, paraguas, y cacerolas para su arreglo.

Personaje de leyenda, el afilador lleva su nombre asociado al de toda la provincia de Orense. Han llegado a ser consustanciales, y no se comprende un afilador tras su rueda que no haya nacido en Luintra, Esgos, Maceda, El Pinto, Nogueira de Ramuín o en los pueblos que circundan la carretera que va de Orense a Ponferrada. La rueda y el paraguas han proporcionado un ya popular escudo orensano, en el que se encuentra la definición más acabada del humorismo de las gentes de esta provincia gallega.

El afilador aún no se ha sincronizado con los tiempos que corremos. Su rueda y sus métodos de trabajo son los mismos de hace siglos, primitivos, ancestrales si se quiere. Es una profesión hereditaria, que va transmitiéndose de generación en generación. Los pequeños aprenden al lado de sus padres el manejo de las escasas herramientas —un martillo y unas tenazas apenas—. y con ellos comienzan a cubrir kilómetros y kilómetros, adentrándose en los secretos y en el arte de bien afilar y en el de bien componer un paraguas que el viento rompió, o en el de tapar agujeros en las cacerolas.

Con el último que vimos estos días por nuestra ciudad, hemos dialogado unos momentos, ¿su nombre? No importa, era un afilador más, y como todos —aunque algunas veces no lo sean— de la provincia de Orense.

Y él nos fue explicando muchas cosas que desconocíamos. El secreto de las aguas del Sil y del Miño para dar a las piedras de afilar su mejor cualidad; la época de su “nomadeo” por toda España y algunas veces por el extranjero, que comienzan naturalmente con las primeras lluvias del invierno, cuando se hace necesario arreglar los paraguas. y preparar herramientas para la poda y la matanza, y que coincide con la escasez de trabajo en el campo, el que ellos mismos cultivan, el que amplían y mejoran con el producto de su largo peregrinaje, tras una ejemplar austeridad en la administración del dinero tan duramente ganado.

— ¿Época de trabajo? le hemos preguntado a nuestro afilador.
— Esta es la mejor. Desde octubre a febrero o marzo, con una escapadita a casa para pasar la Nochebuena con la familia.
— ¿Ingresos al final de la temporada?
— Seis, siete, ocho, a veces hasta diez mil pesetas.
— ¿Andando siempre?
— Por Galicia sí. En Castilla hay que coger el tren o el coche. Son grandes las distancias de pueblo a pueblo.

El periodista, viajero de la geografía española, se ha encontrado afiladores en todas las regiones. Gente austera, ahorradora, de fácil acomodo, en aquella plaza de Trujillo que preside la estatua ecuestre de Pizarro, recordamos a uno bajo los soportales, allí en una esquina, quizá pon la misma rueda con que hacía entonces 20 años salió de su pueblo en el Barco de Valdeorras. Aquel hombre de “la rueda” había trabajado, pero...

— No se me dio mal la cosa —nos dijo—. Aquella casa de allí es mía; aquella “tiendiña” en la que está mi mujer, también es nuestra. Mi hija anda en el Instituto. Aquí estoy contento, pero voy a la tierra cada dos o tres años.

No llegaremos a afirmar que aquel afilador afincado en tierras extremeñas fuese el arquetipo. Todos son iguales, trabajadores, honrados artesanos gallegos que prestigian, por estas virtudes, a nuestra tierra.
— M. TOURON:



Anexo 2


El siguiente artículo, salido de la pluma del periodista y escritor de Espartedo, Xosé Fernández Ferreiro, gran difusor de la figura del afilador en reiterados artículos de prensa, hace una interesante semblanza de la figura del afilador. Este mismo artículo también fue publicado en el diario ABC de Madrid de fecha 20 de febrero de 1960, además del vespertino La Noche de 10 de noviembre de 1965. En mi opinión, en el artículo prevalece el enfoque literario sobre el histórico, ya que entiendo que no se ajusta a los hechos confirmados, tanto en lo que se refiere al origen de la profesión en Orense como su expansión en la comarca, según queda argumentado en el contenido de esta entrada.

Afilador en el pabellón de Ourense de la Casa de Campo de Madrid


DESDE EL SIGLO XVII, A CUESTAS CON LA RUEDA

Los primeros afiladores del mundo salieron de Castro Caldelas y Nogueira de Ramuín (Orense).
El ambulante gremio llegó a las más lejanas tierras: América, África, Australia, Persia y Japón.


TIENEN HASTA UN «IDIOMA» PROPIO: ELBARALLETE

A Orense se le conoce por “Terra da Chispa". ¿Por qué? La pregunta es fácil de contestar: por los afiladores. La rueda de afilar echa un chorro de chispas. Este y no otro es el origen del apodo.

Claro está que los afiladores no son todos de Orense. Actualmente no solo los hay en las demás provincias españolas, sino en otras naciones extranjeras entre ellas, Francia, Italia y Portugal. Precisamente, este verano, nos encontramos con un afilador en las calles de Lisboa. Iba tocando el pito. Nos acercamos para preguntarte de donde era. “Soy portugués, dijo, pero mis padres eran gallegos”.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que todos estos pintorescos —y novelescos— personajes, eran exclusivamente de Orense. Es decir: de la provincia de Orense. Y los pocos buenos que aún quedan, todavía lo son, y, posiblemente, lo serán mientras el oficio -para el que corren tiempos difíciles- subsista.

LA CHAIRA

Los primeros afiladores que conoció el mundo salieron de Castro Caldelas y de Nogueira de Ramuín, en la provincia orensana. (Hay quien cree, no obstante, que los primeros afiladores fueron franceses, pero esto no parece probable). Después el gremio prosperó y a estos dos ayuntamientos se le fueron agregando otros cercanos como Esgos, Maceda, Trives, Paderne, Pereiro de Aguiar y Parada del Sil, los que hoy forman la comarca denominada “Chaira" —tierra de ambulantes, tierra de afiladores- así bautizada por ellos mismos en “barallete”.

Dentro de esta comarca, los afiladores son —o fueron— una verdadera institución, con reglas y características propias muy definidas, reflejadas en sus costumbres y formas de vida. Antiguamente la profesión pasaba de padres a hijos. Hoy es todo lo contrario. Los jóvenes ya no quieren saber nada de la rueda, instrumento que fue origen de muchas fortunas aldeanas, para dedicarse a otros oficios. (Los jóvenes de hoy tienen siempre una esperanza y un horizonte en la emigración). Ésta es una de las razones por las que el viejo afilador, intrépido y trotamundos, está a punto de desaparecer. No hay continuidad en sus hijos. No hay manos que hereden la rueda. Y cuando ellos mueran...

POR TODO EL MUNDO

Desde las altas montañas de la “Chaira", los afiladores, impulsados Dios sabe por qué misteriosa fuerza —o por qué misteriosa chispa—, salieron disparados hacia todos los caminos de la tierra. Primero fue la Península (Portugal, Asturias, Castilla). Luego, Europa. Más tarde, encontrando demasiado pequeño el viejo continente para sus aventuras, saltaron los mares y las distancias, llegando a los lejanos países (América, África, Australia, Rusia, Persia, Japón). Por todo ello, los afiladores orensanos, son conocidos en todo el mundo. Y su instrumento de trabajo —la rueda— familiar a todos los hombres.

En las aldeas orensanas quedan aún viejos afiladores —como botón de muestra— que en sus años mozos dieron poco menos que la vuelta al mundo. Y no hace mucho murió, a edad muy avanzada, uno de los más famosos: “Carroleiro", hombre de leyenda.

Una de las cosas más curiosas y que más han llamado le atención en estos hombres, es la misteriosa lengua que hablan entre ellos: el “barallete”, puerta infranqueable que cierra un extraño y enigmático mundo. Cuando dos afiladores se encuentran —aunque eso más bien era antes— y hablan en “barallete” no hay forma humana de entenderlos. Es una jerga de muy pocas palabras, pero a ellos les llegan y le sobran para entenderse perfectamente. Lo que no entienden, lo intuyen. Las palabras pueden tener varios significados. Pero ellos siempre le dan el sentido exacto.

EXTRAÑAS PALABRAS

En esta intrigante lengua, Galicia recibe el nombre de “Galleira”. Castilla, “Ancha"; Asturias, “Berria”; Portugal, “Biqueque” y América, “Moreira". El vino se llama “mouga"; el oro, “vibelo”; los cuartos, “zuros "; el guardia, “belva”; la boca, “garlea”; y al casado, “apicholado”; a la mujer, “belena”; a la moza, “mutila”; al perro, “doca”; al burro, “fandino"; al coche, “chián”; al tren, ‘‘caurel’ ; y a los ojos, “mireus”. A la carne, “arguía"; al viejo, “coizo”; al traje, “fiaña”;.al cura, “caxiga” y al baile, “caxoteo”.

En “barallete” existen canciones y documentos curiosísimos. En la “Chaira”, la gente, al hablar, usa con frecuencia —también podríamos decir que usaba— palabras que pertenecen a este argot, sobre todo cuando quiere que no se le entienda con claridad.

El gran amor de los afiladores es la rueda. Ésta, además de proporcionarle el pan de cada día para él y para los suyos, es su compañera de fatigas en la soledad de los caminos. Se hacen únicamente en tres sitios: en Orense, capital, en Liñares (Nogueira de Ramuin, frente al Miño) y en Loña do Monte. En “barallete", la rueda de afilar se llama "tola ”o “parafusa”.

TRESCIENTOS AÑOS


Sobre los afiladores existe abundante literatura. Muchos escritores y poetas de nuestra tierra han hablado de ellos. Incluso hay libros dedicados exclusivamente a este legendario personaje. Uno de ellos, “Pancho de Rabade”, de Álvaro de las Casas. En el teatro de Valle-Inclán también encontramos un afilador. Camilo José Cela, en “Judíos, moros y cristianos”, relata el encuentro que tuvo en tierra de Castilla con un afilador de Nogueira de Ramuín. Eugenio Montes y "Augusto Assía” nos han hablado infinidad de veces de los encuentros que han tenido en diversos países del mundo con afiladores de Orense.

¿Hace mucho que existen los afiladores? Los afiladores existían ya en el siglo XVII. En aquella época, el pintor orensano, Antonio Puga, pintó un afilador. Hace, por tanto —a no ser más— trescientos años que los afiladores orensanos andan dando vueltas por el mundo. Hace poco se habló de hacerle un monumento. No se llegó a nada concreto. Pero habrá que hacerlo. Los afiladores —que están desapareciendo— lo merecen.

José FERNÁNDEZ FERREIRO
LA NOCHE


Anexo 3

El Boletín Municipal del Ayuntamiento de Nogueira de Ramuín nº 17, (verán 2010) recoge el homenaje a Manuel Rodríguez, último representante de la saga familiar de fabricantes de ruedas de afilar.

Afilador ambulante a comienzos del siglo XX


Homenaje a Manuel Rodríguez

Loña do Monte recuerda al último artesano de ruedas de afilar con una placa y el proyecto de convertir su taller en un pequeño museo.

Vecinos, familiares, amigos y representantes de la Asociación Ben-Cho-Shey y del Ayuntamiento de Nogueira de Ramuín participaron en Loña del Monte, el pasado 8 de mayo, en un homenaje a Manuel Rodríguez Álvarez, el último artesano que construyó muchas de las ruedas de afilar que recorrieron el mundo, guiadas por los afiladores de nuestro municipio y de la comarca.

El alcalde, Julio Carlos Temes, que ostentó la representación municipal, entregó la placa que se descubrió en la vivienda familiar, que acogió también el taller artesanal de Manuel, fallecido hace varios meses. Ahora, su hijo, Leopoldo Álvarez, y la Asociación Ben-Cho-Shey, que estuvo representada por Florencio de Arboiro, barajan la posibilidad de crear aquí un pequeño museo, proyecto, señaló el alcalde, que contará con el apoyo del Concello de Nogueira de Ramuín.

En vida, Manuel Rodríguez ya había recibido algún homenaje, como el de la Xuntanza de Afiadores celebrada en el Parador de San Esteban en 2006, organizada por la asociación Ben-Cho-Shey, que le entregó una medalla de reconocimiento.

Manuel Rodríguez Álvarez había nacido en Rubiacós, en 1921. Aprendió de su padre Agustín el oficio de confeccionar las ruedas de afilar y se convertiría, con el tiempo, en el último representante de una saga de artesanos que comenzara con su abuelo Xoán, allá por el siglo XIX, en el pueblo de Liñares.

La trayectoria humana y profesional de Manuel Rodríguez aparece recogida en varios libros y en numerosos artículos periodísticos, así como en programas de televisión que resaltan el arte con que supo trabajar la madera, no solo con las ruedas de afilar, ya que también elaboró muebles y aperos de labranza, durante la mayor parte de su vida.


Anexo 4

La siguiente entrevista a Emilio Pato se le hizo recién abierto su taller en Orense en la Avenida Buenos Aires, 134, a su regreso de la aventura americana. Pasó unos años como afilador en Estados Unidos, luego en Méjico, terminando su aventura americana en Colombia.

Chiflo de afilador en madera de boj - (De mi colección particular)
Perteneció a mi abuelo Manuel Domínguez Álvarez

Esquema de la rueda de afilar con detalle de sus partes en gallego


“Emilio Pato Rodríguez fabricante de ruedas de afilar”,
La Región, 24-08-1952, p.4.

Lo primero que este buen hombre me pidió cuando supo cuál era el motivo de mi visita a su taller, fue que no lo tomase a broma, que no hablase en son de burla de lo que, a su juicio, constituye uno de los más legítimos motivos de orgullo de tantos y tantos gallegos que, con una simple rueda de afilar como principio, se han ido a conquistar el mundo y han conseguido labrar grandes fortunas, cuando no han sido vencidos por la adversidad.

- Mucha gente –dice- tiene a la rueda en menos, porque no sabe lo que supone para los que han tenido que ganarse el pan con ella. Si lo supieran, no la tendrían en tan poco, se lo aseguro.
Cuando habla del popularísimo artilugio lo hace con verdadero entusiasmo, como si se tratase de un virtuoso de algún arte, como si pidiera poco menos que un monumento al afilador desconocido.
- ¿Hace mucho tiempo que está usted establecido en Orense?
- A decir verdad, hace relativamente poco. Pero llevo 35 años dedicado a la confección de ruedas de afilar en el pueblo de Liñares, de Nogueira de Ramuín.
- ¡Pero hombre! ¿No es ahí la cuna de la mayoría de los afiladores que andan por el mundo?
- ¡Y claro que sí! ¿Dónde iba a ser, si no?. En tiempos éramos cinco los que hacíamos estas ruedas completas; dos de ellos dejaron la profesión hace tiempo y otro murió. Ahora no quedamos más que un compañero y yo, él allá y yo aquí.
- ¿No le perjudica el haberse venido, desde el punto de vista de la clientela?
- Ca. No, señor. Al contrario, como ya se me conoce por ahí adelante, aquí resulta más fácil trabajar y servir los encargos.
- Acaba de decirme que hace las ruedas completas ¿no es así?
- En efecto, así es, incluso con el herraje. Es decir, todo menos las piedras, pues esas vienen terminadas de la fábrica.
- Cuantos días puede llevarle cada una?
- Por término medio y trabajando yo solo, ocho.
- ¿Han salido muchas de sus manos en esos 35 años?
- ¡Uy! Muchísimas.
- ¿Cómo cuantas?
- Puede calcularse que sobre unas tres mil.
- ¿Tantos afiladores andan por ahí adelante?
- Y cada día hay más.
- ¿Cuál es la parte de mayor delicadeza en la rueda de afilar?
- El armazón de madera. Es también lo que distingue unas de otras.
- ¿Qué busca usted, sobre todo, cuando está trabajando en alguna?
- La comodidad para el trabajo y el máximo desarrollo de potencia. Por eso he logrado obtener algunas mejoras que la han hecho más manejable.
- ¿Cuáles son?
- En primer lugar, adapto la rueda a la talla del individuo que va a usarla.
- ¿Es esa mucha ventaja?
- ¡Vaya que si es! Cuando yo empecé a trabajar, además de ser unos armatostes del demonio, había que llevarlas a cuestas. Yo fui quien construyó la primera rueda que rodase por sí misma. Ahora he logrado montarlas en cajas de bolas con el fin de que rueden mejor.
- Dígame entonces, ¿sería usted capaz de fabricar la rueda perfecta?
- Si me la quisieran pagar, no tendría inconveniente.
- ¿Y cómo sería esa rueda perfecta?
- Una con la que se pudiese trabajar sentado, con tres ruedas, dos para el rodaje y la tercera para transmisión de las piedras, con un motor acoplado para no tener que darle a la rueda de transmisión con el pie. Casi, casi un taller ambulante.
- ¿Ha intentado alguna vez algo parecido?
- Y casi lo hice, aunque sin el motor. Fue cuando estuve en Estados Unidos. Me dieron 500 dólares por ella y hasta me anunciaron en los periódicos como el inventor de la rueda de afilar.
- En realidad lo ha sido.
- Yo la mejoré únicamente; pero haberla ya la había mucho antes.
- ¿Suelen tener mucho peso?
- Eso depende del tamaño y del número de piedras que lleve; pero lo corriente es que no pasen de los 25 kilos.
- ¿Qué es lo más difícil en el manejo de ellas?
- Lo único que hace falta para ser buen afilador; simultanear el pedaleo con la acción de afilar. Aunque parezca que no, hace falta muy buen pulso para hacerlo como Dios manda.
- Su duración ¿Cuál puede ser?
- Eso depende del trato que se le dé. Lo mismo puede ser de cinco que de 25 años; pero lo normal es que no pase de los diez.
- Explíqueme una cosa, ¿por qué cuando sale un afilador a la calle y toca el silbato llueve?
- ¡Bah! Eso son cuentos de la gente. Lo que ocurre es que, como el afilador también es paragüero, casi siempre sale a la calle los días que supone que va a llover.
- ¿Para dónde envía usted mayor cantidad de aparatos de éstos?
- Ante todo, para el Brasil; luego le sigue la Argentina y después Méjico.
- ¿Tantos afiladores hay por allá?
- ¡Bueno!... Como no se puede usted dar idea. Yo solo le digo que la mayoría de los que ahora traen “haiga” se fueron con la rueda.
- No me extraña. Lo raro sería que se fueran con un “haiga” y volviesen con una rueda.
F. ALVAREZ ALONSO


Anexo 5

Este artículo recoge la propuesta del periodista Enrique Gómez Pato, residente en Verín, de levantar un monumento al afilador. Enrique Gómez Pato era hijo de emigrantes de Luintra en la isla de Cuba, que en su viaje de retorno a España recalaron en Méjico, donde accidentalmente nació Enrique. En su nuevo hogar en Verín trabajó con ahínco para recuperar la fiesta de los "mayos" que no se celebraba desde años atrás. Su labor periodística la combinó con el humor para hacer una crítica social que se representaba a través de actuaciones teatrales. Toda esa intensa actividad de defensa de lo tradicional no fue excusa para olvidar el origen de su familia de Nogueira de Ramuín y de la profesión de afilador que siempre defendió con pasión. El periódico “El Pueblo Gallego”, en su edición del 31 de marzo de 1963, recoge la noticia de la propuesta del Monumento al Afilador.

Afilador ambulante hacia 1930


LOS AFILADORES ORENSANOS TENDRÁN UN MONUMENTO EN SEÑAL DE HOMENAJE
Se pretende instalarlo en la explanada de la estación del ferrocarril de Orense

VERIN (Orense).—La propuesta para erigir un monumento al afilador orensano salió de Verín, tiempo atrás, al interceder en su homenaje el escritor «enxebre» don Enrique Gómez Pato. La idea parece ser que cuajó y va por muy buen camino el que los famosos hombres de la rueda de afilar dispongan de su monumento, como lo tiene ya el pastor en Burgos; el pregonero, en Málaga.

Pero si alguien merece una dedicatoria en estos tiempos en que se pretende revalorizar a ciertas figuras, tenemos el afilador que con su rueda típica recorre España de cabo a cabo o emprenden la aventura de recorrer Europa, o dan el salto a América. Hemos conocido a varios de estos hombres que, desempeñando este oficio, pasaron de un país a otro. Incluso el afilador orensano, con el cantero pontevedrés, disponen de su idioma particularísimo que por estas tierras se conoce con el nombre de «barallete», y que sólo entienden los del mismo oficio.

Don Enrique Gómez Pato, este verinense que propuso el homenaje al afilador, confeccionó centenares de insignias de la rueda de afilar que muchos orensanos lucen en sus solapas. El afilador sirvió para definir a esta parte de Galicia como «tierra de chispa», y este caso es un genuino representante de la emigración.

Pero la idea de crear un monumento al afilador cristaliza al tomar vigencia en la capital de la provincia, donde un vocal de la comisión de fiestas del Ayuntamiento orensano, don Luis Fabello, propone la idea para perpetuar en piedra la figura de este peregrino que recorrió los cinco continentes.

Se acaba de establecer contacto con todos los centros gallegos de España y de América solicitando colaboración para la creación de este monumento, que constará de un pedestal de unos cinco metros de alto de piedra traída de Nogueira des Ramuín, cuna de los afiladores; encima de ese pedestal se colocará una bola que representa al mundo con los continentes en relieve, y sobre esta bola irá fundida en bronce la figura de un afilador con una altura de dos metros y en postura andante, de acuerdo con el proyecto que diseñó el escultor Faílde.

Se pretende instalar en Orense, en la explanada de la estación del ferrocarril, para lo cual se realizaron las gestiones pertinentes con la dirección de Ferrocarriles, recabando este lugar para su emplazamiento, y su inauguración se pretende que sea en el «Día de las Comarcas» o «Día de la Provincia».

Se espera las aportaciones de organismos orensanos, aparte de los centros regionales, e incluso de personas vinculadas a Nogueira de Ramuin, como el productor cinematográfico Cesáreo González, a quien parece ser que se le expuso esta idea.

Tampoco se puede olvidar la difusión hecha en muchos periódicos por el periodista orensano don José Fernández Ferreiro, natural de Ramuín, y conocedor de infinidad de afiladores que pasaron del anonimato a la celebridad. (Pyresa.)
 
Tarjeta postal de 1902 - Reproducción de una ilustración de la revista Blanco y Negro de fecha anterior. Rueda colgada al hombro, sujeta con una palo, forma habitual de transporte en aquella época. A destacar la campanilla que cuelga en la parte derecha del armazón de la rueda, usada para anunciarse antes de inventar el característico chiflo.


Afilador en Madrid - 1907 - Tipos callejeros (Revista Nuevo Mundo) - A destacar el palo que cuelga apoyado en la parte izquierda de la rueda, usado para llevar la rueda colgada al hombro, forma habitual de transporla en aquella época.

Anexo 6 

La erección de un monumento al afilador desató una viva polémica en la ciudad de Orense, especialmente en la minoría intelectual, criticando unos el proyecto y defendiéndolo otros. El siguiente artículo muestra, en tono sarcástico, la crítica al monumento. Este artículo, tomado a modo de ejemplo, fue publicado en el diario La Noche en su edición del 25 de abril de 1963.

MONUMENTO?

El afilador de granito
Por MÁXIMO SAR


Si nuestras noticias son exactas, parece que en Orense se va a erigir un monumento al afilador y, a primera vista, semeja como si este pueblo, después de crear la insignia de solapa transformando en motivo de orgullo lo que pudiera serlo de zumba, diese un paso más glorificando al hombre de la chispa. Pero ésto, se nos antoja excesiva reacción, por lo que deben operar otras motivaciones.

Desconocemos en absoluto la historia del gremio. Puede ser que durante nuestra Guerra de la Independencia, colaborase tan eficazmente a la derrota de los franceses, que hoy la ciudad de las Burgas, en justo, aunque tardío premio haya acordado evocar sus gloriosas gestas. También podemos pensar que lo que se intenta, sea la exaltación de la internacionalidad del humilde artesano, el cual, como es sabido, ha paseado su rueda a lo largo y ancho del Planeta, afilando cuchillos y navajas en todos los idiomas; pero en tal supuesto lo correcto sería que el monumento se alzase en el patio del edificio de la ONU.

Pero, si el proyecto obedece, simplemente, al deseo de las clases superiores de congraciarse con las más modestas es indudable, que abre grandes horizontes de posibilidades, ya que todo pueblo, con tradición artesana, de fama reconocida querrá poseer su correspondiente monumento. Lestrove por ejemplo. Lestrove, parroquia del Ayuntamiento de Dodro, desde hace siglos, viene proporcionando al mundo excelentes músicos y barberos. Nada más natural, pues, que en Padrón —centro de toda esta comarca— se erigiesen dos estatuas escoltando a la de Rosalía Castro, una de las cuales representase o un individuo con bata aséptica, en la actitud de aprisionar la nariz de un cliente para rasurar su labio superior, y la segunda, a un mequetrefe con uniforme de la Banda Municipal tocando el clarinete a no ser que otros consideren el trombón de varas como más decorativo. Los de Bandeira y los carballineses, reproducirían en granito a su personaje popular que es la pulpera y se sentirían felices mostrando a los forasteros la efigie de la señora gorda, reduciendo a tajadas el sabroso cefalópodo. Y quizá los compostelanos, exhibiesen al constructor de picheles, frente al Hostal, y los de Cea a su panadero y los de Buño a su oleiro, y los de Puentecesures a su patifa. Y así todos.

Pero, volviendo al caso de Orense, como ignoramos los detalles, hemos de confesar que nos intriga la forma en que el artista ha concebido el monumento porque la actividad del afilador es un tanto polifacética. ¿Lo ha sorprendido en el instante en que, sentado en su escabel, remienda el fondo de una olla?... ¿O lo ha preferido acaso abismado en el paraguas abierto cuando ha de reforzar la inserción de una varilla? ¿Habrá optado, tal vez, por representarlo en su más corriente función de hacer girar la rueda, en tanto afila cualquier utensilio cortante?...

Nuestras hipótesis, como se observará, apuntan a la escultura clásica, pero muy bien pudiera suceder que el escultor profese el arte abstracto y que, en consecuencia, el afilador de granito consista en un amontonamiento de volúmenes informes de los que broten chispas, aunque reconocemos que las chispas han de ser difíciles de poner.

Otro problema que nos inquieta es el referente al emplazamiento de la estatua. Creemos que elegirán el sitio cuidadosamente. Nosotros propugnamos por las afueras de la población, pues el afilador es un tipo nómada con fuerte inclinación a caminar. Dentro de una plaza se ahogaría, ya que prefiere las amplias perspectivas del paisaje y, además las plazas suelen estar ocupadas por guerreros, literatos y científicos, los que, en general ofrecen escasas semejanzas con los afiladores.

En último extremo, tampoco nos opondríamos a que el monumento proyectado compartiese una zona verde con Ramón y Cajal, pongamos por caso. Todo consistiría en colocar una placa que advirtiera: “Este señor es Fulana de Tal, célebre afilador, natural de Nogueira de Ramuín, que sabía leer y escribir en barallete”.

Así aun entonaría bastante.


Anexo 7

El siguiente artículo defiende la procedencia del proyecto de monumento, a la vez que critica el fondo y la forma de la anterior crítica sarcástica firmada por Máximo Sar que lo consideraba inadecuado. El artículo se publicó en el diario La Noche del 2 de mayo de 1963.


Los nuevos instrumentos del afilado también están presentes en la obra de Florencio de Arboiro

Las penalidades de la profesión fielmente recogidos por la obra de Florencio de Arboiro


Respuesta a Máximo Sar
SOBRE EL “AFILADOR DE PIEDRA”
Por DORA VÁZQUEZ


Que D. Máximo es un guasón, lo tenía patentizado. A todo le saca punta su fina ironía.

A D. Máximo, le ha chocado en extremo, —en él de esa vena que posee—, que en Orense vaya a erigirse —con toda seriedad— un monumento al afilador, la figura artesana más típica y popular de la provincia. Se pregunta el motivo de que los de las Burgas quieran glorificarlo de esa forma, alarmándose sutilmente su arteria humorística, porque si el monumento obedece «al deseo de las clases superiores de congraciarse con las más modestas», otros artesanos de diferentes pueblos aspirarán también a ser inmortalizados en piedra.

Admira profundamente, asimismo, a D. Máximo, que el orensano hubiera creado la insignia afiladora, transformando «en motivo de orgullo lo que pudiera serlo de zumba».

No conozco a D. Máximo pero lo respeto mucho... ¿Zumbitas con mi paisano —me dije— porque se le alza un monumento, cuando, como indica en la «placa» que le destina, sólo sabe leer y escribir en «barallete»? Don Máximo olvida  en su regocijo y comentario que el mérito no reside exclusivamente en el grado de cultura.

¿El motivo de elevar sobre un pedestal granítico a la digna y simpática figura de nuestro tradicional afilador? ¿El de usar con «orgullo» —¡y a mucha honra!— la insignia de honor, símbolo del trabajo peculiar de «un tipo nómada con inclinación a caminar»? ¡Gallardía y justicia orensana!...

A ningún hijo de Orense le incomoda ser mencionado como «da térra da chispa», antes lo tienen a honor como queda dicho. El orensano se siente enorgullecido, —y tal es la verdad y motivo del homenaje, y no ninguna especie de «reacción» de inferior calidad—, de la trayectoria tradicional y popularísima de este oficio artesano, utilísimo para todo hogar y por toda geografía. ¿Qué otra figura de pueblo unirá a su vieja tradición la circunstancia de recorrer más mundo? El afilador es una clase de viajero errante, de descubridor de paisajes, que va conquistando con el girar de su rueda, sintiendo en el corazón la añoranza de su tierra lejana. Es el hombre que un buen día se lanza fuera de su terruño valientemente, cruza fronteras y mares, y comienza a caminar día a día con su rueda por ajenas sendas recorriéndolas heroicamente bajo el signo de su modesto trabajo, enarbolando hasta «lonxe» su nombre de gallego y de orensano.

También inquieta a D Máximo el lugar del emplazamiento. Contra lo supuesto por él, creo que de ningún modo podria quedar mal entre «guerreros, literatos o científicos». En Orense, esas categorías no están reñidas con la del trabajador artesano. Por otra parte, la rueda de afilar —por distintas circunstancias que no son del caso mencionar, además de su propio y exclusivo mérito bien conquistado—, ha adquirido timbre de nobleza. Símbolo del trabajo y la tradición de ciertos lugares de la provincia, escaló por pedregosos y viejos caminos —ejemplo de ahorro, economía y sacrificio—  altas cimas de respeto y valor. La figura del afilador se convirtió en personaje importante.

El hombre de la rueda, humilde y constante soñador de caminos hablando y escribiendo en «barallete», posee algo que los que lo hacemos un poco más cultamente no habríamos sido capaces de adquirir jamás: la visión geográfica de los países y paisajes recorridos, y su experiencia a través de ellos; ese turismo, inevitable a su labor, que le otorga el encanto de lo desconocido y la esperanza del mañana, mientras van siguiendo sus pasos las huellas de la rueda. De la rueda, no de las ruedas, que así era el antiguo y tradicional artesano de mi tierra.

¿Inquieta al bromista D. Máximo que otros gremios de «reconocida fama» producto de otros pueblos gallegos quisieran también verse inmortalizados en piedra? ¿Y por qué no? Los orensanos, ni nos oponemos, ni lo veríamos tan inadmisible. Despójense de complejos zumbones, y airee Santiago sus picheles y Lestrove sus músicos y barberos y etc., etc. si los consideran con la poesía y el valor suficiente para ser elevados a tal honor. Es hacer patria, enaltecer lo que es patrimonio de la tierra donde se nace. Si encumbramos figuras de renombre, ¿por qué no hacerlo con la anónima tradición laboriosa, honrada y modesta? Yo aún propugnaría algo más: que tuviesen su Día, como lo tienen otros tantos gremios. Por ejemplo, el Día del Pulpo, de la Barba de la Olla, del Pichel, etc. Y que en ese Día pudieran hacer estas clases artesanas un buen acopio de pesetillas a costa de su trabajo y artesanía, con lo cual se haría más popular todavía. ¡Loor al artesano gallego, donde quiera que se encuentre!

Y con respecto a la faceta o actitud en que el autor o artista del proyecto habrá ideado la figura, el chunguista D. Máximo puede tener la seguridad de que no ha sorprendido en abstracto de chispas, ni remendando ollas, al ilustre paisano. Ilustre sí, que también la tradición y el trabajo son ilustres. En cuanto al paraguas que significa, no se lo pondrán tampoco. Queda para los guasones...


Anexo 8

Adjunto a continuación una carta abierta al alcalde de Nogueira de Ramuín firmada por José Fernández Ferreiro, periodista y escritor nacido en Espartedo, defensor de la figura del afilador y autor de numerosos artículos sobre su figura. En esta carta defiende la construcción del monumento al afilador en Nogueira de Ramuín como lugar más apropiado que Orense, por ser la verdadera cuna de esa actividad. Por otra parte, frente a la idea inicial de situarlo en el alto de la “Tella”, sugiere como lugar más adecuado el campo de la feria de Luintra. La carta abierta fue publicada en el diario La Noche en su edición del 23 de agosto de 1963.

Rueda de afilar gallega que podemos considerar clásica

La bicicleta incorporada como instrumento de afilado

La motocicleta como nuevo instrumento de afilado antes de su incorporación a furgonetas más profesionalizadas.


Carta abierta al Alcalde de Nogueira de Ramuín

Querido Sr. Alcalde: He leído sus declaraciones en "Faro de Vigo”. Estoy de acuerdo totalmente con usted cuando dice que el monumento al afilador debe ser levantado en tierras de Nogueira de Ramuín, cuna de los afiladores, y no en Orense, capital, como se pretende o pretendía.

Es más: en mi opinión el monumento, debiera de ser costeado íntegramente por los vecinos de ese Ayuntamiento. Sería más hermoso y más justo. Sería como un homenaje a la sangre y a la herencia. Pues ¿qué vecino de Nogueira de Ramuín no tiene o ha tenido un pariente afilador?

El emplazamiento de dicho monumento, que usted sugiere en lo alto de la “Tella”, no lo encontramos acertado. ¿Por qué en lo alto de la "Tella"? Tratando de colocarlo en un sitio alto, desde el cual se domine gran parte de las tierras de Ramuín, mejor que la “Tella” serían, en ese caso, los montes de "Peimouro", desde donde puede verse Orense y Monforte de Lemos, o bien en la cima denominada “Olvideiro” desde donde se divisa, asimismo, un ancho y bello panorama ramuieño.

Creemos, sin embargo, que el lugar más indicado para levantar el monumento al afilador, es Luintra, capital de Nogueira de Ramuín y centro del Ayuntamiento. El campo de la feria es el mejor sitio.

El problema económico no creo que fuera muy difícil de resolver. La gente de Ramuín respondería en este aspecto con satisfacción y orgullo. Porque este monumento no simbolizaría únicamente al hombre de la rueda — de la "tarazana” – sino también, a todos los ambulantes que han nacido en esas tierras e, incluso, a los emigrantes. Este monumento sería, en parte, el monumento a la historia de Nogueira de Ramuín y a la epopeya de sus hombres en todos los caminos del mundo. Todos cuantos viven en América y tuvieron su origen ahí, como ya la hicieron otras veces, entregando dinero para la construcción de carreteras e instalaciones eléctricas, no negarían su aportación para el monumento al afilador. Y así todos cuantos tienen lazos de sangre con esas hermosas tierras.

En Orense, donde se dijo que se haría - y que ya no creo que se haga por la diversidad de opiniones - el monumento al afilador no estaría en su sitio. El monumento al afilador, repito, tenemos que hacerlo en Nogueira de Ramuín, con dinero y amor de Nogueira de Ramuín, con el esfuerzo de los hombres de Nogueira de Ramuín, cosa de la que ellos son maestros. Los de Orense, capital, si quieren echarnos una mano pueden hacerlo. De otro modo pueden ir pensando en levantarle uno a don Vicente Risco, indiscutible gloria orensana que, indudablemente, lo merece.

En ese monumento estaría presente la memoria de todos los afiladores, desde “Brais Pinto”, que dio nombre a una colección de poesía gallega, hasta los otros, los que dieron la vuelta al mundo, los que se fueron y no volvieron más, Dios sabe por qué extrañas razones, los que murieron lejos, en caminos desconocidos, los vivos y los muertos, todos, estarían simbolizados en este monumento con su esfuerzo, con su dolor, con su intrepidez, con su audacia, con sus sueños y con su lucha.

Y nada más, Sr. Alcalde. Siempre a sus órdenes. Un abrazo.
José Fernández Ferreiro


Anexo 9

El siguiente artículo, aparecido en el diario El Pueblo Gallego de 21 de diciembre de 1971, recoge el acto inaugural del Monumento al Afilador en Luintra (Nogueira de Ramuín), que tuvo lugar el domingo 19 de diciembre de 1971.

Detalle del monumento al afilador de Luintra (Nogueira de Ramuín)
 
EL AFILADOR YA TIENE MONUMENTO

“En un futuro no muy lejano, la rueda de afilar no será más que un símbolo lleno de esperanza para nuestra tierra” (FERNANDEZ JÚLBEZ)

Un acto simpático, lleno de gran simbolismo, en el que, en medio de la inauguración de las obras construidas en el Ayuntamiento de Nogueira de Ramuín, se procedió a la inauguración del monumento al afilador, magnífica escultura de Buciños, que acreditó una vez más su acierto e inspiración.

La llegada, a mediodía del domingo, del gobernador civil señor Fernández Júlbez, a quien acompañaban el presidente de la Diputación, don David Ferrer Garrido, y el subjefe del Movimiento, señor Castelao Rodríguez,-fue acogida con singulares muestras de júbilo, cumplimentándoles la Corporación Municipal, Consejo del Movimiento, cabildo de la Hermandad, y otras autoridades de Nogueira de Ramuín, así como el alcalde de Orense, don Ricardo Martín Esperanza, delegado provincial de Emigración y jefe provincial de Ganadería.

El gobernador civil inauguró el centro de inseminación artificial, y con él, simbólicamente, todo el amplio programa de obras realizadas en el municipio durante el año actual.

A continuación se desplazaron a la Plaza Mayor, y allí el señor Fernández Júlbez procedió al descubrimiento del monumento al afilador, que fue bendecido por el cura párroco.

Se dio lectura al fallo del jurado que otorgó los siguientes premios:

1º - De artículos periodísticos a don Manuel Rego Nieto por su trabajo “Afilador ¡Ya tienes monumento!,” publicado en “El Correo Gallego”, de Santiago.
1º - De poesía a don Abelardo Santorum Alonso, por su trabajo “Anceios do afilador”.
2º - De artículos periodísticos, a don Julián de la Cruz Guillen, por su trabajo “El afilador”, publicado en “El Correo Gallego”, de Santiago.
2º - De poesía a don Ramón María Blanco.
3º - De periodismo a don Juan Ramón Díaz, publicado en “La Voz de Galicia”, de La Coruña.

El niño José Carlos Rivada leyó una poesía homenaje al afilador,y seguidamente el afilador más antiguo, don Juan Carballo Álvarez, de 91 años, vecino de Pacios, hizo, en medio de grandes aplausos, la ofrenda floral ante el monumento.

Fue leída también la poesía premiada en el concurso, y después de unas palabras del alcalde señor Caride, cerró el acto con otras muy emotivas el gobernador civil, señor Fernández Júlbez, que expresó su confianza en el futuro orensano diciendo que en fecha muy cercana, la rueda de afilar no será más que un símbolo lleno de esperanza para estas tierras.


Anexo 10

Reseña en El Pueblo Gallego de 29 de mayo de 1975, sobre la autorización para instalar una escultura a la figura del afilador en la calle Orense de la ciudad compostelana.

Monumento al afilador en la calle Ourense de Santiago de Compostela
 
UNA RUEDA DE AFILAR PARA LA CALLE ORENSE

La Alcaldía recibió el boceto del grupo escultórico que los vecinos de la calle de Orense (zona del ensanche), se proponen colocar en la misma.
Está referido al afilador.
El alcalde autorizó su colocación.


Anexo 11

En la columna “Sobre la Marcha” de La Región del 17/02/1953, aparece una entrevista con el creador de la insignia de la “Terra da Chispa”, firmado por F. Álvarez Alonso, donde explica cómo se ha producido su introducción y desarrollo.

Don Ángel Iglesias González
TIENE PATENTADA LA INSIGNIA DE LA "CHISPA"


La Insignia de la “chispa" consiste en una rueda de afilar y un paraguas abierto cubriéndola. Es la insignia de los orensanos, aunque por uno de esos caprichos del espíritu de imitación, hoy la ostentan incluso quienes nada tienen que ver con Orense. El caso es que se ha extendido su uso de una manera extraordinaria, convirtiéndose en un distintivo del más puro sabor “enxebre” y haciéndose reconocible en cualquier lugar en que se halle.
Insignia de la "Terra da Chispa" - También las hay en oro y plata
(De mi colección particular)

Don Ángel Iglesias González, el orfebre orensano, ha sido el inventor de este distintivo. Le hago una visita en su establecimiento de la calle de Lamas Carvajal, y allí, entre maravillas de pedrería que suponen otros tantos tesoros capaces de sacar de un apuro a cualquiera, él me habla de su original modelo.

—¿Hace mucho que se emplea esta insignia en Orense?
—Las primeras que se hicieron han sido las del año 30, todas ellas de fichas de dominó.
—¿Salían bien de ese material?
—Resultaban finas y, al propio tiempo, baratas, aunque llevaban bastante trabajo.
—Entonces el negocio no daría resultado ¿eh?
—En realidad se hacían por mero pasatiempo, sin darle a la cosa un carácter mercantil.
—¿Cuándo se le empezó a dar ese carácter?
—Bastante más tarde, aunque antes hubo una época de unos diez años en que se dejaron de hacer.
—¿Por qué?
—Primero, por desidia: luego, durante el Movimiento Nacional, porque era preciso fabricar insignias militares y medallas religiosas para tas tropas que combatían en el frente. Todo el tiempo era poco para dedicárselo a estos menesteres.
—¿Cuándo se reanudó la confección de insignias de la “chispa”?
—En el año 41, que fue cuando empecé a hacerlas de plata. Entonces decidí patentarlas, estando registrado el modelo con el número 18.452.
—¿Se hizo fácil lanzarlas al mercado?
—Se propagaron enseguida y su uso fue aceptado inmediatamente.
—Son varios los modelos que se fabrican ¿no?
—En electo. Hay cuatro para hombre y tres para señora, uno, incluso, en forma de gemelos.
—¿En qué se diferencian unos de otros?
—En uno de ellos la rueda es algo mayor, lo mismo que el paraguas. Es el que usan los verdaderos enxebres. En los otros dos la parte central es igual, pero el adorno exterior varía.
—¿Sólo se venden de plata?
—Y también de oro.
—¿Cuántas insignias calcula usted que habrán salido de aquí hasta la fecha?
—Unas cinco mil, sobre poco más o menos.
—¿Para qué parte de España han ido más?
—Después de Galicia, para las grandes capitales donde las colonias gallegas son más nutridas. Así Barcelona, Madrid, Valencia... Hasta se tienen dado casos de madrileños que vienen a veranear aquí, y se la llevan en la solapa para no quitársela nunca más. A un suizo, representante de una casa de relojes, le gustó tanto, que también se la puso.
—¿Se lleva más como amuleto o como distintivo?
—Yo creo que como distintivo, desde luego.
—¿Son buenos clientes a este respecto los gallegos de América?
—Excelentes. Algunos de los que vienen en viaje de turismo se llevan 20 ó 30 para repartirlas entre los residentes de allá. Nosotros, cuando algún cliente embarca, le regalamos una como recuerdo de la casa.
—¿Cuestan mucho?
—Las más baratas, diez pesetas. Las más caras, de plata, quince.
—¿Sólo se hacen para lucir en la solapa?
—Y para ponerlas en los radiadores de los coches. Esto, solo desde hace muy poco tiempo, en vista del éxito que han tenido las otras.
—¿Han sido bien acogidas?
—Hasta ahora, nada se puede decir, pues solo se han fabricado cien y aun van vendidas muy pocas.
—¿Cómo son éstas?
—Están hechas de metal esmaltado y miden ocho centímetros de alto por siete de ancho, circundándolas dos ramos de olivo que se unen en el paraguas que hace de corona de modo que quede en medio la rueda de afilar. Las dos ramas van unidas en la parte inferior por una cinta en la que se lee. “Terra da chispa”.
—¿Algo curioso sobre esta insignia “chispera”?
—Ahora recuerdo que en cierta ocasión un orensano se desprendió de la suya en obsequio de un amigo suyo, gallego también, que residía en Cuba. Este, en reconocimiento de tal rasgo, le envió una caja conteniendo cincuenta magníficos habanos.
—¿No ha pensado nunca en incrementar su venta de un modo más intenso?
—Ahora empezaré a exportar para Cuba y otros países de Hispanoamérica.
—¡Ah! Vamos. Usted to que quiere es hacerle competencia a la Tabacalera...


Anexo 12

En este artículo relativamente reciente del diario La Región de fecha 08 de diciembre de 2019, se informaba de la próxima apertura del Museo da Roda de Afiar en el año 2020.

Magníficas esculturas decorativas - Obras de Florencio de Arboiro
 
El Museo da Roda de Afiar abrirá sus puertas en 2020
La Región - Redacción 08/dic./19

Guiado por Florencio de Arboiro, se situará en las antiguas instalaciones del Inorde y será interactivo.

El Museo da Roda de Afiar abrirá sus puertas en la ciudad en 2020, después de varios años de intenso trabajo por parte de la Diputación de Ourense. El proyecto cuenta con la estrecha colaboración del ourensano Florencio de Arboiro, que atesora en San Xoan de Río la mayor exposición dedicada al oficio de los "afiadores" –A Casa das Rodas–.

"Falando con el chegamos ao acordo de buscar un lugar digno na cidade para este museo, específico da roda de afiar", señala el presidente provincial, Manuel Baltar. "Adicou toda a súa vida ao estudo, á divulgación e á promoción da labor dos afiadores", añade.

El espacio estará situado en las antiguas instalaciones del Inorde, recién trasladadas al edificio de Correos. "É un lugar céntrico, a carón da Deputación e do centro cultural Marcos Valcárcel, perfectamente accesible", resalta Baltar, que recuerda que el próximo año también llegará a la ciudad la alta velocidad. "Será un dos atractivos turísticos ourensáns", afirma.

El presidente provincial, acompañado de Florencio de Arboiro y personal técnico de la Diputación, visitó esta semana las futuras instalaciones del museo. "Comprobamos coa arquitecta provincial, Eva Reza, a idoneidade do local, no que nos poñemos a traballar para que abra nos próximos meses", asegura el presidente.

El espacio cultural será de carácter interactivo, y contará con piezas audiovisuales para enriquecer la visita y dar cuenta de la importancia de la figura de los afiladores en la provincia. "Este é un proxecto que ten moito que ver coa nosa identidade, coa nosa alma como pobo, e que será, sen dúbida, unha das apostas da Deputación neste mandato", señala Baltar.

El germen del Museo da Roda de Afiar tiene la firma de Florencio de Arboiro, que hace décadas que investiga la historia de los "afiadores". De abuelo "afiador", De Arboiro se interesó por coleccionar y restaurar "rodas", accesorios, útiles, historias o vehículos, entre otros objetos, para después fundar A Casa das Rodas, en San Xoán de Río.

El espacio, propiedad familiar de De Arboiro, alberga más de 250 "rodas" de diversas tipologías (pequeñas –que utilizaban para transportar a espaldas–, tradicionales, "molexóns", accesorios para acoplarlas a bicicletas o motos...) que el creador consiguió recopilar durante las últimas décadas. Además, el ourensano se encargó de recopilar amplia documentación sobre los propietarios de cada objeto, para dar a conocer también sus historias personales y profesionales, así como el lenguaje propio del gremio, "o barallete", que actualmente solo recuerdan algunos vecinos de la provincia de edad avanzada.

En más de una ocasión, Florencio De Arboiro manifestó su deseo de que el espacio cultural se trasladase a la ciudad para dar a conocer la profesión tanto a ourensanos como a visitantes extranjeros. "O afiador e a súa roda de afiar, o seu instrumento de traballo, é proba da súa creatividade e enerxía, e supón un símbolo da nosa identidade", resalta Manuel Baltar, presidente de la Diputación de Ourense.


Anexo 13 – Relato
La Noche, 20 de abril de 1955

Chiflo de afilador de boj y afilador diseño de Sargadelos
(De mi colección particular)
 
 
Afilalápices de EMB Martí y PlayMe - Años 70s
(De mi colección particular)

Figura de afilador - Objeto promocional de Caixa Ourense


EL AFILADOR
Por José Fernández Ferreiro

Es de noche. El pueblo se halla envuelto en la penumbra. La luna camina entre densos nubarrones. La iglesia en lo alto, está silenciosa. El viento mueve los maizales, los cerezos y los eucaliptos.

Todo es quietud. Sólo en las cuadras se oyen los esquilones de las vacas al rozar el cuello contra las ruedas del carro. Un perro aúlla lejos. El gallo lanza los primeros cánticos.

Las casas se yerguen encogidas. Mirándolas desde el atrio de la iglesia parecen extraños monstruos. Las casas, de noche, tienen misteriosa vida. ¿Las han contemplado alguna vez a media noche? Hacen estremecer la carne.

Se enciende una luz; vuelve apagarse. Nos acercamos cautelosos. Abrimos una puerta y entramos en un amplio patio. Volvemos a cerrar. Un corredor, unas escaleras, un cobertizo, una puerta de cuadra, otra puerta. Olor a ganado, a lana de ovejas, a cerdos, a cabras. Paja, leña, tojos, troncos....

Una rueda de afilar, resalta en media. Latas, paraguas, ropa. Está preparada para la marcha. Pasamos las manos por sus maderas ¡Nogal! Le acariciamos descubriéndonos. Tiene nombres de largos caminos. Caminos desconocidos; extranjeros.

Subimos las escaleras. Nos encontramos con la puerta de entrada. El balcón es de piedra. Tiene plumas y excremento de gallinas. Huele a gallinero. Pulsamos la puerta. Está cerrada. Abrimos y entramos.

Casa labriega y humilde. De frente la cocina; una arca, pertrechos de cocinar, platos, tazas, unas mesas, un montón de leña. Colgado de una punta en el oscuro tablado, un ahumado calendario. En el techo chorizos, un unto. A la izquierda un cuarto amplio con viejo piso de castaño. Al fondo dos camas: una estrecha y otra ancha. En la estrecha duerme un niño; en la ancha un matrimonio.

En el centro del cuarto una mesa redonda de pino. Encima de ésta una vela, una jarra de cristal y un paquete. En un rincón, una palangana sobre un aguamanil de hierro oxidado. Al lado jarra de porcelana blanca. Colgado encima un espejo roto. Al lado, sobre un cristal, unos peines y una barra de jabón.

De la pared cuelgan algunas fotografías. A la izquierda unos baúles, a la derecha dos alacenas. Al otro lado del cuarto, entre las dos camas, una ventana grande que da a las huertas. Por ella entra una muy débil claridad.

El matrimonio no duerme. Están ambos silenciosos, como escuchando algo. Canta en la cuadra un gallo. El hombre se apoya y enciende una cerilla. Mira el reloj que tiene sobre la mesilla y vuelve a apagar. Pasa media hora. El hombre vuelve hacer la misma operación y vuelve a quedar como antes: inmóvil.

El niño duerme. De cuando en cuando en la cuadra se siente el resoplar de las vacas. El gallo vuelve a cantar. El hombre vuelve a encender. Se levanta; se viste. La mujer le mira; basteza. Le brillan los ojos. Está silenciosa; triste. El niño despierta y mira al padre. Por la ventana entra más claridad. Amanece.

El hombre camina de un lado para otro. Arregla cosas; observa los bolsillos. La mujer tiene lágrimas en los ojos. La luz del candil es pálida y amarillenta. El niño mira tristemente a la mujer.

Se aproxima la hora. El hombre coge el paquete. Apaga la luz.
—Adiós, neno —dice mirando al niño.
Allá en la puerta, sin mirar, a su mujer:
—Hasta a vólta.
Así, sin un beso, sin una caricia, abre la puerta y sale.
 
La mujer llora en la cama. El niño mira a su madre y llora también. Se oyen unos pasos que bajan las escaleras. Después nada. Escuchan. Se siente un rumor en el camino. Es la rueda llorosa que se aleja. Luego todo es silencio. La mujer limpia las lágrimas; suspira. Cantó el gallo de nuevo. Ha amanecido.

Pasan días, meses. Una carta, giro. "Estoy bien. Hace mucho frío, mándame unos calcetines de lana cuando puedas. ¿Cómo está el niño? Mándalo a la escuela. Abrígalo bien”. La mujer se emociona; llora.

Pasan más días, más meses. Otra carta, otro giro. ”Llegaré para primeros de abril. Recibí los calcetines que me has mandado. Me vinieron al pelo. ¿Y el niño?”.

Es de noche. Sopla viento del Sur. La ventana del cuarto se estremece. Llueve. En la cocina hay fuego. La mujer monda patatas. El niño juega con un palo y con una navaja vieja.

Las cadenas de las campanas de la iglesia, las agita el viento.  Rugen los cipreses, los cerezos y los eucaliptos. Todas las casas del pueblo tienen luz. Las tejas dejan caer gruesas gotas de agua que deshace el viento.

Un hombre y una rueda cruzan el pueblo. Nadie les ve. Entran en el patio; cierran la puerta. La rueda queda en el cobertizo. El hombre sube; llama. La mujer pregunta quien es con voz de esperanza-
- Son eu.
Se abre la puerta. El hombre entra. Dice una palabra. “Hola”. Pasa a la cocina. El niño se levanta. La mujer está nerviosa, contenta; ríe. Él se cambia de ropa. Después deshace unos paquetes. La mujer y el niño lo miran.

Caramelos para el niño, una gorra y unos zapatos y, lo que es mejor, una navaja. Para la mujer, unas medias, unas ligas y varias telas. Se ríen. Después se sientan los tres. Hierven los pucheros. Arde fuego tremendo.

El niño se coloca entre las piernas del padre apoyándosele en las rodillas. El padre le pone las barbas. La mujer, dichosa, los mira. Ellos miran a la mujer. Se vuelven a reir. Tres corazones son felices en el hogar del afilador. Fuera la noche centellea.
Madrid, abril, 1955


Anexo 14 - Relato
La Región - 23-09-1955 - Relato sobre la Rueda de Afilar
 
Imagen de archivo de El Correo de un afilador vasco de finales del XIX@Diario Montañés

LA RUEDA DE AFILAR
Por José Fernández Ferreiro

I
Un joven médico orensano me contó cierta vez en el Centro Gallego de Barcelona la siguiente historia:

- Entre las cosas viejas que mi abuela guardaba con más celo, se hallaba una rueda de afilar. Estaba en un rincón del fayado llena de polvo y telarañas. En más de una ocasión mis tíos pretendieron deshacerla, pero la abuela jamás lo consintió.

Cuando yo era niño, esta rueda – que años atrás caminara por los países más lejanos-, estaba en nuestra casa vieja cubierta de paja y de hierba. En aquella casa, que entonces sólo hacía de cuadra y de pajar, era donde en las calurosas siestas del verano jugábamos todos los chicos de la aldea. A mí me gustaba hacer de afilador y lo hacía casi siempre. Sacaba la rueda al camino y con ella daba unas cuantas vueltas por la era. Después regresaba y mi “familia” me recibía llena de alegría como si en verdad viniese de rondar largos caminos y lejanas tierras.

En ésta casa siguió estando hasta que un voraz incendio la destruyó totalmente. La rueda no pereció en las llamas por un milagro de Dios y por la voluntad de la abuela que en medio del siniestro desesperada gritó:
-¡Salvad la rueda!

Y se salvó.

Fue entonces cuando se subió al fayado de la casa en la que vivíamos. Y allí quedó olvidada para siempre de los juegos infantiles y de los soñadores “paragüeros”.

Nadie se acordaba de ella. Únicamente cuando se recogían las patatas y las cebollas, mis tíos que se veían obligados a trasladarla de un rincón a otro, decían.
- Esta rueda no hace más que estorbar. Es mejor quemarla. Al fin y al cabo ya no sirve para nada.

Entonces saltaba la abuela con estas breves y autoritarias palabras:
-Dejad la rueda en paz.

Ellos si bien ya no alzaban la voz, todavía refunfuñaban entre dientes.
- No sé que diablos puede tener ese armatoste. ¡Ni que fuera un tesoro!

II

En la época de la sementera, la abuela subía al fayado para recoger las patatas de la siembra. Yo la acompañaba. Y mientras ella hacía la selección yo jugaba con la vieja “tarazana”. Una vez me dijo con su cariñosa voz.
- Gracias a esa rueda de afilar, hijo mío, tú no serás afilador.

Poca importancia di yo entonces a aquellas palabras. Pronto me olvidé de ellas y de la rueda. Por aquellas palabras marché a Orense a estudiar el Bachillerato y mi imaginación pronto se vio poblada de otras ideas. En las vacaciones yo no me preocupaba de subir al fayado con la abuela para jugar con la rueda, sino de corretear por el monte con otros compañeros.

III
Los años pasaron. Y la abuela, silenciosamente, como había vivido, se marchó con ellos. Yo rodé por varias ciudades: Santiago, Salamanca, Madrid…En Madrid, una noche tuve un extraño sueño que despertó en mí los recuerdos dormidos de la niñez. Soñé con la abuela y con la rueda; con aquellos días infantiles en que ella escogía patatas y yo jugaba con la rueda. Me desperté sobresaltado. ¡La rueda aquella! ¡Y aquellas frases de la abuela! Estaba obsesionado por aquellos recuerdos. Quería saber, indagar.

IV
En un verano que marché a la aldea de vacaciones, lo primero que hice fue subir al fayado. Subí temeroso. Habían pasado cerca de veinte años. ¡Dónde estaría la rueda ya! Pero no. Allí estaba tan callada y sola que me dio pena. La contemplé un largo rato… Luego bajé. Una tía me lo contó todo:

-La rueda fue de nuestro padre, tu abuelo. Con ella ganó mucho dinero en Cuba. Todo cuanto tenemos se lo debemos a ella. Por eso la madre nunca dejó que se rompiese.

Qudé pensativo unos momentos. Ahora comprendía mejor aquellas palabras de la abuela que a cada instante se pronunciaban en mi mente. Mi tía siguió contándome más cosas de la rueda y el abuelo. Pero yo no le oía. Pensaba únicamente…

Subí de nuevo al fayado y bajé la rueda con cuidado. La limpié bien con una escoba y con unos trapos. Entonces en una de sus traviesas encontré una pequeña chapa de hierro con un nombre que me hizo estremecer. “Rosa”. Era el nombre de mi abuela. Poco después me enteré de que muchos afiladores ponían a sus ruedas el nombre de sus seres más queridos.

Emocionado y con las lágrimas en los ojos puse la vieja rueda en el mejor lugar de la casa clavando en su parte más visible una inscripción en gallego, la tierna y entrañable lengua de mis abuelos: “Nadie toque a ista roda, hastra que apodreza toda” (Nadie toque a esta rueda, hasta que podrezca toda). Entonces una piadosa voz envuelta en una ternura infinita sonó en mis oídos_ “Gracias a esta rueda de afilar, hijo mío, tú no serás afilador”. Y me cayeron las lágrimas.

Esta es la breve y hermosa historia del joven médico orensano.

(Dedico este trabajo a la Hermandad de Nogueira de Ramuín y a sus dirigentes que han tenido el acierto de presentar a la Feria Exposición Agropecuaria e Industrial de Orense, una rueda de afilar).

Anexo 15

Las numerosas obras artísticas, tanto pinturas como grabados, y finalmente fotos, parecen acreditar sin lugar a dudas que la profesión de afilador ambulante surgió primero en los países más avanzados y de mayor población, básicamente Inglaterra y Centroeuropa. 

Adjunto una serie de fotografías que muestran la distinta evolución de la rueda de afilar europea respecto a la gallega. Esta última se caracteriza por su diseño esbelto y simple, predominando la ligereza del armazón para facilitar su transporte. Su simplicidad también redunda en un menor coste de producción, quedando más adaptada a las necesidades de la orografía y sociedad española. La europea, por el contrario, es más sofisticada, lo que encarece su fabricación, pero ofrece mayor comodidad al profesional. Está más adaptada al trabajo en grandes núcleos urbanos y sociedades más industrializadas.

L'Arrotino sardo

Afilador - Knife-grinder en Boston - Años 30s


Rémouleur - Photo Pierre Parente - Paris  1910

Afilador - Paises Bajos - 1910



Scherenschleifer -1873 - Fotos Otto-Schmidt - Wiener-Typen

Afilador - Scherenschleifer- Allemagne - Años 20-30





Afilador - Knife-grinder - 1896



Afilador - Knife-grinder - Inglaterra - 1920

Afilador - Knife-grinder - Leamington - 1937

Afilador - Rémouleur - Villeneuve les Avignon (Francia)


 Afilador - Début XX siècle - Marseille - L'amoulaire-rémouleur

Anexo 16

Para concluir, adjunto algunos cuadros y grabados históricos que muestran los antecedentes de las ruedas de afilar del siglo XX.



Jacob Duck - A Street Scene - Knife-Grinder and Elegant Couple - ca.1630

Knife-Grinder - Alexandre-Gabriel Decamps - 1840

Charles Meer Webb - The Scissor Grinder - Düsseldorf - 1859

Giacomo Francesco Cipper, gen. il Todeschini (1664–1736) - Scherenschleifer und Wahrsagerin

Scherenschleifer-1902-Ak - Afilador moscovita - Postal - Scherer, Nabgolts and Co.

Afilador maronita

The Knife Grinder - August Muller - 1890

 Afilador - 1898 - Barceloneta - Musée de la Vallée





1 comentario:

  1. Gracias por su buen Comentario y Colección///. Un Saludo Afilador-El Mister,18003 Granada,España

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